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Dos en la carretera (1967)


Los continuos saltos temporales empleados por Stanley Donen en Dos en la carretera (Two for the Road, 1967) nunca entorpecen la narración, al contrario, la refuerzan y la enriquecen desde la sencillez, la supuesta irregularidad y la elegancia que se descubre en esa misma alteración cronológica, fundamental a la hora de abordar el deterioro en las relaciones del matrimonio al que se observa a lo largo de una década, siempre por una carretera que simboliza su recorrido sentimental y existencial. Pasado y presente se entremezclan para realizar una reflexión ácida, cuando debe serlo, desencantada, cuando se tercia, y cómica, cuando lo precisa, pero nunca sensiblera, ya que las emociones fluyen sinceras según las épocas y la innegable química que se descubre en la pareja protagonista formada por Audrey Hepburn y Albert Finney. La carretera por la que deambulan haciendo auto-stop, en un viejo MG, en un moderno Mercedes o en compañía de una familia que se antoja insoportable, no es otra cosa que la metáfora de su recorrido vital, expuesto desde ese asfalto pocas veces abandonado, por donde se muestra la pérdida de la espontaneidad que les domina cuando se conocen y deciden emprender un viaje a pie por la campiña francesa.


De ese modo, tras la reticencias iniciales, nace la complicidad que deriva en el amor que creen eterno, y al que las imágenes siempre regresa para mostrar la indiferencia que parece dominarles en el tiempo presente. El pasado más lejano descubre, de manera magnífica, como se gesta el sentimiento que pierde intensidad a lo largo de los años, ya fuese por la aparición del conformismo, por la aceptación de lo establecido, por la infidelidad o por la supeditación de sus emociones personales a los éxitos profesionales. La constante de retornar una y otra vez al inicio provoca que el film equilibre la ilusión que se observa en la joven pareja con los silencios que les dominan diez años después, igualando la emotividad y la decepción que encierran las imágenes que llegan desde el asfalto en el que Joanna (Audrey Hepburn) y Mark (Albert Finney) pierden su ilusión y se convierten en aquello que nunca habrían creído ser: un matrimonio que nada tiene que decirse. ¿Qué les ha ocurrido?. <<Hemos cambiado>>, se justifica Mark, pero, quizá más que de un cambio en sus sentimientos, se trate del olvido de aquella plenitud fruto de la espontaneidad, de la sorpresa de estar juntos y de la certeza de saberse distintos de otras parejas; como todas las parejas creen ser. 
La sensación de olvido y deterioro queda enfatizada por la perspectiva empleada por Donen, repleta de constantes saltos temporales que se intercalan y encajan a la perfección para desarrollar la continuidad que se observa en las imágenes en las que se les ve enamorados, las mismas en las que empiezan a distanciarse o en las que parece que ya no tienen nada que decirse. Dos en la carretera explora las relaciones de pareja desde una perspectiva original, capaz de transmitir aquello que persigue gracias a la ingeniosa, y nunca forzada, combinación de momentos presentes y pasados en los que se descubren los cambios físicos, la evolución económica y sobre todo la erosión de los sentimientos afectivos, pero también la esperanza que siempre se recupera cuando la película regresa al pasado y muestra a aquella joven pareja antes de casarse o en sus primeros años de matrimonio, cuando la libertad y la alegría dominaba su relación, sensaciones que, con el paso de los años, se quedaron por el camino y fueron sustituidas por la desidia que les produce una convivencia con la que ninguno parece sentirse feliz.

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