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Licencia para matar (1989)


Desde el debut de John Glen al frente de la saga en Solo para sus ojos hasta su adiós en Licencia para matar (Licence to Kill) se produjo un cambio
 no solo en cuanto al físico del agente, sino en su modo de actuar. El Bond interpretado por Roger Moore a lo largo de los ochenta resultaba repetitivo, incluso insulso, en producciones que, salvo momentos puntuales, apenas poseían mayor interés que ser una película de 007. Dicho estancamiento se solucionó con la irrupción de Timothy Dalton, sobre todo en su segundo y último Bond, más crudo y oscuro que los anteriores al descubrirse como un individuo que no se plantea los medios que emplea para alcanzar sus fines. Esta nueva circunstancia le posiciona al margen del servicio secreto británico, pero le permite actuar con una dureza inusual que nace de su deseo de vengar la muerte de Delia Leiter (Priscilla Barnes) y la salvaje tortura sufrida por Felix Leiter (David Hedison) a manos de un narcotraficante que emplea la filosofía de plata o plomo. El impulso incontrolable de venganza que domina en 007 provoca que sus superiores le obliguen a entregar su arma, al tiempo que revocan su licencia para matar sin ser conscientes de que ésta no es un simple papel o una orden, pues forma parte de la naturaleza de un hombre que en su obsesión por dar caza a Santos (Robert Davi) solo predica la filosofía del plomo. Licencia para matar muestra a un Bond atípico que se aleja del mundo del espionaje para introducirse de pleno en el del narcotráfico, donde desarrolla sus aptitudes y muestra su sencilla y contundente manera de entender la palabra justicia. En su empeño se convierte en alguien que no piensa más allá de la frustración que le impulsa, y que entorpece las operaciones que se llevan a cabo para atrapar al traficante. De ese modo la obcecación que le domina resulta negativa para los intereses del orden que supuestamente defiende, aunque en realidad el 007 interpretado por Dalton no esconde que su único deber es para consigo mismo, y no con los equipos que pretenden la detención de Santos, a quien simplemente pretende matar. 007 impone su propia ley, incluso a aquellos que, a pesar de sus reticencias, colaboran con él, pero sometidos a las condiciones impuestas por un agente mucho más interesante que los interpretados por Moore. Sin embargo, Timothy Dalton no tuvo suerte en su paso por la serie, a pesar de no desentonar tanto como se dijo, como tampoco lo había hecho George Lanzeby en la ninguneada y contundente Al servicio secreto de su majestad (Peter Hunt, 1967), sin embargo, la sombra de otros James Bond, sobre todo la de Sean Connery, fue demasiado alargada para él, aunque no para su relevo, el irlandés Pierce Brosnan, que ofrecería una nueva imagen de 007 en Goldeneye (Martin Campbell, 1995).

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