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La maldición de Frankenstein (1957)



El destino de Hammer Films y el de Terence Fisher se unieron en 1951, meses antes de que los responsables de la productora le ofreciesen la dirección de Chantaje criminal (The Last Page, 1952), aunque no sería hasta seis años y diez películas después cuando el cineasta realizó La maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957). En esta película desarrolló el estilo visual que le haría famoso, pero sobre todo ofreció un nuevo enfoque del terror cinematográfico. Desde aquel instante de madurez artística y creativa, fueron muchos y muy buenos los títulos que Fisher rodó para el estudio fundado por Enrique Carreras y William Hinds. Pero este logro no habría sido posible de no haber existido una simbiosis entre ambas partes, una combinación en la que Fisher aportó su creatividad y su poética, mientras que el estudio le proporcionó la libertad necesaria para desarrollarlas en compañía de excelentes colaboradores, entre ellos el guionista Jimmy Sangster, el director de fotografía Jack Asher o los actores Peter Cushing y Christopher Lee, sin duda los rostros más populares de la mítica productora. Así pues, emulando lo realizado
 veintiséis años atrás en la Universal de Carl Laemmle, con títulos como Drácula (Tod Browning, 1931), El doctor Frankenstein (Dr. FrankensteinJames Whale, 1931) o La momia (The MummyKarl Freund, 1932), la asociación Fisher-Hammer marcó un nuevo rumbo genérico al dotar a aquellos personajes clásicos de colorido, de deseo carnal (liberador para unos y represor para otros) y de mayor abstracción psicológica, como delata el comportamiento del barón Victor Frankenstein (Peter Cushing), a quien Fisher presentó entre las sombras de una celda donde aguarda a ser ejecutado. Debido a la popularidad del personaje ideado por Mary W. Shelley, en ese instante inicial se podría sospechar cuál fue su delito; sin embargo, este comienzo, en el interior del presidio, provoca un nuevo enfoque de aquel a quien la escritora apodó "el moderno Prometeo".


Dentro de los muros, Victor, violento y desquiciado, exige a un sacerdote que escuche la verdad de los hechos que se desarrollan a lo largo de la analepsis que ocupa la mayor parte del film. Durante este retroceso temporal se comprueba la obsesiva evolución del aristócrata en su afán por dotar de vida a una criatura muerta, pero su postura resulta contradictoria a este respecto, ya que si bien busca el modo de ofrecer la vida, no duda en quitarla para alcanzar su fin (asesina al profesor que ha invitado para apoderarse de su cerebro), lo que desvela su desdeño por la existencia humana tal y como él la comprende, ya que le resulta repleta de ataduras morales de las que se desentiende (de ahí su aislamiento del mundo exterior a su mansión) durante sus largos años de investigación al lado de su tutor Paul Krempe (Robert Urquhart). ¿Loco, visionario, amoral o un ser instintivo que prescinde de los límites de la ética para satisfacer sus deseos más primarios? Este "mad doctor" de la Hammer se desentiende de lo establecido, trasgrede costumbres y normas en su afán por convertirse en un ser supremo, controlador de vida y muerte, aunque, durante su trayectoria hacia el conocimiento (para él absoluto), se convierte en un esclavo de su inalterable necesidad de materializar la idea que le consume y lo convierte en el verdadero monstruo de la película. Ante el comportamiento de su amigo, Paul (la imagen de la aceptación) reniega de Frankenstein, aunque permanece a su lado para no alejarse de Isabel (Hazel Court), obligada por los convenios sociales a casarse con Victor, y siempre ajena a la verdadera naturaleza que se esconde en la mente de un científico más feroz y peligroso que la criatura (Christopher Lee) a la que concede el don de la vida, si así se le puede llamar a la condena que significa para el recién nacido una existencia no deseada y limitada por su creador. De tal manera, se comprende que la criatura es una víctima más del aristócrata que en el presente carcelario semeja delirar en su exposición de lo ocurrido, consumido por la desesperación que le provoca la inminencia de su propia muerte y la certeza de que nadie, ni siquiera Paul, cree en los motivos que le han llevado hasta allí, y que nunca llegan a saberse si son ciertos, pues la confesión (y por lo tanto las imágenes que la recrean) nacen de palabras subjetivas que podrían ser fruto de la locura que se ha apoderado de él.

Comentarios

  1. Fisher y la Hammer se han quedado parcialmente pendientes por mis problemas con el terror.Aunque unas cuantas las vi de niña, cuando las ponían en la tele. Seguro que está bien.Pero lo que me parece incuestionable es la aportación literaria y cultural sin parangón de Mary Shelley.La lectura de esta obra magna es tan eoicadora, inquietante, reflexiva. Pero siempre considero que ella se centró más en la angustia insoportable de la criatura. Frankenstein es el monstruo absoluto, está claro. Y es cinematográficamente muy tentador. Pero siempre he echado de menos una adaptación al Cine que ahondara más en el engendro.Aunque tb es cierto que de alguna forma fue el primer replicante.Trabajé mucho este tema para mi tesis, estabkeciendo líneas temporales de influencia.

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    Respuestas
    1. Gracias por tu comentario. Me parece una espléndida reflexión. También pienso que sería interesante ofrecer la perspectiva de la criatura. Su búsqueda, la de su creador, la desorientación y las dudas. Su humanidad, distinta a la del hombre/dios que le da vida. No recuerdo bien el film de Branagh, pero creo que le daba mayor profundidad a la criatura. Tengo que volver a ver su versión de la obra de Mary Shelley.

      Saludos.

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