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El cebo (1958)



Cuando hablo de una película de asesinos en serie pienso en M como el gran referente, pero esto no es más que fruto de mi subjetividad, ya que existen otros excelentes films que muestran la figura de un individuo desequilibrado, cuya mente enferma le obliga a matar. El cebo es otro buen ejemplo de este tipo de producciones, en ella se presenta a un asesino similar al que se descubre en la mítica película de Fritz Lang, aunque enfocado desde una perspectiva que lo aleja de aquel personaje interpretado por Peter Lorre, ya que, aparte de la coincidencia de que ambos eligen a niñas como víctimas de sus obsesiones, las diferencias entre ambas películas son evidentes desde el inicio, cuando Jacquier (Michel Simon), una especie de buhonero, camina tranquilamente por el bosque donde descubre el cadáver de una pequeña. Asustado y nervioso acude a un bar desde donde telefonea a la policía, pero solo quiere hablar con el comisario Matthai (Heinz Ruhmann), a quien conoce del pasado y, en un futuro inmediato, el único que creerá en su inocencia. Jacquier no tarda en ser arrestado como sospechoso y es obligado por las autoridades a confesar la autoría de un infanticidio del que no es responsable. Matthai no reacciona ante el censurable comportamiento de sus superiores, quienes, deseosos de dar carpetazo al asunto, presionan a un vagabundo que, desesperado, se ahorca en su celda. La necesidad de cerrar el caso se ha cobrado una víctima inocente, y no ha sido un psicópata del que nada se sabe, sino un sistema que, apremiado y consciente, ha buscado la solución más sencilla sin detenerse en cuestiones éticas, tangibles o reales. Matthai tampoco ha actuado como cabría esperar de un profesional de su valía, quizá porque no se ha implicado a fondo, condicionado por su inminente retiro y su nueva etapa en Jordania, donde pretende trabajar los siguientes cinco años de su vida. Sin embargo esa nueva existencia no puede materializarse porque las dudas asaltan su mente sin poder alejar de su pensamiento la inocencia de aquel desdichado vendedor y la certeza de que el asesino todavía anda suelto. Su conciencia y la pequeña pista que descubre, le obligan a abandonar el avión para asumir su total implicación en un caso oficialmente cerrado, lo que implica que el ex-policía se encuentre solo en su intención. Sus antiguos colegas se dan por satisfechos con el resultado de la investigación, que no ha sido más que una farsa para acallar las voces que a gritos pedían un culpable. Así pues, el agente retirado se obsesiona con la idea de resolver un delito que para los demás se resolvió con éxito. A partir de ese instante, la figura de Matthai cobra el protagonismo absoluto de la historia, en la que se observa su soledad, aquella que le concede todo el tiempo del mundo para aguardar a que el asesino actúe de nuevo. Consciente de ello, se persona en el lugar donde se produjo el último crimen. Allí alquila una gasolinera, que utiliza como tapadera para ocultar su verdadera intención, mientras, sin nada a que aferrarse (tanto a nivel personal como profesional), estudia las pocas pistas que posee. Lo único que sabe respecto al homicida sería que este ha matado en diversos puntos de la carretera que sale de Zurich y que pasa por su negocio, de ese modo su deambular le conduce hasta la localidad vecina, donde, para su sorpresa, se encuentra con una niña de rasgos similares a la asesinada, un parecido que lo convence para emplearla como cebo. Su postura denota una falta de ética total, más si cabe al no mostrar preocupación por exponer la vida de la pequeña, quizá porque se ha obsesionado con la idea de atrapar al asesino como medio para salvar vidas, pero sin plantearse que pone una en peligro. Por lo tanto, Matthai decide que el fin justifica los medios, aunque también es consciente de que debe tenerla vigilada, de modo que contrata a la madre de la niña (María Rosa Salgado) como asistenta, sin ser consciente del vínculo que nace entre él y las dos mujeres, un nexo de unión que no tarda en convertirse en cariño y en la certeza de que no puede arriesgar la vida de aquella a quien empieza a ver como a una hija. La soledad en la que había vivido hasta entonces concluye en esa gasolinera apartada, donde comparte su cotidianidad a la espera de la aparición de un individuo a quien no conoce, pero con quien contacta cuando empieza a telefonear a posibles sospechosos, momento en el que Ladislao Vajda mostró en la pantalla la intimidad de Schrott (Gert Froebe), sometido al constante desprecio de su esposa, el mismo desprecio que provoca su necesidad de vengarse en niñas que no pueden defenderse y que se dejan engañar por su aparente amabilidad. El cebo se desarrolla sin apenas fisuras, atroz y a la vez sensible, muestra tanto la soledad en los adultos como en la infancia (Ana maría siempre juega sola hasta la aparición del asesino, que se hace pasar por mago), de tal manera mantiene dos focos de interés: la relación personal del detective con madre e hija y la obsesiva necesidad que aquel siente por atrapar a un desequilibrado que se presenta en pantalla hacia la mitad del metraje de este destacado thriller hispano-suizo con el que Vajda volvía a incidir en el mundo infantil que ya había mostrado en Marcelino, pan y vino (1954) y Mi tío Jacinto (1956).

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