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Señales (2002)


 Desde siglos atrás, el ser humano intuye que está solo, que ninguna fuerza divina le ha creado, que no tendrá escapatoria a su mortalidad y al consiguiente olvido en la nada; mas también hay quienes creen que no lo están, que podrán vivir para siempre en una espacio celestial del que no se tiene constancia, solo la ilusión que perdura en los miembros del segundo grupo. Esta contradicción sitúa a la humanidad en y entre dos polos en los que se fija la certeza de soledad y la duda de si hay alguien “ahí arriba”, en la negación y en la indiferencia de tal posibilidad, en el miedo a la muerte, en el deseo de la existencia eterna y en la creencia de que así sea, gracias a la existencia de un creador que vela por la humanidad. En todo caso, la creencia obedece a la condición humana, pues el ser humano es un animal crédulo antes que racional, un animal que, a diferencia del resto de los seres vivos terrestres, necesita creer y aferrarse a creencias, ya sean concretas o abstractas, una meta, una divinidad o una posibilidad. Para convencerse, ve señales donde quiere verlas, mientras olvida que toda creencia e indiferencia ciegas conllevan no pocos peligros. El no creer en nada o, precisamente, solo creer en nada conduce al nihilismo, el cual llevado a su extremo (en la fe ciega en el vacío de sentido) es un callejón sin salida que conduce al sinsentido que también se produce en la creencia absoluta en un Todo, pues ambas opciones de totalidad llevarían a dos absolutismos que no dejarían de ser uno: el de nuestra imposibilidad de preguntarnos, de cuestionarnos, pues, aparte de crédulo, el humano es un animal interrogante que precisa de las preguntas para saber y no saber qué y quién es. Visto el historial, más allá de crédulo y preguntón, también es un animal bélico, destructivo, constructivo, en ocasiones imaginativo, uno en constante evolución e involución, que da pasos hacia adelante al tiempo que parece darlos hacia atrás, en su insistencia por controlar el azar y a sus semejantes; aunque siempre imposibilitado a la hora de predecir el porvenir que ninguna bola de cristal puede mostrar y de evitar lo accidental. Tal vez esa imposibilidad le llevase a buscar una posibilidad divina de la que no se dudo hasta siglos más tarde, cuando algunos empezaron a plantearse dónde nos dejaba su existencia y su inexistencia…


Desde los tiempos de Goethe, incluso antes de su Fausto existen motivos para dudar de las intenciones divinas o para pensar que sus criaturas no le importan, cuando no, para decir que solo el humano existe y esto deriva irremediablemente en la pérdida de la fe en un ser superior (los monoteístas) o en decenas de ellos (los politeístas). En la encrucijada de creer o dejar de hacerlo, en la duda se sitúa Graham Hess (Mel Gibson), que se cuestiona su fe y cuelga los hábitos de reverendo, seis meses atrás del momento en el que se inicia Señales (Sings, M. Night Shyamalan, 2002), a raíz de la muerte de su mujer. Ahora, cree que “nadie vela por nosotros”, que “estamos solos”, así que vive apartado de la comunidad a la que antes he de suponer que guiaba en nombre de esa divinidad que para él ya no existe. Vive junto con su hijo (Rory Culkin) e hija (Abigail Breslin), también en compañía de su hermano Merrill (Joaquim Phoenix) y con la duda, casi la certeza de la inexistencia de Dios, el casi obedece a que, aunque niegue, la tradición, la costumbre, la cultura heredadas no resultan tan sencillas de borrar de su “ADN” social y emocional. No basta un golpe tan trágico como la muerte del ser querido, quizá tampoco los extraños dibujos que aparecen en su campo y, no mucho después, en otros lugares del mundo. Esas señales y la consiguiente llegada de vida alienígena trastocan la cotidianidad planetaria, avivan la curiosidad, el miedo, incluso la esperanza. Para unos se trata de casualidad y para otros de una prueba de la existencia divina, le dice a su hermano, tras lo cual, el antiguo reverendo, deja claro que en ese instante la segunda opción ya le resulta impensable. Ahora vive en otra creencia, la de una humanidad a la deriva en su soledad cósmica, la que la presencia extraterrestre descarta, pues ya hay más vida en el universo, aunque no sea divina y sus intenciones para con los terrícolas no parezcan ser amistosa, pero, acaso, ¿no estaríamos acostumbrados? Pues, amistosa, amistosa, lo que se dice amistosa, tampoco lo eran la de deidades que sometían, condenaban y castigaban…

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