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La brigada suicida (1947)


Entre 1945 y 1950 se desarrolló dentro del policíaco hollywoodiense un estilo semi-documental que trataba de explicar con minuciosidad las labores de los diversos cuerpos de seguridad encargados de velar por el cumplimiento de la ley. La intención sería la de mostrar la eficacia y la importancia de estos departamentos, formados por aguerridos agentes que no dudarían en sacrificar sus vidas para lograr que el orden prevaleciese. Una de las características comunes a este tipo de producciones propagandísticas, que intentaron ofrecer su realidad de hechos supuestamente verídicos, se encuentra en su presentación, a menudo introducida por un cargo del departamento correspondiente, responsable de explicar a grandes rasgos la labor de los agentes en quienes se centra la historia. Una vez fuera de esa oficina, la acción nos descubre el día a día, los esfuerzos incansables, los métodos que utilizan o la avanzada tecnología que les ayuda a cumplir con su cometido. Dentro de este estilo cercano al realismo, condicionado por su intención de ensalzar a los órganos correspondientes, destacan títulos como La casa de la calle 92 (The House on 92nd StreetHenry Hathaway, 1945), La calle sin nombre (The Street with No NameWilliam Keighley, 1948) o La brigada suicida (T-Men), realizada por Anthony Mann en 1947, posiblemente una de sus mejores aportaciones al policíaco de serie B. En ella Mann consiguió alejarse de esa idea propagandística para centrarse en la violencia que nace del ambiente y del interior de los personajes, en este caso ubicados en calles e interiores turbios y amenazantes donde la brutalidad es una constante, pues nace de la criminalidad en la que los agentes se introducen para cumplir con su cometido. La cámara de Mann, excelente la fotografía en blanco y negro, realiza el seguimiento de los agentes de la ley infiltrados en la organización criminal que, entre otras labores, se dedica a la falsificación de billetes, pero su acierto reside en mostrar a los delincuentes en su habitat, donde la violencia no es más que una herramienta para proteger sus negocios. La introducción no da lugar a dudas, el espectador es consciente de lo que va a presenciar, de modo que los primeros minutos de La brigada suicida sirven para que conozcamos a los dos agentes del tesoro a quienes se les encarga la investigación. Tony Genaro (Alfred Ryder) y Dennis O'Brien (Dennis O'Keefe) viajan a Detroit después de preparar una tapadera convincente; en la ciudad del motor pretenden hacerse pasar por delincuentes, y de ese modo, sin levantar sospechas, acceder al mundo de los bajos fondos con la intención de conseguir alguna pista que les permita desarticular a la banda de falsificadores. Poco a poco acumulan información, mientras, sus superiores permanecen alejados del peligro, pero atentos al avance de los suyos, sin embargo, son los dos policías quienes arriesgan sus vidas, sobre todo cuando descubren una posible conexión entre la banda y un individuo conocido como el planificador (Wallace Ford). Esta nueva pista provoca el traslado de O'Brien a Los Ángeles; allí contacta con dicho elemento, que resulta ser un escalafón más dentro de una sociedad delictiva que parece tener bien protegidos a sus jefes. A pesar de que los dos agentes son los supuestos protagonistas, la historia carece de ellos, pues es el mundo del hampa y la constante voz en off del narrador las que se convierten en los guías de film, y esa misma voz es la que provoca la sensación de condicionamiento al remarcar la indispensable labor que se lleva a cabo dentro del departamento al que alude y la entrega incondicional de esos T-Men capaces de sacrificar sus existencias para realizar con éxito su trabajo, salpicado de constantes situaciones extremas, mientras sufren la violencia que se descubre en los ambientes delictivos dominados por vapores, claroscuros o niebla.

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