En mi memoria, La tabla de Flandes (Jim McBride, 1994), La novena puerta (Roman Polanski, 1999), Cachito (Enrique Urbizu, 1996), Terrotorio Comanche (Gerardo Herrero, 1997), La carta esférica (Imanol Uribe, 2007) o Las aventuras del capitán Alatriste (Agustín Diaz Yáñez, 2006), inevitablemente se han borrado por completo , lo que implica que en mi mente carezcan de identidad y, al recordar sus títulos, piense en ellas como vacíos. Tampoco ocultó que las novelas de Pérez Reverte que he leído —salvo Territorio Comanche, el resto hace algo más de dos décadas— hayan desparecido de mi mente; mi memoria no logra reconstruirlas. Por eso, al volver a ver una película como Territorio Comanche es como si la viese por primera vez. Así descubro que Arturo Pérez Reverte pasa de proyectarse en Barlés en la novela —muy superior a su adaptación—, a que este personaje literario sea Mikel en la película de Gerardo Herrero, en la que adapta el guion del propio Reverte y de Salvador García. Pero Herrero, consciente de que una pelicula es otro tipo de narrativa, filma una historia diferente. De hecho, quiere hacer otra historia, ya que la obra literaria no la tiene; tiene una sucesión de anécdotas, experiencias personales, sentencias y nombres de colegas de profesión. La trama de Herrero sitúa a Laura (Cecilia Dopazo), presentadora estrella de televisión, en el territorio comanche donde habitan Mikel (Imanol Arias) y José (Carmelo Gómez), tipos curtidos en mil batallas que rozan el barro, pero no viven ni se ahogan en él. Con la irrupción de la presentadora, una mujer en un espacio acotado a los profesionales de campo, Herrero se acerca a un Howard Hawks, mas sin ser Hawks. Supongo que esto lo tendría claro, también que Hawks es un director que permanece invisible, de pulso firme que, tras la dureza de sus profesionales, esconde sentimientos y emociones, los lazos de amistad y la certeza de que lo que hacen es su trabajo, no una heroicidad. “La única gloria de la guerra es sobrevivirla”, afirma el narrador de Uno Rojo, división de choque (1980), que habla por Samuel Fuller, cuyo paso por la Segunda Guerra Mundial carecía de cualquier distancia de seguridad al estar en primera línea, donde matar-morir-torturar-sufrir tortura-herir-verse herido democratiza, pues todos pueden ser víctimas y victimarios, según el sentido de la trayectoria que tomen la bala.
Ese intento de crear épica y aprendizaje, depara un film impersonal, muy por debajo de otras películas protagonizadas por reporteros de guerra, tales como Todos somos seres humanos (William A. Wellman, 1948), Bajo el fuego (Roger Spottiswoode, 1983), El año que vivimos peligrosamente (Peter Weir, 1983), Los gritos del silencio (Roland Joffé, 1984), Salvador (Oliver Stone, 1985) o Las flores de Harrison (Élie Chouraqui, 2000), la única de las citadas que también sitúa la acción en los Balcanes, en Vukobar, instantes antes del periodo referido por Herrero. Pero si ya la novela me saca de su texto, al impedirme estar en la lectura como sujeto con mente propia, la película me expulsa sin concesiones, aunque su estética sea la de estar allí, en el conflicto. No me creo a Imanol Arias, ni con barba de tres días ni con chaleco de campaña ni gafas que homenajean a Reverte; a Gómez lo veo más digno en su papel de cámara, aunque en ambos casos lejos de un reportero en contante conflicto y evolución, imposibilidad, tal que el Richard Boyle de Salvador. Para los personajes que representan en pantalla, Laura es una intrusa, una turista, alguien ajena a la tribu que tanto idolatran porque les hace sentirse especiales; un sentir que parece importarles más que la guerra de la que Mikel presume que quiere informar no por popularidad, ni por su cuenta corriente. Así lo afirma, como si supiese que alguien fuese a juzgarle, quizá sea una justificación del propio Reverte tras la creación de su mito de escritor de combate, testigo de mil barreras, pero sin las cicatrices de quienes son en el barro, en la guerra. No es ningún espectáculo, quienes estuvieron y están allí lo saben, aunque ya lo parezca en la distancia de los hogares de la paz y del bienestar. La realidad bélica, la de quienes la sufren y la hacen, es una tragedia inenarrable, no como la tragedia griega que podía comprenderse en su representación, puesto que deparaba una lección moral y emocional, sino como el imposible de alcanzarla en su total dimensión, sin poder explicarla, sin poder informar de ella, salvo en fragmentos escogidos, y sin posibilidad de catarsis. Pero allí donde otros reporteros de cine sangran, los de Herrero se limitan a parecer que sangran, se cierran en su grupo y asumen su pose. Hablan y juzgan, comentan y beben, quien sabe si para no volarse la cabeza por estar allí. Esa posibilidad es comprensible, pero si tanto les duele, ¿por qué no dejarlo? ¿No habrá otros que ocupen su lugar? Mikel y José son prescindibles, pueden sustituirse por otros; tal como sucede en los demás oficios y tribus que necesitan sentirse miembros porque asumen que ellos han visto cosas que otros no creerían o no experimentarían; y nadie se lo pone en duda, ya que estuvieron allí. Eligieron estar allí; millones no tuvieron esa elección que posibilita una entrada y una salida. ¿Los motivos? Cada uno tendrá los suyos, pero no todos son capaces de decírselos. Eso me hace pensar que no va por ahí, que su distancia, de lo que sucede a su alrededor, ya formar parte de ellos. Les gusta estar allí, verse y sentirse diferentes. Ese conflicto puede que existiese al inicio de sus carreras, pero 20 años después quizás se haya transformado en otra cosa…








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