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Paseando con Delibes por Sar

De cando en cando, góstame pasear por Sar, xa sexa polas súas rúas ou polo paseo fluvial que, se camiñas cara o noreste, segue o curso do río ata o seu berce na parroquia de Bando (Santiago de Compostela), e se o andas cara o sur, lévate a Conxo, onde Pondal, Aguirre, Rodríguez Seoane e tantos outros estudantes e obreiros celebraron o seu banquete de irmandad e liberdade o 2 de marzo de 1856. Xa se te despistas, e non te precipitan as presas, tal vez te atopes con versos de Rosalía e, de continuar un pouco máis, quen sabe se serás testemuña da súa entrega ao Ulla, á altura de Iria Flavia, onde naceu o escritor a quen lle ofrecían un prato de gachas e onde os Flavios tomaban os seus baños, no concello de Padrón. Neses momentos de camiñar por camiñar, en compañía ou en solitude, esa soedade ruidosa da que fala Bohumil Hrabal na que hoxe acompañáronme Miguel Delibes e “El disputado voto do señor Cayo”. O vallisoletano amenizaba a viaxe sobre os meus pés e no meu pensamento ata que cheguei á Colexiata de Santa Maria a Real do Sar e pregunteime cantas persoas veu pasar, nacer, medrar e morrer. Nunca o saberei, foi a miña resposta, só que son unha de tantas que admira as súas formas. Esta edificación do século XII, antigo mosterio agostiño, declarada en 1895 de interese cultural, hoxe tamén é museo, pero a súa maior peculiaridade reside na inclinación dos seus pilares, o que obrigou que no século XVIII houbera que engadirlle arbotantes que contrarrestasen tal angulación, evitando dese xeito un probable derrumbamento ou un reto á gravidade condeado á derrota… Aí resiste e presume a súa unicidade, no tramo final da Vía da Prata, por oonde pasaban os peregrinos do sur peninsular e os comerciantes ourensanos que chegaban, na súa maioría, transportando os viños do Ribeiro, tamén por aí entraban os do Ulla, que soían entrarse na cidade pola Porta de Mazarelos, o único resto visible da antiga muralla urbana á que os vecinos de Santiago dixerón adeús no XIX…

De cuando en cuando, me gusta pasear por Sar, ya sea por sus calles o por el paseo fluvial que, si caminas hacia el noreste, sigue el curso del río hasta su nacimiento en la parroquia de Bando (Santiago de Compostela), y si lo andas hacia el sur, te lleva a Conxo, donde Pondal, Aguirre, Rodríguez Seoane y tantos otros estudiantes y obreros celebraron su banquete de hermanamiento y libertad el 2 de marzo de 1856. Ya si te despistas, y no te precipitan las prisas, tal vez te encuentres con versos de Rosalía y, de continuar un poco más, quien sabe si serás testigo de su entrega al Ulla, a la altura de Iria Flavia, donde nació el escritor a quien le ofrecían un plato de gachas y donde los Flavios tomaban sus baños, en el municipio de Padrón. En esos momentos de caminar por caminar, en compañía o en solitud, esa soledad ruidosa de la que habla Bohumil Hrabal en la que hoy me acompañaron Miguel Delibes y “El disputado voto do señor Cayo”. El vallisoletano amenizaba el viaje sobre mis pies y en mi pensamiento hasta que llegué a la Colegiata de Santa Maria a Real do Sar y me pregunté cuántas personas vio pasar, nacer, crecer y morir. Nunca lo sabré, fue mi respuesta, solo que soy una de tantas que admira sus formas. Esta edificación del siglo XII, antiguo monasterio agustino, declarada en 1895 de interés cultural, hoy también es museo, pero su mayor peculiaridad reside en la inclinación de sus pilares, lo que obligó que en el siglo XVIII hubiese que añadirle arbotantes que contrarrestasen tal angulación, evitando de ese modo un probable derrumbamiento o un reto a la gravedad condenado a la derrota… Ahí resiste y presume su unicidad, en el tramo final de la Vía de la Plata, por donde pasaban los peregrinos del sur y del sureste peninsular y los comerciantes ourensanos que llegaban, en su mayoría, transportando los vinos del Ribeiro, también por ahí entraban los del Ulla, que solían entrarse en la ciudad por la Puerta de Mazarelos, el único resto visible de la antigua muralla urbana a la que los vecinos de la ciudad dijeron adiós en el XIX…



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