miércoles, 6 de marzo de 2019

Something Wicked This Way Comes (1983)

Nombrar a Ray Bradbury y cine en una misma frase probablemente lleve a hablar de François Truffaut y su adaptación cinematográfica de Farenheit 451 (1966) y, en menor medida, a John HustonMoby Dick (1956), cuyo guión está firmado por el autor de Crónicas marcianas (The Martian Chronicles, 1950). Más extraño sería asociar al escritor estadounidense con el británico Jack Clayton y su adaptación de La feria de las tinieblas (Something Wicked This Way Comes, 1962), la segunda versión de la novela de Bradbury y una fantasía siniestra que, a diferencia de las contemporáneas E.T. El extraterrestre  (E.T. The Extra-terrestrial; Steven Speilberg, 1982), Poltergeist (Tobe Hooper, 1982) o Gremlins (Joe Dante, 1984), no reventaba la taquilla por aquellos años de la década de 1980 durante los cuales, salvo algunas honrosas y otras magistrales excepciones, la industria de Hollywood insistía en idiotizarse e idiotizar con productos que, facturados con el único propósito de conquistar las taquillas, repetían pautas y errores, aunque no por ello dejaban de ser bien recibidos y aplaudidos por el público. Por el entonces del estreno de Something Wicked This Way Comes (1983), pocos fueron los que le dieron oportunidad, ni siquiera la productora Disney, poco acostumbrada a manejar un material tan oscuro y adulto, que no supo valorar la película que tenía entre manos, como tampoco tuvo en cuenta las perspectivas de Clayton y Bradbury a la hora de realizar cambios en el montaje. Los perspicaces afortunados que sí le dieron una oportunidad, se encontraron ante una de las producciones más estimulantes del cine fantástico y de terror de la década, y una de las adaptaciones más logradas de una obra de Bradbury, quizá porque el propio escritor se encargó de la elaboración del guión y seguro por el pulso de Jack Clayton a la hora de visualizar una fantasía donde los miedos y los anhelos ocultos forman parte de las sombras que amenazan a sus dos jóvenes protagonistas. Clayton ya había demostrado su talento para generar y gestionar tensión y atmósferas enrarecidas en Suspense (The Innocents, 1960), su película más representativa y una obra maestra del género de terror. En ella adaptaba Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw, 1898), de Henry James, y atrapaba a sus protagonistas en la siniestra, aislada y espectral mansión donde se desarrolla una pesadilla psicológica ambigua y magistral. Si en aquella la presencia infantil era fundamental, esto se repite en Something Wicked This Way Comes, en la de dos muchachos de trece años, Will Halloway (Vidal Peterson) y Jim Nightshade (Shawn Carson), vecinos de una pequeña población rural del medio oeste estadounidense que, desde su presente adulto, el primero evoca no sin cierta nostalgia. Sus palabras y recuerdos invitan a la ensoñación, pero sobre todo a compartir la pesadilla que vivió aquel lejano octubre de su niñez, cuando un tren en las sombras avanzaba para anunciar la llegada del extraño circo Pandemonium. El espectáculo rompe la tranquila monotonía de los habitantes del pueblo, un lugar donde nunca pasa nada, salvo las estaciones, la vida y los deseos inconfesables e incumplidos de sus moradores. La aparición de Tom Fury (Royal Dano) anuncia la inminencia de una tormenta, pero lo inminente es el tren nocturno que se detiene en el lugar para instalar su espectáculo y atrapar las almas de quienes ambicionan dinero, juventud, hermosura, relaciones sexuales,... Incluso Jim desea algo para sí, anhela ser mayor para poder alejarse de los condicionantes que su edad implican, pero también para alejarse de la realidad que, salvo por su amistad con Will, no le depara satisfacción. Su intención conlleva el paulatino distanciamiento entre dos niños que nunca se han separado, que siempre han compartido experiencias, ideas e incluso pensamientos que ambos expresan concluyendo las palabras del otro. Pero la llegada del señor Dark (Jonathan Pryce) y de su troupe rompe la apacibilidad al despertar la parte oscura de los vecinos, aquella parte que el seduce para lograr las almas que alimentan su aliento vital. Dark es un demonio, los niños lo descubren y por ello se convierten en el objetivo de aquel. Necesita atraparlos, necesita mantener el secreto que le permita continuar recolectando almas vanidosas, que ambicionan riqueza o fama, incluso almas que, como el señor Halloway (Jason Robards), sienten remordimiento y el paso de los años que los debilitan y les generan las dudas que el diabólico empresario pretende aprovechar para perpetuar su eterno deambular por las debilidades, miedos y frustraciones humanas que le dan vida.

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