viernes, 22 de marzo de 2019

La fortuna de vivir (1999)


Los temas planteados en las películas se repiten a lo largo de los años con mayor, menor o ningún acierto, pero se repiten adaptados a las características de la época de rodaje y desde la diversidad de sus creadores, que escogen cuáles les interesan mostrar y el cómo plantearlos. Esto provoca que existan films de denuncia y otros de evasión, obras personales y obras populares, algunas manipuladoras y otras honestas. Las hay que buscan sonrisas y aquellas que pretenden lágrimas; encontramos superficialidades, imposturas, reflexiones, fantasías, realidades. El cine es un abanico de posibilidades limitadas —por nuestra propia limitación creativa e inventiva— que, en ocasiones, nos recuerda que, lejos de la espectacularidad o de temas en apariencia más trascendentes, existen aspectos humanos que podrían pasar desapercibidos en las distintas cotidianidades. Son esas pequeñas (grandes) cosas de las que nos hablan 
Frank Capra en Vive como quieras (You Can't Take It with You, 1938) y ¡Qué bello es vivir! (It's a Wonderful Life, 1946), Akira Kurosawa en la magistral Vivir (Ikiru, 1952) o Jean Becker en la más cercana a nuestros días La fortuna de vivir (Les enfants du marais, 1999), cuatro ejemplos diferentes que invitan a recordar durante sus metrajes que en la sencillez y en las relaciones hay grandeza. Sin entrar en si unas son mejores que otras, en general, este tipo de películas gustan porque se hacen cercanas, porque hablan de sentimientos comunes; hablan de amistad, de generosidad, de amabilidad o del despertar a la vida, aunque en apariencia (como le sucede a George Bailey) esa vida sea insatisfactoria e insignificante, pero de gran significado para aquellos con quienes comparten momentos y los lazos que les unen. En esos lazos y en esos instantes vitales reside la riqueza que viven y comparten los protagonistas del film de Becker en el reducto de libertad que descubrimos en la marisma donde Garriss (Jacques Gamblin) y Riton (Jacques Villeret) han forjado su amistad, tema recurrente en la obra fílmica del cineasta desde su debut en Un tal la Rocca (Un nommé La Rocca, 1961).


En ese espacio ajeno al avance del tiempo, a las ambiciones materiales y a las diferencias de clases, la libertad y la alegría se imponen sin que los personajes sean realmente conscientes de ello, pero ahí se encuentran, para marcar la diferencia respecto a existencias como la del yerno del abuelo "ranita" o la del siempre cabreado Joe Sardi (Éric Cantona), el boxeador que pierde todas sus posesiones tras la trifulca que se desata en su primer encuentro con Riton. Estos aspectos de la vida, que a menudo no se valoran por ser cotidianos (de algún modo siempre han estado ahí) o porque no se ha buscado tiempo para abonarlos, los descubre George Bailey durante su inexistencia, el protagonista de Kurosawa a raíz de su enfermedad terminal y la narradora del film de Becker en su infancia, de la cual nos habla desde su presente. Cri Cri (Suzanne Flon) recuerda con nostalgia y afecto aquel año de su niñez cuando la marisma era el reducto de libertad y de calor humano, un espacio protegido de las inclemencias de la modernidad, de los egoísmos extremos y de las diferencias sociales que se imponen fuera de sus límites. Era el momento de Garriss, de Riton, su padre, del "abuelo ranita" (Michel Serrault) y de Amédée (André Dussollier), los cuatro niños adultos del pantano donde algunos curan sus heridas y juntos comparten la armonía que la niña (Marlene Balfier), ya anciana, nunca ha olvidado.


En La fortuna de vivirBecker llevó su humanismo cinematográfico, constante en sus películas, a su máxima expresión, llamando la atención sobre esos pequeños gestos y sentimientos comunes que en la pantalla no ocultan la enormidad de su significado. En ese escenario natural y con esos personajes, el realizador compuso un emotivo canto a la amistad, a la vida y a la sencillez que cobra cuerpo en sus protagonistas, adultos que recuperan el gusto por vivir y la inocencia en el paraíso, niños que se alejan de los prejuicios y de las distancias que prevalecen fuera de la marisma donde Garriss representa la generosidad, Ritón, la inocencia en estado puro y primitivo, el "abuelo ranita", la nostalgia y el deseo de sentirse de nuevo vivo, y Amédée, la amabilidad y la necesidad de formar parte de la complicidad que dibuja en su rostro la alegría que encuentra junto a sus amigos.

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