lunes, 3 de octubre de 2011

El demonio de las armas (1950)

Desde pequeño las armas fueron la obsesión del pequeño Bart; poseerlas eran fuente de felicidad y seguridad, aunque nunca las habría utilizado para disparar contra seres vivos, porque a temprana edad comprobó, en la figura de aquel pajarillo inmóvil, la dura realidad que significaba su uso. Mas todas las razones expuestas por Ruby (Anabel Shaw), su hermana, y sus amigos, Dave y Clyde, no sirvieron para que el juez se mostrase compasivo, sentenciando a Bart a ser recluido en un reformatorio por su propio bien y por el bien común. El tiempo transcurrió sin detenerse en esa figura infantil, que posteriormente se alistaría en la armada, donde ejercería como profesor de tiro. Sin embargo, ese no era su camino definitivo, optando por regresar a su pueblo y recuperar las relaciones perdidas con su hermana, casada y con hijos, y con sus amigos de la infancia: Dave (Nedrick Young) y Clyde (Harry Lewis), quienes ejercían como periodista y policía, respectivamente. Fue por aquel entonces cuando descubrió a Annie Laurie Starr (Peggy Cummins), una mujer que desde el primer instante atrapó su atención. Bart (John Dall) sintió una sensación similar a la que sentía por las armas, puede que porque reconoció en ella a un igual, puesto que Laurie era una tiradora excepcional, circunstancia que pudo comprobar en la feria ambulante donde actuaba una joven que cambiaría su vida. El demonio de las armas (Gun crazy) sigue el viaje sin retorno de esta extraña pareja, unida por el amor y por una afición común que marcará sus destinos. Los primeros momentos de su matrimonio sería un espejismo de felicidad, sin embargo, el dinero que les permitía vivir cómodamente no tardó en esfumarse, y con su falta, la ambición de Laurie se plantó ante Bart, quien temeroso de perderla aceptó su propuesta. Convertidos en una pareja de atracadores, se dedicaron a dar pequeños golpes, que poco a poco fueron aumentando en complejidad y en riesgo. Pero algo no marchaba, Bart era consciente de ello, el miedo a tener que utilizar las armas con personas le llevó a replantearse lo hecho hasta entonces. De ese modo, comprende que se ha equivocado, ambos se han equivocado, y así se lo expone a su mujer, quien le escucha y comprende, está de acuerdo en abandonar esa existencia delictiva, porque le ama y no quiere negarle su deseo, pero antes ¿por qué no hacer un último trabajo, uno que les proporcione la cantidad suficiente para iniciar una nueva vida, sin necesidad de sufrir unas privaciones de las que Laurie reniega?. Hasta ahí las buenas intenciones, a partir de ese momento la película de Joseph H.Lewis se convierte en una huida imposible para dos seres que no pueden vivir el uno sin el otro, dos seres desesperados, adictos a las armas y al amor que comparten, pero muy diferentes entre sí. Por eso se observa en la relación un dominio por parte de Laurie, quien convence, casi obliga, a Bart a seguir un camino que no desea, pero que debe tomar si pretende continuar al lado de la mujer que ama, no obstante, esa senda marcada por la criminalidad le consume, porque sabe que con cada nuevo golpe, la posibilidad de herir o matar a alguien se hace más factible. El demonio de las armas posee un ritmo vertiginoso, perfectamente desarrollado por uno de los grandes directores de la serie B, un director que ofreció una lección magistral de como economizar al máximo el tempo narrativo de la historia, consiguiendo una mayor sensación de apremio y de desesperación que amenaza a una pareja que se ha dejado llevar por un camino equivocado, lleno de violencia y desesperación; todo un clásico del cine negro en el que uno de sus guionistas, Dalton Trumbo, no pudo firmar su trabajo como consecuencia de que su nombre estaba en las listas negras de los estudios de Hollywood.

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