Sin complejos, partiendo de gustos cinematográficos similares, John Carpenter y Walter Hill buscan divertirse y divertir con sus películas. Ese punto común, a la par personal y tirando hacia la serie b, conectó sus films de los setenta y de los ochenta con un amplio sector del público, películas que aún hoy siguen disfrutándose como entonces. No han perdido atractivo porque son films fuera de tiempo, tal cual Asalto a la comisaría del distrito 13 (Assault on Precinct 13, John Carpenter, 1976) o The Warriors (Walter Hill, 1979), que encuentran inspiración en el western y en sus rebeldes marginales, a menudo solitarios. Uno de ellos protagoniza Calles de fuego (Street of Fire, 1984), western rockero que se desarrolla en un suspiro de acción en el que Hill apuesta por un estilo veloz, explosivo, sin prejuicios, que bebe del rock para dar ritmo al encuentro de dos solitarios duros y decididos interpretados por Michael Paré y Amy Madigan. Apenas intercambian frases cortas, no precisan más, Cody y McCoy unen fuerzas para llevar a cabo el rescate de Ellen (Diane Lane), la cantante que ha sido secuestrada por Raven (Willem Dafoe), el jefe de una pandilla de moteros. El western es un género al que Walter Hill ha recurrido con frecuencia (Forajidos de leyenda, Traición sin límite o Gerónimo), pero, en ocasiones, sus películas se alejan del oeste del siglo XIX, trasladando a sus pistoleros, entre otros personajes, a espacios sin una ubicación temporal precisa —de la segunda mitad del siglo XX—, como los transitados en The Warriors o Calles de fuego. Esas calles ardientes a las que alude el título están dominadas por bandas de forajidos que han cambiado los cuadrúpedos por monturas de dos ruedas: los bombarderos, el grupo que, emulando a pistoleros del salvaje oeste, impone su ley, la del más fuerte, irrumpiendo en el local donde la fiebre del rock se desata entre el público que asiste a la actuación en directo de Ellen, instantes antes de ser secuestrada.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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