En su conjunto, el drama bélico desarrollado en El baile de los malditos (The Young Lions, 1958) funciona, aunque no puedo evitar la sensación de que, en cualquiera de las tres historias que narra, falta un algo más. Claro que esta impresión mía (que supongo no exclusiva) no afecta a que Edward Dmytryk rodase un film digno, que no desentona dentro del género. Digno por su resultado, pero también porque pretende humanizar y priorizar los sentimientos y la evolución de Michael (Dean Martin), Noah Ackerman (Montgomey Clift) y Christian (Marlon Brando), el profesor de esquí con quien se inicia la historia en la Noche Vieja de 1938, antes de que estalle la guerra. Son los tres personajes principales, dos de ellos estadounidenses y el tercero, alemán. Se trata de Christian, a quien se presenta en pantalla como un joven sencillo, sin ideas políticas ni ambiciones, pero con la equivocada creencia de que su gobierno trabaja en beneficio del país. Esto se lo confiesa a Margaret (Barbara Rush), la joven americana que funciona como una especie de nexo entre los dos mundos a punto de colisionar. Dmytryk traslada la acción a Nueva York, para presentar a Michael y a Ackerman en la oficina de reclutamiento, donde se muestra parte de sus personalidades y un destino común: su inminente incorporación a filas, cuestión que asumen de manera distinta. El tiempo pasa y la guerra les reclama, como también lo haría con otros muchos jóvenes estadounidenses, sin embargo Michael no desea asumir un compromiso con su país que le conduciría directamente a los campos de batalla europeos. La falta de interés de Michael en participar en el conflicto es evidente, un ejemplo claro de esto se observa cuando le dice a Margaret, su novia, "para qué luchar contra japoneses y alemanes si en diez años serán nuestros amigos". La postura de Michael no es la de Margaret, eso es evidente, pero a pesar de ello aún se aman, pero es un amor que se enfrenta, porque son dos seres que pretenden cosas diferentes; por ese motivo parecen distanciarse, pero sin llegar a separarse. Todo lo contrario sucede con Noah Ackerman, quien en la primera noche que coincide con Hope (Hope Lange) le dice que la quiere, confesión que podría parecer extraña y precipitada, pero tras conocer la personalidad de este individuo, a quien sus compañeros y oficial al mando hacen la vida imposible en el campamento militar, no resulta ni sorprendente ni falsa.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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