martes, 18 de octubre de 2011

¡Qué bello es vivir! (1946)

Después de cuatro años alejado del cine comercial, Frank Capra regresaba a Hollywood para descubrir que pocos se acordaban de él. Quien hacia finales de la década de 1930 había batido el récord en los premios Oscar, al conseguir el tercero al mejor director, había pasado de moda como consecuencia de su ausencia voluntaria, durante la cual se dedicó en cuerpo y alma a contribuir a la victoria estadounidense en la Segunda Guerra Mundial. Como otros cineastas de Hollywood, Capra dejó la comodidad de los estudios cinematográficos para enfrentarse a la realidad que asolaba al mundo, una realidad que cambiaría su forma de sentir y de pensar. Quizá por ese motivo, a su regreso, decidió crear su propia productora, al lado de George Stevens, Sam Briskin y William Wyler, y plantear su primera primera película de posguerra desde una perspectiva más intimista que el resto de sus comedias idealistas, pues en Qué bello es vivir (It's a Wonderful Life) existe una evidente decepción y un ligero pesimismo que obliga a su protagonista a tomar una decisión que nunca llega a materializarse, pero que plantea el interrogante de qué ocurriría si uno no llegase a nacer. Nada, la nada más absoluta, de la que Capra se desmarca para decir que es una suerte haber nacido; pero el caso de George Bayle (James Stewart) resulta peor que la nada, porque se ve obligado a ser testigo de su no existencia, por lo tanto a ser consciente de que sí ha existido. Esta circunstancia acarrea la comprensión de que su presencia afectó para bien a quienes le rodeaban, hasta el instante anterior al acto desesperado que obliga a la intervención de un simpático ángel (Henry Travers) que desea demostrarle: ¡Qué bello es vivir! La vida de George Bayle se muestra desde su infancia, pasando por su juventud hasta el momento en el que pretende arrojarse desde un puente que cerraría su ciclo vital; esta sucesión de imágenes pasadas sirvieron a Frank Capra para mostrar un presente alternativo en el que George no existe y con su inexistencia descubrirá el valor de esa vida a la que ha pretendido renegar. La idea que expone ¡Qué bello es vivir!, en la que se aprecian ciertas influencias de Cuento de Navidad de Charles Dickens, realza la importancia del individuo ante su entorno, apoyándose en esos buenos sentimientos y acciones que dan sentido a la vida; sin embargo, Bayle ha perdido la esperanza, porque cree que lo ha perdido todo, inconsciente de su propia valía y de su lugar en un mundo que en apariencia no reconoce sus méritos. Pero la intervención angelical le proporciona la oportunidad de descubrir que estaba equivocado, que era un hombre rico, porque lo tenía todo (descubrimiento opuesto al del señor Scrooge de Dickens): amigos, familia y una esposa, Mary (Donna Reed), que le había amado en otra vida y a quien en la actual ha condenado a la soledad por su no existencia. Su ausencia no solo ha afectado a Mary, sino que ha influido de forma negativa en la vida de muchos otros, como la de unos soldados que su hermano había salvado en el mundo que recuerda, pero que en su nueva realidad han perecido, porque él no se encontraba para salvar a su hermano. Con una serie de duros golpes descubre todo lo que ha perdido y como la vida de un sólo individuo afecta a la de los demás, formando una unión invisible que influye en cuantos le rodean, una cadena que se ha roto con su ausencia. Así pues, esa nueva realidad en la que no existe, resulta peor que la que ha querido dejar atrás, lección que aprende gracias a la intervención de ese ángel que ha utilizado un método didáctico, algo cruel, pero efectivo al cien por cien. A pesar de su relativo fracaso comercial y crítico, ¡Qué bello es vivir! se ha convertido en el título más universal de Frank Capra, y uno de los más vistos desde su estreno, debido a su constante presencia en las televisiones de medio mundo, casi siempre por fechas navideñas, que año tras año la emiten sin que pierda un ápice del encanto que genera su combinación de sensibilidad, utopía, amor a la vida, querer y ser querido, así como el descubrimiento fundamental de que la verdadera riqueza no reside en lo material, sino en el individuo, en su valoración de sí mismo y en los sentimientos con los que encara el día a día; no como el pobre millonario señor Potter (Lionel Barrymore), que ha carecido de la riqueza de la que siempre ha disfrutado George y de las presencias espectrales que abrieron los ojos del Scrooge dickensiano.

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