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Alexander Nevski (1938)


Existen películas que nacen con un fin concreto y 
Alexander Nevski (1938) puede servir de ejemplo, ya que no puede esconder su origen político ni su intención propagandística. La película se ubica cronológicamente en el siglo XIII, momento durante el cual se presenta al pueblo ruso como víctima de las sanguinarias tropas teutónicas que amenazan con invadir la madre patria, sin embargo, la verdadera intención del film se comprende si los hechos narrados se trasladan a 1938, cuando los líderes soviéticos mantenían una relación inestable con el gobierno alemán, quizá porque estos no ocultaban su pretensión de extender su zona vital hacia el este. Por ello, los invasores germánicos son mostrados como seres despiadados que no dudan en masacrar a niños, que arrojan a la hoguera sin mostrar la menor compasión. Entonces, ¿quién podría detener a estas hordas sádicas y crueles? ¿Quién podría unir al pueblo para vencer al invasor? ¿Superman? ¿E.T.? No, todavía no era tiempo para ellos y, lo peor de todo, no eran miembros del partido. Ante esa necesidad de un líder único e incorruptible, que los una y les guíe hacia la victoria, surge la figura del príncipe Alexander Nevski (Nikolai Cherkasov), que vendría a ser la imagen que Stalin pretendía para sí, una comparación imposible, ya que, visto desde cualquier perspectiva objetiva, el líder bolchevique demostró ser todo menos un héroe. Sin embargo el cine tiene el poder de crear la fantasía deseada por sus responsables y, como consecuencia, a Sergei Eisenstein no le quedó otra que ofrecer a un líder sin tacha, valiente, infalible y que nunca retrocede, cualidades que convierten a Nevski en un personaje poco creíble, por no decir tan increíble como Superman o E.T. a pesar de que, al contrario que estos, se trate de un personaje histórico real. Por este motivo Alexander Nevski no pudo ser el film pretendido por su autor, al carecer la exposición de los hechos de un planteamiento sincero y de matices que lo habría mejorado. No obstante, si se dejan a un lado las connotaciones políticas, la película resulta interesante y se disfruta como una producción épica que enfrenta a buenos con nombre y cara con villanos sin rostro, que lucen la cruz latina en sus uniformes mientras avanzan por suelo ruso acompañados por un grupo de religiosos que los animan en su intento de exterminar al pueblo eslavo, una evidencia más de la realidad presente durante el rodaje del film. El príncipe Alexander es llamado por sus compatriotas para que defienda la ciudad de Novgorov, amenazada con ser conquistada por unos guerreros que no se detendrán a no ser que él, honesto, bondadoso, padre de todos los rusos y que “no busca” ni gloria ni poder, se lo impida. Hasta tal punto existe un mensaje político-ideológico en Alexander Nevski, que un año después de su estreno fue prohibida, pues el pacto de no agresión firmado por Hitler y Stalin, convenció a este último de la necesidad de ocultarla para no herir la sensibilidad de su nuevo "amigo", con quien entraría en guerra en 1941. Estos intereses ajenos a Eisenstein se hicieron con el control de la película, lo cual provocó las diferencias entre aquellas escenas más eisenstenianas, las que presentan a los enemigos y las batallas, y aquellas otras que sirvieron de discurso ideológico para manipular las conciencias del público y conseguir el objetivo pretendido por este drama épico que, realizado bajo la constante supervisión de la autoridades, habría sido muy distinto sin estas intromisiones.

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