jueves, 21 de marzo de 2019

Sinfonía de la vida (1940)

En momentos puntuales de las películas que protagonizaba junto a sus hermanos, Groucho Marx abandonaba su papel en la trama, miraba al objetivo y hablaba a la cámara, es decir, nos hablaba a nosotros para hacernos partícipes de sus ingeniosas ocurrencias. La primera vez que empleó este recurso teatral en el cine, llamó la atención, pues no era corriente que un personaje de la pantalla se dirigiera al público de la sala donde se proyectaba la película para verbalizar y compartir alguno de sus alocados pensamientos. En el silente, esto era imposible por razones evidentes y durante los primeros años del sonoro, muy pocos tendrían en mente la posibilidad de romper la distancia entre ficción cinematográfica y la realidad de quien la observaba. Pero si en Groucho era rasgo y capricho de su ingenio y de su formación cómica en los espectáculos de variedades, acercarse al público de forma directa se convirtió en recurso narrativo fundamental de Sinfonía de la vida (Our Town, 1940), donde la proximidad entre emisor y receptor aumenta en presencia del señor Morgan (Frank Craven), el narrador que camina por una colina desde la cual contemplamos por primera vez su pequeña localidad. No se trata de un narrador omnisciente convencional, que cuenta y guía la historia sin advertir la presencia de público. Se trata de alguien consciente de formar parte de una película y de ser el hilo conductor de las historias y del costumbrismo que ese mismo público observará y escuchará. Por ello, saluda, pregunta qué tal, da el nombre de su ciudad, Grovers Corners, el número de habitantes (con nacimientos y defunciones), su ubicación geográfica y nociones de su estructura urbana. En ese instante de acercamiento inicial se dirige a alguien que no vemos en el encuadre y que no es ni espectador ni espectadora, alguien que muchas veces pasa desapercibido para cualquiera de ellos, porque es el director del film y su puesto se encuentra detrás de la cámara. "Muy bien, realizador. Podemos empezar", le dice Morgan, y así llama la atención de que entre él y nosotros existe un autor, aunque no el buscado por los personajes de Pirandello, por lo que comprendemos que estamos ante una doble presentación: metacinematográfica, que introduce cuestiones relacionadas con el cine, y humana, que transmite complicidad y quizá una invitación al público de la época a escapar de la realidad (de la guerra europea y de la posibilidad de su país entrase en ella) y adentrarse junto a él por esas calles y hogares que observamos poco después, cuando el director, Sam Wood, acepta el reto y traslada la acción, sin moverse del decorado diseñado por ese gran decorador llamado William Cameron Menzies, de 1940 a 1901. El nuevo ahora nos ubica temporalmente en los albores de un nuevo siglo que no ha trastocado la cotidianidad y las tradiciones de la localidad. Morgan lo sabe cuando nos presenta a los personajes, de algunos incluso nos adelanta hechos que sucederán años más tarde, porque, como ya hemos dicho, han sucedido y forman parte de sus recuerdos, de las vidas y hechos que Wood expone a través de su presencia conductora. Nos hallamos en una pequeña localidad de Nueva Inglaterra, tradicional y tranquila, y en un pretérito que nos familiariza con la apacible y hogareña cotidianidad de una comunidad donde apenas se percibe más movimiento que la propia vida inconsciente de su caminar. Podría ser la historia de una comunidad cualquiera del entorno, pero es sobre todo la historia de George Gibbs (William Holden) y de Emily Webb (Martha Scott), la de sus familias, la de su amor y sus vidas, que transcurren sin percatarse de las diferentes etapas que van quedando atrás, de su enamoramiento y de las pequeñas cosas que forman parte de existencias que avanzan y concluyen sin opción a regresar. "Nunca me di cuenta de que la vida estaba transcurriendo. Nadie se dio cuenta", reflexiona la imagen espectral de la joven, que ha vivido sin ser consciente del avance que sí comprende cuando ha pasado. De igual modo que antes que ellos lo hicieron sus padres y sus abuelos, George y Emily forman una familia en esa ciudad donde gente del ayer desparece y nuevos seres asoman por la pantalla de la existencia, así avanza Sinfonía de la vida, como la realidad del público, que, invitado a formar parte de la historia, quizá pueda sentir la suya; con alegrías y tristezas, con adioses y bienvenidas, pero la mayoría de las veces inconscientes de la transitoriedad del momento, quizá porque "las cosas no cambian demasiado por aquí", lo cual crea a los habitantes de Grovers Corners el falso espejismo de eternidad y quietud que se resquebraja ante las muertes de los seres queridos, aunque no impide que la sinfonía continúe sonando.

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