martes, 12 de marzo de 2019

El aficionado (1979)

En manos y mentes hábiles, el cine puede ser a un tiempo entretenimiento, medio de expresión y arte. Por otra parte, y según quien, es más que nada una cuestión económica, artística, quizá también de ego, y hay quienes lo asumen como el medio que les permite hacer visible su compromiso, aquel con el que, más que mostrar realidades, las plantean y las cuestionan. Esto invita u obliga al espectador a reflexionar sobre posibles respuestas y verdades que se esconden en las imágenes, pero este tipo de cine, personal y complejo, llama menos la atención popular, al priorizar inquietudes sobre cualquier posibilidad estética, aunque no necesariamente se reste importancia a las formas. A veces, dichas inquietudes nacen de momentos, situaciones y lugares concretos que obligan a los cineastas a decantarse, porque <<no importa donde pones la cámara, lo importante es ¿para qué?>>* Y ese "para qué" encuentra su respuesta en las preocupaciones e intenciones de quien pregunta, e implica un posicionamiento, no de cámara, sino moral por parte de la persona que muestra al tiempo que cuestiona. En su primer largometraje de ficción, La cicatriz (Blizna, 1976), Krzysztof Kieslowski "pone" su mirada en una fábrica "para" conceder el protagonismo a su director Stefan Bednarz, que se entrega en cuerpo y alma a las labores que lo separan de su familia, de sí mismo y lo adentran en un entorno laboral controlado por la burocracia e intereses administrativos que lo han elegido para que supervise la construcción y el posterior funcionamiento de la empresa. Una fábrica similar sirve a Kieslowski para introducir al protagonista de El aficionado (Amator, 1979), pero el cineasta no se detiene en retratar los pormenores de su funcionamiento o de la burocracia existente, además, Filip Mosz (Jerzy Stuhr) no es miembro del partido, una diferencia fundamental respecto a Bednarz, ya que lo libera de ataduras similares a las de aquel, aunque no por ello deje de tener las propias: dudas, conflicto interno y externo, el quién es y el qué desea ser o hacer. De ahí que lo importante para la cámara del tercer largometraje de ficción del realizador de La doble vida de Verónica (La double vie de Véronique, 1991) sea el individuo en sí mismo, representado por ese trabajador corriente que inicialmente considera su vida plena, pero que despierta a una nueva realidad a través del objetivo de su cámara casera. En un primer momento, Filip lo tiene todo, o así lo cree: una casa, un matrimonio satisfactorio, una niña recién nacida y la carencia de problemas con las instituciones políticas, lo cual le permite en ese instante inicial mantenerse ajeno a cuestiones éticas que condicionen o alteren su apacible cotidianidad personal y laboral. Él mismo lo corrobora cuando habla con su mujer (Malgorzata Zabkowska) y le dice que tiene suerte, y que se siente más afortunado si cabe por su hija recién nacida. Por ella compra la cámara, para grabar momentos de su crecimiento, pero su intención primaria se trastoca y el nuevo rumbo cambia su perspectiva existencial y le plantea el conflicto moral que supone grabar las cosas tal como son, pues, captando la realidad, comprende que corre el riesgo de ayudar a unos y perjudicar a otros. Todo su mundo se transforma desde que pone su ojo en el objetivo para cumplir el encargo del director (Stefan Czyzewski) de la fábrica, que le pide filmar una película que deje constancia de la visita de altos cargos del partido, políticos que son grabados por el ojo aficionado que nos adentra en parte de la realidad polaca, en su cine y en la interioridad de quien filma vida, personas y hechos que le obligan a reflexionar sobre sí mismo y sobre la postura que debe asumir respecto a su nueva afición. Desde Filip accedemos a dos realidades: la que vive y la que muestra en sus películas, la misma que gusta a unos y disgusta a los jefes, quizá porque detalla las cosas tal cual son, sin alabanzas, sin partidismo, buscando captar la autenticidad del momento que se agudiza en grabaciones más íntimas de personas anónimas. Como consecuencia, Filip es un hombre diferente a quien era al inicio de El aficionado, tanto, que se posiciona en las antípodas, lo cual le acarrea problemas matrimoniales, el distanciamiento y la búsqueda del yo a través del arte que le fascina, emociona y obsesiona, un arte que inicialmente no interpreta como tal, pero que descubre leyendo libros, filmando, editando en su sala de montaje casera, participando en el concurso presidido por Andrzej Jurga o acudiendo a la charla donde Krzysztof Zanussi habla a sus oyentes de buscar la verdad en las películas, búsqueda de veracidad que, al comienzo, Filip asume inconsciente del conflicto moral y de las implicaciones a las que finalmente debe enfrentarse cualquier artista comprometido con su arte y su ética.

*Krzysztof Kieslowski en Joanna Bardzinska (Coord.) La doble vida de Krzysztof Kieslowski. Colección Nosferatu. Donostia Kultura y Filmoteca Vasca, San Sebastían, 2015

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