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El mayor espectáculo del mundo (1952)


La década de 1950 trajo consigo el final de la época dorada de los grandes estudios de Hollywood y de su supremacía como máxima distribuidora de entretenimiento popular. En buena medida esto fue debido al definitivo asentamiento de la televisión en los hogares estadounidenses. En 1952 los receptores superaban los veintiún millones y ofrecían al público alicientes similares a los ofertados en las salas comerciales, pero con la ventaja de no tener que pagar por ellos y sin moverse de sus casas. Esta realidad deparó el drástico descenso en la asistencia a los cines (la mitad hacia 1956) e hizo saltar la alarma entre los ejecutivos de las grandes compañías. Sin tener en cuenta la calidad, la novedad o incluso, en un primer momento, la posibilidad de emplear innovaciones técnicas como la pantalla panorámica (los propietarios se mostraban reacios a reformar sus establecimientos), intentaron frenar la imparable caída potenciando películas espectáculo y valores seguros como los westerns y los musicales, sin embargo, los contenidos no mejoraron y, salvo contadas excepciones, prevalecía la forma sobre el fondo.
 Con este panorama Cecil B.  DeMille hizo lo que venía haciendo dentro de la Paramount, donde tenía vía libre para hacer y deshacer a su antojo desde el periodo silente. En el seno de la compañía fundada por Adolph Zukor continuó con su línea de errores y de aciertos sin temer que sus montajes sufrieran las alteraciones que sí sufrían títulos más interesantes, aunque menos espectaculares según el criterio de los responsables de los estudios y de parte del público, más atraído por el colorido y la supuesta grandeza de superproducciones como El mayor espectáculo del mundo (The Greatest Show on Earth, 1952), Gigante, (Giant, George Stevens, 1956), La vuelta al mundo en ochenta días (Around the World in 80 Days, Michael Anderson, 1956) o Los diez mandamientos (The Ten Commandments, 1956), que por la indiscutible calidad y complejidad de obras malditas como El gran carnaval (The Ace in the Hole, Billy Wilder, 1951), La noche del cazador (The Night of the Hunter, Charles Laughton, 1955) u otras que vivieron el rechazo.


Lo que estaba claro era que el cine hollywoodiense necesitaba un cambio de rumbo y mayores riesgos artísticos si pretendía superar su situación, pero sus responsables financieros parecía empeñados en no ver esa necesidad que sí intuían cineastas consagrados y otros que empezaban su andadura por aquellos años. Pero DeMille no estaba dispuesto a asumir riesgos y
 esta circunstancia se aprecia en El mayor espectáculo del mundo, película que no aportaba novedades al panorama cinematográfico ni a lo que venía realizando su responsable, aunque cualquiera de sus films eran un valor seguro de cara a la taquilla y la historia de la compañía circense dirigida por Brad Braden (Charlton Heston) no lo iba a ser menos. El film se inicia con la voz en off que caracteriza las producciones sonoras de Cecil B. DeMille, que alaba la grandeza del circo, de los hombres, de las mujeres e incluso de los animales que lo hacen posible. A lo largo del metraje se dejará escuchar de nuevo para continuar ensalzando el entorno circense donde el cineasta desarrolló varias historias paralelas, entre las que se cuentan la relación amorosa a tres bandas (que podría ampliarse a cuatro si se incluye el personaje de Gloria Grahame) y la de Botones (James Stewart), que oculta su pasado bajo el maquillaje de clown. Sin embargo la buena narrativa de DeMille se ve interrumpida por su constante de alargar secuencias que poco o nada aportan a la trama, aunque sí a su concepto de cine espectáculo, ya sea la prolongada presentación del circo ante sus espectadores o los números artísticos que juegan en contra de los personajes y de la narración de una película que, a día de hoy, ha perdido el interés que pudo haber despertado en su momento, quizá porque su insistencia en repetirse y su conservadurismo narrativo desaprovechan las posibilidades que plantea, prefiriendo centrarse en la alabanza al medio donde las las tramas, las relaciones y las emociones que se les supone no llegan a desarrollarse en plenitud.

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