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El desertor del Álamo (1953)


Años antes de realizar su reputado ciclo de westerns con Randolph Scott como protagonista, Budd Boetticher había dado muestras suficientes de su excelente pulso para el género en películas como las rodadas para los estudios Universal, entre las que destacan The Cimarron Kid, Horizontes del Oeste (Horizons West), Traición en Fort King (Seminole) o El desertor del Álamo (The Man from the Alamo). Posiblemente esta última fue la más conocida de aquella época que no satisfizo a su realizador, ajeno por aquel entonces a la libertad creativa que sí obtuvo en el injustamente denominado ciclo Ranown (nombre de la productora de Randolph Scott y Harry Joe Brown), A pesar de esa falta de libertad, El desertor del Álamo (The Man from The Alamo) evidencia una narrativa identificable con el estilo que haría famoso a Boetticher años después, capaz de desarrollar en una hora y cuarto una trama sin fisuras que gira en torno a un individuo a quien, en primera instancia, se le descubre luchando con las tropas texanas que defienden el Álamo, para poco después seguir su itinerario por varios espacios (su rancho quemado, el pueblo donde le encarcelan, su estancia con los bandidos o su periplo en la caravana que tendrá que proteger). Durante su recorrido también se muestra aquello que le condiciona: la violenta pérdida de sus seres queridos o la supuesta cobardía por la que es rechazado por todos; de ese modo se crea la figura del individuo cuyo motor existencial sería el de acabar con los hombres que dieron muerte a su esposa e hijo. Sin embargo, en El deserto del Alamo (The Man from The Alamo) se observa algo más que la idea que domina a John Stroud (Glenn Ford), pues también se exponen la violencia y los prejuicios de los habitantes del pueblo donde llega después de descubrir que su familia ha sido asesinada por texanos que se hacen pasar por mexicanos. En esa villa el teniente Lamarr (Hugh O'Brien) le reconoce y le acusa de ser el único hombre que abandonó el famoso fuerte cuando el coronel Travis les dejó elegir entre quedarse o irse; de modo que la masa, enfurecida ante tamaña cobardía, le juzga, le recrimina, le insulta y finalmente le agrede, incluso con la intención de lincharle. Nadie se detiene a preguntar cuáles fueron sus motivos para abandonar la plaza militar en una hora de sacrificio, simplemente dejan que sea su odio el que salga a relucir, provocando la injusticia a la que Stroud es sometido cuando únicamente se trata de una víctima de las circunstancias nacidas de un momento de violencia y lucha. La realidad que rodea al personaje se descubre en los primeros minutos, cuando demuestra su valentía al levantar a costa de su vida la bandera caída; en ese mismo emplazamiento, asediado por fuerzas muy superiores en número, también se comprende su mala fortuna al ser elegido para proteger a las familias de sus amigos, aunque nada puede hacer para evitar los trágicos sucesos que descubre después de abandonar el Álamo. Este individuo, como años después harían los personajes interpretados por Randolph Scott, es un solitario desencantado que busca venganza, dicha imagen ya esboza al futuro antihéroe de Boetticher, pues en él se descubren las constantes del cowboy solitario condicionado por un pasado que le persigue, y cuyo anhelo de vengar la muerte de sus seres queridos marca su presente, aquel que le aparta de todos, excepto del niño mexicano que le ayuda (Mark Cavell) y de la joven que inicialmente le censura (Julie Adams), al igual que hacen demás componentes de la caravana a la que Stroud se une en el itinerario final de la película, cuando ésta transita por el espacio abierto donde el vengador cierra su recorrido.

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