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La vida de Calabacín (2016)


Es inusual encontrarse con una producción animada que se centre en vidas infantiles rotas como la de Calabacín o Camille, vidas que existen en nuestra realidad social y que suelen pasar desapercibidas a quienes no nos afectan de forma directa. Tampoco es habitual evitar la sensiblería con la que algunas películas que abordan el tema manipulan las emociones del público, ni lo es lograr que estas fluyan de forma natural. Esto último lo consigue, con creces, La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette, 2016), un film que no pretende condicionar, solo exponer las circunstancias que afectan a los pequeños protagonistas en su cruda realidad, que, como cualquier otra, presenta momentos tristes y alegres. La sutileza y el equilibrio expositivo de Claude Barras, que traslada a imágenes el guion de Céline Sciamma, evitan que la tristeza se adueñe de la pantalla, pues, lo que pretende y consigue es un relato al tiempo íntimo y emotivo, nada sensiblero, que no se olvida del humor a la hora de ahondar con elegancia, honestidad e inteligencia en cuestiones que traspasan su espléndido retrato de esa infancia maltratada a la que pertenecen Camille, Calabacín o Simón. Consciente de la falsedad que acarrea el forzar las sensaciones que habitan en sus protagonistas, Ozu decía que <<es fácil explicar una historia mostrando las emociones. Con el llanto y la risa se pueden transmitir un sentimiento de tristeza o de alegría, pero de esta manera uno se detiene en la mera apariencia y, por mucho que apele al sentimiento, el carácter y la calidad de los personajes no se expresan bien>> (Kinema Junpo. Junio de 1952). Los gestos, los silencios o los diferentes comportamientos, nos permiten acceder a los sentimientos y a las emociones de los personajes del film de Barras, también a su carácter y a su calidad humana, de ahí que generen en el espectador la complicidad que se prolonga a lo largo de su
 hora de metraje, una hora de superación de miedos y de culpas, de esperanza, de cariño, de luces y de sombras, del primer amor y de belleza oculta, como la que descubrimos en Simón, el niño bravucón por fuera y tierno y desorientado por dentro, que se preocupada por sus amigos del orfanato. En La vida de Calabacín no se trata de mostrar las emociones al estilo de, por ejemplo, la entretenida Del revés (Inside Out; Pete Docter y Ronnie Del Carmen, 2016), sino desde una perspectiva que, sin olvidar al público más joven, apuesta por la sinceridad, la amargura, la ternura y las dosis de humor que habitan en la amistad y en la vida de los protagonistas, sin ocultar el dolor que estos sufren en silencio, un dolor que han heredado de los actos de sus mayores, cuyos comportamientos condenan a los pequeños a la soledad y a la incomprensión que se mitigan en la casa de acogida donde forman una familia. Allí, las niñas y los niños son felices, al menos, todo lo felices que pueden ser sin padres ni madres que les ofrezcan el cariño y la protección que, sin exteriorizar, desean, guardando para sí las dudas, la inexistente culpabilidad, que se atribuyen, o la esperanza de ser queridos y dejar de sentir miedos que no sabrían definir. En sus relaciones con madres y padres, las niñas y los niños de La vida de Calabacín sufrieron abusos, la presencia de drogas, violencia y muerte en sus hogares, o el desarraigo de verse privados de ellos por tratarse de inmigrantes ilegales. Las distintas particularidades de cada cual marcan el pensamiento y el comportamiento individual, su manera de actuar dentro del grupo, pero también los iguala y, aunque no olvidan los hechos pasados, juntos encuentran la confianza, la diversión y la aceptación que hasta entonces se les ha negado. Pero no todos los mayores son egoístas y desequilibrados como la tía de Camille, los hay amables, comprensivos y protectores como los educadores del centro de acogida o Raymond, el policía que atiende al niño protagonista tras la muerte de su madre. Calabacín y Camille entienden esta diferencia entre adultos, más si cabe porque ellos encuentran en el agente el vínculo afectivo que mejora su cotidianidad, un vínculo que también ilumina a Raymond, pues lo aparta de la soledad en la que vive desde tiempo atrás, porque, como les dice, <<a veces son los hijos los que abandonan a sus padres>>.

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