Ir al contenido principal

El conde de Montecristo (1934)

El conde de Montecristo (The Count of Monte Cristo) es una excelente muestra del pulso narrativo de Rowland V.Lee, un director cuya filmografía presenta títulos tan interesantes como La torre de Londres, El hijo de Frankenstein o El capitán Kidd. Aunque posiblemente El conde de Montecristo es su mejor trabajo, y (hasta la fecha) la mejor adaptación cinematográfica del conocido relato de Alejandro Dumas (padre) y Auguste Maquet, que gira en torno a la figura de Edmundo Dantés (Robert Donat), el joven oficial de marina acusado de traición y encarcelado en el castillo de If durante dieciséis años, hasta que logra escapar para vengarse de Danglars (Raymond Walburn), Mondego (Sidney Blackmer) y De Villefort (Louis Calhern). Estos tres individuos no muestran el menor escrúpulo a la hora de conspirar para alcanzar aquello que desean, sin importarles que su ambición sea la condena del inocente al que envían a la mazmorra más profunda de la fortaleza situada frente a la costa marsellesa. Dicha ubicación geográfica se presenta en un marco histórico vital para el desarrollo de la película de Lee, que, al igual que la novela de Dumas, nunca pierde de vista la Francia de Dantés y sus contemporáneos, donde las sospechas, la corrupción y la inestabilidad política y social están a la orden del día, ya que se teme que Napoleón y sus seguidores intenten recuperar el poder. Este hecho, ajeno a Edmundo, sella su destino en el instante que se presenta ante el lecho de muerte de su capitán, a quien promete que entregará una carta de la que desconoce su contenido, como también ignora que su destinatario es partidario del corso exiliado en Elba (y padre de De Villefort). Las ambiciones de Danglars, que desea medrar económicamente, de Mondego, incapaz de conquistar a Mercedes (Elissa Landi), enamorada de Dantés, o las de De Villefort, que pretende ocultar la participación de su padre en el complot para no ver peligrar su carrera política, son los factores que condenan al inocente a presidio. La soledad y el deseo de venganza crecen en él cuando comprende que nunca podrá salir de allí; mientras, en el exterior, sus enemigos prosperan hasta convertirse en destacados miembros de la sociedad de su tiempo, que continúa convulso debido al regreso y a la posterior caída de Napoleón en Waterloo, Sin embargo para el condenado todo continúa igual: soledad, odio y dolor. Pero, tras ocho años de incomunicación en la mazmorra más profunda del castillo, se produce su contacto con el abate Faria (O.P.Heggie), que accede hasta él a través del túnel que lleva seis años cavando. Ante esa inesperada compañía el solitario reacciona con alegría, pues dicha aparición le permite expresar emociones, realizar preguntas o escuchar respuestas que le desvelan los años transcurridos desde el día de su encierro. El tiempo continúa pasando entre el aprendizaje (el religioso comparte con él sus conocimientos) y las excavaciones; mientras, en el mundo de los vivos, Mercedes acepta contraer matrimonio con Mondego al creerle muerto, Danglars se convierte en un rico banquero y De Villefort prospera dentro de la política hasta alcanzar el nombramiento de fiscal general del rey. Sin embargo, tras ochos años de esfuerzo, Edmundo Dantés consigue escapar aprovechando el fallecimiento de su viejo amigo y mentor, cuyo cuerpo sustituye por el suyo dentro del saco que los vigilantes arrojan al mar. De ese modo, el abate le hace un último regalo: la libertad, desde la que Edmundo accede al tesoro de la familia Spada, el mismo que emplea para recopilar informes de sus enemigos y así poder cobrar su venganza; pero inevitablemente con el pasado también reaparece Mercedes, hecho que provoca el enfrentamiento interno entre el Dantés Conde de Montecristo y el Dantés anterior a su encierro.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...