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Atrapados (1949)


Exiliado en Estados Unidos desde 1941 hasta 1950, Max Ophüls se encontró en Hollywood con un medio artístico-industrial muy distinto al europeo que había dejado atrás. Y como a otros ilustres cineastas emigrados, no le resultó sencillo adaptarse a un entorno donde las películas solían estar controladas por los distintos estudios cinematográficos que las producían. Esto se tradujo en un problema a la hora de encontrar trabajo, y no sería hasta cinco años después de su llegada a Norteamérica, cuando finalmente inició su primer rodaje americano. Sin embargo, las diferencias con Howard Hughes, productor del filme, provocaron que el cineasta abandonase la filmación de Vendetta (Mel Ferrer, 1950). Por fortuna, un año después completó su primer largometraje hollywoodiense, La conquista de un reino (The Exilie, 1947), e inició su breve pero espléndida etapa estadounidense. Sus intereses le llevaron a decantarse por producciones independientes que le permitieran desarrollar temas, más o menos cercanos a sus intenciones creativas, que presentan el protagonismo de personajes femeninos atrapadas entre su ensoñación y la realidad: la magistral Carta de una mujer desconocida (Letter from an Unknown Woman, 1948), la más europea de sus películas norteamericanas, y las menos conocidas Almas desnudas (The Reckless Moment, 1949) y Atrapados (Caught, 1949). Estos dos últimos títulos fueron financiados por productores independientes, contaron con el protagonismo de James Mason, carecen del elegante movimiento de cámara de Ophüls y de sus planos largos —sustituidos por el plano contraplano característico del cine hollywoodiense— y se desarrollan como melodramas psicológicos, cuyos claroscuros los aproxima al cine negro, aunque, más allá de esta apariencia formal, prevalece la figura femenina ophulsiana, la de la mujer soñadora atrapada entre la realidad y la idealización.


Las páginas de la revista de moda que abre 
Atrapados muestra lujosos vestidos, abrigos y joyas que la joven protagonista contempla en el pequeño apartamento que comparte con Maxine (Ruth Brady), con quien también comparte su sueño de felicidad. La máxima aspiración de Leonora (Barbara Bel Geddes) es conseguir un buen matrimonio, idea heredada de la sociedad conservadora y machista en la que se ha criado. <<Siempre creí que mi hija triunfaría>>, declara su madre a la prensa cuando la joven alcanza su propósito y se casa con el millonario interpretado por Robert Ryan. La idea del lujo y del matrimonio llevan a Leonora a invertir su escaso dinero en el curso de modelo de seis semanas en una academia de señoritas, un curso donde la preparan para ser una figura sumisa y decorativa. Para ella no existe otro pensamiento más allá de un matrimonio acomodado y, en este punto, se observa el interés de Ophüls por realizar su crítica social a partir del enfrentamiento entre la fantasía y la realidad a la que accederá su protagonista. Poco después descubrimos a Leonora vestida con un abrigo de pieles, para ella símbolo de la opulencia y bienestar que aún no le pertenecen, al menos, no, todavía, pues solo es la maniquí de la casa de moda donde es invitada a la fiesta de un multimillonario. En ese instante sueña con la felicidad, aquella que solo un príncipe azul puede materializar, pero ha dado su primer paso hacia la conquista de su sueño. El segundo se produce cuando conoce al magnate Smith Olhrig (Robert Ryan), con quien acaba contrayendo matrimonio. Sin embargo, aquello que en un primer momento prometía hacer real la ilusión de la joven se transforma en la prisión de indiferencia, soledad y decepción que la tormentosa personalidad de Smith genera en su entorno, pues el millonario, hombre enfermo de odio hacia sí mismo y hacia todos, desprecia y somete a quienes le rodean porque no ve en ellos a personas, solo observa objetos que ha comprado con su dinero. Cuando Leonora descubre esta realidad, la sensación de estar atrapada (en la soledad y en el rechazo) la ahoga y la obliga huir para empezar una nueva vida. Pero ni su empleo en la consulta de los doctores Hoffman (Frank Ferguson) y Larry Quinada (James Mason), ni su relación afectiva con este último (en quien encuentra a alguien totalmente contrario a Smith), pueden liberarla de los convencionalismos en los que vive atrapada, tampoco del hombre que solo quiere retenerla porque la considera un objeto de su propiedad.

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