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De paseo polo verde compostelán (bilingüe)

Parque do Berce do Sar


Texto en galego (abaixo, en castelán)


Entre as xestionadas polo Concello, a Universidade e a Xunta, a superficie total de zonas verdes composteláns supera os oito kilómetros cadrados; o que supón máis de 800 hectáreas ou, dito en metros cadrados, sitúase por riba dos oito millóns… Esta millonada implica que, se tomamos a poboacion local, que ronda os cen mil habitantes empadroados, e deixamos aparte os non censados e os que a diario entran na cidade a traballar —e que viven na súa área metropolitana, que ten o seu verdor nos concellos limítrofes de Ames, Teo, Boqueixón ou Vedra—, os peregrinos e turistas —que decántanse polas pedras de Santiago, pola tarta de améndoa, por un Ribeiro, un Godello ou un Rías Baixas e, os menos, por unha boa mariscada na Raiña, o Franco, Bautizados ou a Praza de Abastos—, corresponden uns oitenta metros cadrados de verde para cada habitante, o cal non está nada mal. Pero se damos por feito que nin a metade da poboación os aproveita, quedan uns douscentos, tirando polo baixo, para quen si os gozamos á menor ocasión, xa sexa para pasear, camiñar, correr, pedalear, andar á pata coxa, a catro patas o cal cangrexo. De xeito que pasear dende o parque do Berce ata o bosque de Conxo, pasando polas Brañas e o Granell, a beira do Sar —inspiración de Rosalía— ou xa do Sarela, por Galeras, por nomear os dous ríos entre os que edificouse a cidade no século IX, subir ao Viso, polas inmediacións do parque do Lago, ou a seu oposto occidental, o monte Pedroso, dende o sendeiro do Sarela, á altura de Vista Alegre, resultan paseos agradables, tranquilos, en contacto coa natureza, pois o dominio das correntes, o seu fluir en armónico son e non menos rítmico tránsito visual, así como as sombras de miles de árbores e o canto das distintas especies aviares proporcionan a sensación de estar fora do chan urbano. A estas alturas de deshumanización, plastificación e dominio tecnolóxico, tal verdor é un luxo. Non se trata de parques céntricos como a Alameda, Belvis ou Santo Domingo de Bonaval, dignos de visitar e pasear, nin o máis recente bosque de Galicia, na ladeira occidental do Gaias, senón de camiños naturais, protexidos por arboredas, rutas de ata dezaoito kilómetros por sendas que, sen saír da cidade, transpórtanche fóra dela e mantéñenche lonxe do seu ruido, dos seus cheiros, do seu asfalto, dos seus escaparates, do crecente número de automóbiles pilotados por imitadores de Vin Diesel... Se un deíxase levar, tamén pode fantasear o seu pasear fora de tempo e da rede que nos atrapa…


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Texto en castellano (arriba, en galego)

Entre las gestionadas por el Ayuntamiento, la Universidad y la Xunta, la superficie total de zonas verdes compostelanas supera los ocho kilómetros cuadrados; lo que supone más 800 hectáreas o, dicho en metros cuadrados, se sitúa por encima de los ocho millones… Esta millonada implica que, si tomamos la población local, que ronda los cien mil habitantes empadronados, y dejamos aparte los no censados y los que a diario entran en la ciudad a trabajar —y que viven en su área metropolitana, que tiene su verdor en los ayuntamientos limítrofes de Ames, Teo, Boqueixón o Vedra—, los peregrinos y los turistas —que se decantan por las piedras de Santiago, por la tarta de almendra, por un Ribeiro, un Godello o un Rías Baixas y, los menos, por una buena mariscada en la Raiña, el Franco, Bautizados o la Plaza de Abastos—, corresponden unos ochenta metros cuadrados de verde para cada habitante, lo cual no está nada mal. Pero si damos por hecho que ni la mitad de la población los aprovecha, quedan unos doscientos, tirando por lo bajo, para quienes sí los gozamos a la menor ocasión, ya sea para pasear, caminar, correr, pedalear, andar a la pata coja, a cuatro patas o cual cangrejo. De modo que pasear desde el parque do Berce hasta el bosque de Conxo, pasando por las Brañas y el Granell, a orillas del Sar —inspiración de Rosalía— o ya del Sarela, por Galeras, por nombrar los dos ríos entre los que se edificó la ciudad en el siglo IX, subir al Viso, por las inmediaciones del parque del Lago, o a su opuesto occidental, el monte Pedroso, desde el sendero del Sarela, a la altura de Vista Alegre, resultan paseos agradables, tranquilos, en contacto con la naturaleza, pues el dominio de las corrientes, su fluir en armónico sonido y no menos rítmico tránsito visual, así como las sombras de miles de árboles y el canto de las distintas especies aviares proporcionan la sensación de estar fuera de suelo urbano. A estas alturas de deshumanización, plastificación y dominio tecnológico, tal verdor es un lujo. No se trata de parques céntricos como la Alameda, Belvis o Santo Domingo de Bonaval, dignos de visitar y pasear, ni el más reciente bosque de Galicia, en la ladera occidental del Gaias, sino de caminos naturales, protegidos por arboledas, rutas de hasta dieciocho kilómetros por sendas que, sin salir de la ciudad, te transportan fuera de ella y te mantienen fuera de su ruido, de sus olores, de su asfalto, de sus escaparates, del creciente número de automóviles pilotados por imitadores de Vin Diesel... Y si uno se deja llevar, también puede fantasear su pasear fuera de tiempo y de la red que nos atrapa…

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