Ir al contenido principal

El hombre que pudo reinar (1975)


Años antes de poder llevar a cabo El hombre que pudo reinar (The Man Who Would Be King, 1975), el relato homónimo (en su idioma original) de Rudyard Kipling había servido de inspiración argumental para que John Huston realizase un primer esbozo de una película que nunca parecía encontrar su momento para ser rodada. Sin embargo, en 1975, el cineasta estadounidense pudo, por fin, materializar aquella idea pretérita y dar forma a una de las grandes aventuras e ilusiones cinematográficas de la historia del cine. Aunque, más allá de la aventura narrada con mano maestra por Huston, El hombre que pudo reinar brilla en la ensoñación del iluso, en el deseo que pone en marcha la conquista del sueño, en la fugacidad del momento y en el sentimiento que da vida, sentido y grandeza a sus protagonistas, aquel inquebrantable que les une en la amistad que priorizan sobre las conquistas y la gloria que pretenden cuando, ante Kipling (Christopher Plummer), se comprometen a ser reyes. Tras años de sacrificios en los campos de batalla donde engrandecieron a la corona británica y antes de asumir una decisión que marcará sus destinos, los picaros interpretados por Sean Connery y Michael Caine se preguntan por qué no conquistar un reino para ellos, si han conquistado para otros.


Si al guion firmado por Huston y Gladys Hill, uno de los más queridos por el realizador, a la destacada fotografía de espacios abiertos de Oswald Morris, al logrado diseño de producción a cargo de Alexandre Trauner y a la magnífica partitura compuesta por Maurice Jarre, se le suma la puesta en escena del cineasta y, sobre todo, la química que desprenden las actuaciones de Sean Connery y Michael Caine, el resultado es este irrepetible caminar hacia el sueño —<<el camino es al mismo tiempo el destino>>, escribió Schiller en referencia a la razón sin límites, que sustituyo por la ilusión ilimitada que mueve a la pareja de buscavidas— que se desarrolla entre la comicidad, la complicidad y la complementariedad que surgen de los personajes a quienes inmortalizaron Caine y Connery. Pero ni el uno ni el otro fueron las primeras opciones de Huston, que había pensado en Paul Newman y Robert Redford como protagonistas, aunque años antes, cuando empezó a barajar la posibilidad de llevar el relato a la pantalla, su idea era la de contar con Clark Gable y Humphrey Bogart para los papeles principales. Pero Newman, consciente de que la historia ganaría al contar con interpretes británicos, rechazó un guion que le había entusiasmado y le dijo al responsable de El tesoro de Sierra Madre <<¡Por el amor de Dios, John, consigue a Connery y Caine!>> (A libro abiertoJohn Huston). Sus Dabiel Dravot y Peachy Carnehan resultaron, más que convincentes, inolvidables en su faceta de granujas ex-militares, masones y buscavidas que han decidido reinar en un lejano país habitado por distintos pueblos en constantes luchas internas. Son estas continuas contiendas las que les ofrecen la oportunidad para hacerse ricos, que es la finalidad del viaje que emprenden después de firmar un contrato que Kipling observa como testigo. En dicho documento se comprometen a no probar alcohol ni a mantener relaciones con mujeres mientras no alcancen su objetivo, que se inicia desde la ilusión que les ayudará a superar las trabas tanto humanas como topográficas.


El entorno geográfico juega un papel fundamental en el desarrollo de la trama, pero no tanto como los diálogos entre Danny y Peachy o sus conductas, que muestran sus personalidades desenfadadas, la locura visionaria que les impulsa y esa eterna amistad que se ha gestado a lo largo de los años y de los peligros compartidos. Estos dos personajes son un dúo de pícaros perdedores que, como otros similares que deambulan por el universo fílmico del cineasta, alcanzan el sueño que persiguen, pero que también les arrastra hacia su inevitable destino. Su llegada al país les descubre la distancia (no física) que existe entre el mundo que han dejado atrás y el mundo en el que pretenden enriquecerse, diferencias culturales y sociales insalvables, pese al esfuerzo de Danny por limarlas y acercarlas a lo que el considera una justicia más civilizada. Peachy es consciente de que nada de lo que haga su amigo cambiará la situación, por lo tanto, lo mejor que pueden hacer es marcharse con lo que han conseguido (el dinero era su meta) y regresar. Sin embargo, Danny se ha dejado seducir por la idea de gobernar a unos súbditos que le veneran como a un Dios, incluso él mismo empieza a creerse una divinidad por ello pierde la noción de la realidad y se deja atrapar por la sensación de grandeza que lo domina. Su sueño se ha cumplido, pero ¿a qué precio? ¿Ha valido la pena? Sí, porque la amistad perdura más allá de El hombre que pudo reinar, una obra maestra que modernizó el género de aventuras al dejar atrás héroes planos e inverosímiles y a villanos en quienes resultaba imposible encontrar profundidad, porque uno de sus grandes aciertos residió en conferir madurez y sinceridad al relato y a unos personajes humanos, llenos de contradicciones, aunque nunca sobre el sentimiento de amistad que les une y del que fluye la desbordante vitalidad de este título capital de un director que nos regaló a dos seres que se aprecian más allá del sueño de grandeza que quizá los derrote, pero que nunca logra separarlos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...