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Bohemian Rhapsody (2018)


Algo rutinario no implica necesariamente que sea aburrido, pero no aporta nada nuevo, por lo que tampoco depara sorpresa alguna. Por tanto, de esto podría deducir que la rutina es la ausencia de la novedad y, en la mayoría de los casos, el afianzamiento de la repetición, quizá no una similar a la vivida por el presentador de Atrapado en el tiempo (Groundhog DogHarold Ramis, 1993), pero, al fin y al cabo, repetición de aquello que aceptamos como parte de nuestra cotidianidad o monotonía. Sin embargo, en ocasiones, sí me siento como Bill Murray atrapado en su eterno retorno al día de la marmota, pero sin posibilidad de alcanzar la perfección aprendiendo de mis errores, porque mi realidad (suma de “entorno” más “yo”) es imperfecta y nada tiene que ver con una película, en la que sus responsables planifican al detalle y saben qué va a suceder en las sucesivas escenas. Aparte de esos momentos, otro bucle me atrapa cuando veo una película como Bohemian Rhapsody (Bryan Singer, 2018), que siento que ya la he visto, no una, sino diez mil veces, lo cual me genera el desinterés, porque sé que me deparan los minutos.


Puede que la repetición en el cine o en la narrativa sean cómodas, también puede que entretengan, con el tiempo cada vez menos, o que solo mantengan el hábito de ver una película o leer un libro que se repite, pero también es el paso hacia la desidia o hacia el plantearse qué ver y qué leer. Y sí, en este caso concreto encontré algún entretenimiento, pero no en aquello que observaba en la pantalla. Lo encontré en lo que escuchaba: en la música y en las letras de canciones que tantas veces he disfrutado, una música que no es de la película, aunque la película viva de ella, ya que todos sabemos que es de
Queen. Si el film de Bryan Singer se centrase en un grupo desconocido, que no gustase o que no fuera vendible, y todo lo demás, su estilo y su esbozo de conflicto del personaje principal y su realidad —esbozo porque traza líneas superficiales para dar un tono dramático complaciente, pero no existe un retrato complejo del conflicto interior en sí (dice más el autorretrato de Van Gogh sobre su interioridad herida que dos horas cinematográficas sobre la de Freddie Mercury, se expusieran igual, ¿entretendría a la mayoría? ¿Alcanzaría la aceptación popular que ha obtenido? Evidentemente, la película cuenta con esa ventaja, la de asumir en apariencia circunstancias y personajes miembros de uno de los grupos más famosos del siglo XX, lo cual marca la diferencia entre el éxito y el fracaso comercial, entre la aceptación o el rechazo generalizado. Pero no puedo evitar el pensamiento de que Bohemian Rhapsody, la película, vive del mito Queen, no de sus cualidades cinematográficas.


Como cualquier leyenda, la del grupo británico se ha afianzado en el imaginario popular hasta convertirse (por derecho propio) en una de las grandes bandas de música de todos los tiempos, y su cantante
Freddie Mercury en una de las grandes voces del siglo XX. Pero ¿qué hay de la película? Cualquier circunstancia que rodea a los personajes parece de relleno o hecha para contentar a la superficialidad, mermando opciones al desarrollo de los conflictos, a la espera de que suene una canción o a la espera de los apoteósicos minutos finales, aquellos que reviven el irrepetible concierto benéfico Live Aid, que fueron emitidos por televisión cuando era niño. Eran reales, era Queen y era Mercury, no los calcados por Singer para cerrar su biopic-homenaje al grupo responsable de canciones que, como la que da título al film, reconocemos al instante y disfrutamos antes, durante y después de la existencia de una película que, sin duda, encuentra su mejor baza en los temas míticos, más que en las impresiones y sensaciones que puedan vivir sus personajes. Alguien podría intentar convencerme de que cometo un error de apreciación, de que soy un pedante o de que no tengo ni idea, las tres podrían ser, pero también podría ser que me intentase convencer alabando las interpretaciones de los actores y actrices, pero, ¿qué interpretaciones? Porque, las más no crean personajes vivos, solo buenas imitaciones de personajes reales, incluso "clavada" en el caso de Rami Malek. ¿Se trata de eso? ¿De rellenar dos horas de metraje con imitaciones y canciones de Queen? Si es así, Bohemian Rhapsody cumple con creces su objetivo, pero si hablamos de buen cine, que equilibre los indisociables artísticos “contenido” y “forma”, debo dudar y lo hago, consciente de que puedo cometer ese error de apreciación, pero, como cualquier duda, esta conlleva reflexión y conclusiones que, en este caso concreto, me generan una sensación de no decepción, pues tampoco esperaba más de lo que he visto. Sí, a esto se le puede llamar prejuicio o juicio a priori, pero no deja de ser un juicio basado en las repeticiones y en la rutina en las que el cine comercial parece vivir su ausencia de novedad, de riesgo, de sorpresa, o quizá viva del culto a lo superficial y al consumo rápido o puede que ni se plantee para qué ofrecer mayor complejidad, si la mayoría desea huir de lo complejo, aunque se exponga de manera sencilla. Bohemian Rhapsody se acerca superficialmente a la historia de un hombre perdido, en busca de su identidad, a las circunstancias del grupo, pero en la distancia, pues el film no desea ni busca complicarse, desea contentar y, para ello, busca la imagen mitificada del inimitable Freddie Mercury y el magistral sonido de Queen, pero más allá de esto ¿qué me aporta, recalco el me, la película de Singer, más allá de esas canciones con las que he crecido y con las que he sentido?

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