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Mamasunción (1984)


Este primer plano de Mamasunción (Chano Piñeiro, 1985) habla sin necesidad de emitir sonido; habla de una madre y de una tierra, cuenta sobre una espera y sobre el paso del tiempo. Señala la resistencia silenciosa de alguien que aguarda. Desvela, a través de su mirada fija, un espacio entre la resignación y la última esperanza.



<<Se queres ser universal, fala do teu pobo>>*, pero Asunción Rocamonde no habla con palabras, lo hace a través de sus idas y venidas diarias, de su casa a la oficina de correos y de aquí para allí. No precisa hablar con verbos, por ella de expresan los surcos do su rostro, erosionado por el paso de las estaciones, de las alegrías, de las decepciones, de la sabiduría popular, de la espera... También lo hace mediante su mirada y sus gestos, apenas visibles, cuando escucha al cartero (Manuel Barreiro) decir que <<iso é todo>>, y comprende que un día más no habrá carta de su hijo emigrado. Cuarenta años ya, desde que su pequeño embarcó hacia América, cuatro décadas de ausencia y sin noticias, aunque ocho lustros de aferrarse a la idea de que alguna jornada, de tantas jornadas iguales, llegarán líneas escritas por la mano de quien salió de su vientre para echar raíces en tierra extraña. Ella es Mamasunción y la suya es la situación que, inspirada en la realidad de tantas madres y mujeres gallegas, Chano Piñeiro describe y ubica en la aldea ourensana donde la anciana permanece expectante, anclada en el tiempo, testigo de la migración transoceánica que se erige en uno de los ejes sobre los que gravita este espléndido cortometraje premiado en varios festivales internacionales. Aparte de ser un hito para el cine gallego, al darlo a conocer fuera de los límites geográficos de Galicia, y de imperfecciones que la humanizan más si cabe, Mamasunción es un emotivo e inolvidable canto a la madre y a la mujer que vive en la eterna espera, en la soledad, en el silencio y en el continúo mirar el retrato del hijo, el emigrante, la figura ausente común a tantos hogares del rural gallego (y del no rural), de aquel a quien ni puede ni quiere olvidar.



El 25 de julio de 1985, Mamasunción se convirtió en la primera emisión cinematográfica en la puesta de largo de la Televisión de Galicia, acercando a los telespectadores a poética del rostro expuesta por Chano. El de Forcarei nos adentraba y adentra en el alma humana y en la experiencia vital de un ser que se niega a perder la esperanza; se niega a dejar de creer que quizás hoy, quizás mañana, sabrá de aquel muchacho que partió sin nada, el hijo que partió con la promesa de mantener el contacto y regresar. La vida de Asunción gira alrededor de la idea del hijo, de cómo estará y de la posibilidad de reencontrarse. Esto le da fuerza para seguir su lento deambular entre los dos puntos que separan su recorrido cotidiano: del hogar, donde la figura filial pervive en una instantánea, a la oficina, donde se intensifica la espera de ser la destinataria de las letras que materialicen su único deseo. Son dos puntos que se amplía en el horizonte para simbolizar la distancia entre quien permanece en el hogar y quien se vio obligado a abandonarlo en busca de la mejora, e incluso de la riqueza que le permita volver e presumir de nuevo rico. Mas también es un espacio delimitado que nos posibilita descubrir la cotidianidad rural y humana: la tasca, las lavanderas, que comentan que ya son cuarenta años sin noticias, la sorna de la vecina que se burla de la espera, las travesuras del niño que a diario sale al encuentro de Asunción y, sobre todo, las emociones y las sensaciones contenidas de ella, sentimientos que no entienden de límites geográficos, pues son universales y, como tal, traspasan cualquiera espacio físico, cualquiera barrera lingüística y cualquiera nacionalidad.



Este primeiro plano de Mamasunción (Chano Piñeiro, 1985) fala sen necesidade de emitir sons; fala dunha nai e dunha terra, conta sobre unha espera e sobre o paso do tempo. Sinala a resistencia silenciosa de alguén que agarda. Desvela, a través da súa mirada fixa, un espazo entre a resignación e a derradeira esperanza.



<<Se queres ser universal, fala do teu pobo>>*, pero Asunción Rocamonde non fala coas palabras, faino a través do seu vai e vén diario, da súa casa á oficina de correos e de aquí para alí. Non precisa falar con verbas, por ela exprésanse as fendas do seu rostro, erosionado polo paso das estacións, das alegrías, das decepcións, da sabiduría popular, da espera... Tamén o fai mediante a súa ollada e os seus xestos, apenas visibles, cando escoita ao carteiro (Manuel Barreiro) dicir que <<iso é todo>> e comprende que un día máis non haberá carta do seu fillo emigrado. Corenta anos xa, desde que o seu pequeno embarcou cara América, catro décadas de ausencia e sen novas, aínda que oito lustros de aferrarse a idea de que algunha xornada, de tantas xornadas iguais, chegarán líñas escritas pola man de quen saíu do seu ventre para botar as súas raíces en terra estraña. Ela é Mamasunción e a súa é a situación que, inspirada na realidade de tantas nais e mulleres galegas, Chano Piñeiro describe e ubica na aldea ourensá onde a anciá permanece expectante, ancorada no tempo, testemuña da migración transoceánica que se erixe nun dos eixos sobre os que gravita esta espléndida curtometraxe premiada en varios festivais internacionais. Aparte de ser un fito para o cinema galego, ao dalo a coñecer fora dos límites xeográficos de Galicia, e de imperfeccións que a humanizan máis si cabe, Mamasunción é un emotivo e inolvidable canto á nai e a unha muller que vive na eterna espera, na soidade, no silencio e no continúo mirar o retrato do fillo, o emigrante, a figura ausente común a tantos fogares do rural galego (e do non rural), daquel a quen nin pode nin quere esquecer.



O 25 de xulio de 1985, Mamasunción converteuse na primeira emisión cinematográfica na posta de longo da Televisión de Galicia, achegando aos telespectadores a poética do rostro exposta por Chano. O de Forcarei adéntranos na alma humana e na experiencia vital dun ser que négase a perder a esperanza; se nega a deixar de crer que quizais hoxe, quizais mañá, saberá daquel mozo que partiu sin nada, o fillo que partiu coa promesa de manter o contacto e regresar. A vida da anciá xira ao redor da idea do fillo, de como estará e da posibilidade de reencontrarse. Isto dalle forza para seguir o seu lento deambular entre os dous puntos que separan o seu percorrido cotidiá: do fogar, onde a figura filial pervive nunha instantánea, á oficina, onde se intensifica a espera de ser a destinataria das letras que materialicen o seu único desexo. Son dous puntos que amplíanse no horizonte para simbolizar a distancia entre quen permanece no fogar e quen veuse obrigado a abandoalo na procura da mellora, e incluso da riqueza que permítalle volver e presumir de novo rico. Mais tamén é un espazo delimitado que nos posibilita descubrir a cotidianidade rural e humana: a tasca, as lavandeiras, que comentan que xa son corenta anos sen noticias, a sorna da veciña que búrlase da espera, as travesuras do neno que a diario sae ao encontro de Asunción e, sobre todo, as emocións e as sensacións contidas desta, sentimentos que non entenden de límites xeográficos, pois son universais e, como tal, traspasan calquera espazo físico, calquera barreira lingüística e calquera nacionalidade…



*Chano Piñeiro, en Xoán Acuña. Unha historia do cinema galego. Edicións do Cumio, S. A., Vigo, 1999

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