sábado, 20 de agosto de 2011

Tartufo o el hipócrita (1926)


El cine alemán de la década de 1920 es de los más sobresalientes de su época, y lo fue porque contaba con cineastas (realizadores y directores de fotografía) y guionistas que arriesgaron en busca de formas e innovaciones. Eran cineastas de talento descomunal, con los dispares Murnau y Lang a la cabeza de los Dupont, Leni, Pabst, Lubitsch, Freund y de tantos otros con muchas ganas de hacer del cine un medio de expresión artístico propio. Ejemplos de esa propiedad cinematográfica son los films de Murnau, por ejemplo Tartufo o el hipócrita (Herr Tartüff1926), en la que adapta la obra teatral de Moliere, superando la teatralidad del original escénico. El cineasta alemán desarrolla su Tartufo o el hipócrita (Herr Tartüff, 1926) con agilidad pasmosa, gracias a su innato sentido fílmico. “Innato” porque carezco de palabras y de conocimientos para definir y etiquetar de otro modo a un talento único, nunca visto ni antes ni después, así que me quedo con ese innato y le añado arriesgado y en constante evolución, tal como demuestran las grandes obras que legó al cine mundial. Murnau era un cineasta que se reafirmaba con cada una de sus películas, que confirmaban lo que ya se sabía entonces, que era uno de los mejores directores de su época y uno de los genios por excelencia del celuloide. Su honestidad artística equilibra cine, sus formas, y su idea de cine, pues, al contrario que el protagonista de la historia, Murnau no es hipócrita, es un artista sincero y honesto con su arte cinematográfico.


La existencia de embaucadores, timadores e hipócritas no es ningún secreto ni una novedad, a menudo estos seres sin escrúpulos, al acecho de víctimas fáciles a quien engañar, se presentan desde la amabilidad o la amistad, cuestión ésta que 
Murnau trató en su personal adaptación de la famosa comedia de Moliere. Para recrear los hechos presentó a los personajes de la supuesta historia real, un anciano (Hermann Picha) a quien su interesada ama de llaves (Rosa Valetti) ha convencido de la necesidad de que cambie su testamento a su favor, anteponiéndose a un nieto (André Mattoni) que ejerce como actor, oficio mal visto que se asocia con una vida de vicio y depravación. Cuando el joven se presenta ante su abuelo, éste lo expulsa de la casa, cuestión que le afecta y le produce recelo, pues teme que su pariente esté siendo manipulado por una empleada que le influye desde la hipocresía y la mentira. Decidido a desenmascarar a la hipócrita, se acerca a la cámara y, como si de una obra teatral se tratase, explica (mediante intertítulos) que pondrá fin al insano e interesado dominio que la Tartufo ejerce sobre su abuelo. Empleando sus dotes actorales se hace pasar por un proyeccionista ambulante que regala entretenimiento en los pueblos donde se detiene. El ama de llaves sucumbe ante la idea de un buen divertimento, recompensa más que merecida tras pasar todo el día manejando al pobre anciano. De ese modo, el proyeccionista prepara su función y anuncia que la película que se verá a continuación se titula Tartufo. Sin apenas percibir el cambio de realidad a ficción la acción se sitúa en la mansión del acaudalado señor Orgón (Werner Krauss), quien, tras su ausencia, regresa al hogar donde le aguarda su amada esposa, Elmira (Lil Dagover). Sin embargo, cuando se produce el reencuentro, Elmira descubre que su marido ha cambiado. ¿Qué le ocurre?, piensa ella, ¿habrá sido una comida que le ha sentado mal o tiene un amigo que le ha convencido de que una vida de santidad es la mejor estrategia para llenar el espíritu? Elmira no tarda en comprender que se trata de lo segundo; un falso santo que responde al nombre de Tartufo (Emil Jannings), supuesto guía espiritual, ha llenado con sus ideas la mente de un marido que ha sucumbido y aceptado las palabras del impostor como dogma de fe. La voluntad de Orgón no le pertenece, se encuentra en poder de un hipócrita que pretende vivir a su costa. Elmira sospecha que Tartufo persigue las riquezas de su esposo, al tiempo que se convierte en un obstáculo para su relación marital. Temerosa por su marido y por su matrimonio advierte a su cónyuge, pero resulta una advertencia estéril, ya que las garras de Tartufo aprietan a su presa con fuerza. Y como reza el dicho: “a grandes males grandes remedios”, Elmira decide actuar de modo drástico e intenta seducir a Tartufo para demostrar a su marido que aquel en quien confía no es más que un ser rastrero carente de la santidad en la que Orgón cree a ciegas.

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