Ir al contenido principal

Mamma Roma (1962)


La figura de la madre ha sido una constante en el cine de grandes cineastas, desde John Ford a Luchino Visconti, pasando por Alfred Hitchcock o Pier Paolo Pasolini. Pero en todos ellos se trata de una madre diferente: castradora en el caso de Hitchcock, idealizada en el universo de Visconti o sostén de la tradición familiar para Ford en películas como Cuatro hijos (Four Sons, 1928), Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940) o ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley, 1941). La madre de Pasolini en Mamma Roma (1962) es una mujer receptora de dolor que cobra las facciones de Anna Magnani, también sus gestos y su humanidad. Se trata de una madre que intenta imponerse a su hijo Ettore (Ettore Garofolo) para apartarlo de las miserias humanas que le salen al paso, pues algo sabe Mamma Roma (Magnani) de estas miserias. Ella ha vivido una vida de prostitución a la que se ha dedicado en cuerpo durante treinta años, aunque no en alma, pues esta le pertenece a su vástago, a quien pretende ofrecer la vida aburguesada que ella no tuvo. Ese es su sueño, también su esperanza, sueña y espera alejarse del pasado y crear un presente familiar de bienestar, inexistente en los suburbios de Roma, periféricos, marginales y decadentes como el paisaje humano que se descubre allí donde se mire. Mamma deja la prostitución después de que se case su protector (Franco Citti). Liberada, compra un piso y monta un puesto de frutas y tubérculos en el mercado. De tal manera, ya puede ocultar su pasado a Ettore, llevarlo consigo, adorarle y agasajarlo con dinero o una moto. Como dice Biancofiore (Luisa Loiano), la prostituta a la que pedirá ayuda, Mamma Roma se dejaría crucificar por su hijo adolescente, de hecho, incurre en el chantaje para conseguirle un trabajo que Ettore desperdicia en su constante de vaguear, desorientado por las calles donde se produce su coqueteo con la delincuencia. En su segunda película, Pasolini volvió su mirada hacia la prostitución y hacia los muchachos de la calle, como ya había hecho en Accattone (1961), y de nuevo confirió aspecto descuidado a las imágenes, aunque, en esta ocasión, lo hace en aquellas que presentan el protagonismo del adolescente, en el contacto de este con el espacio donde siente atracción hacia Bruna (Silvana Corsini) o donde entabla amistad con otros ragazzi di vita -título de la primera novela publicada de Pasolini- con quienes se adentra en la delincuencia. Estas imágenes, que semejan neorrealistas, pero que no lo son, contrastan con las del personaje de Magnani tras abandonar su oficio callejero, lo cual vendría a remarcar las diferencias entre el deseo soñado por una mujer que se niega a aceptar su imposibilidad y la realidad mundana que golpea a su hijo. Pero ambos espacios son uno solo, es el espacio de la condena humana y de la degradación social expuesta por un cineasta inclasificable, incómodo para muchos, rechazado por unos y admirado por otros, con un estilo reconocible en su fijación por los rostros, en su viaje a la miseria, en la presencia de la madre o de la iconografía católica que en Mamma Roma se hace más patente en la parte final, cuando Ettore y el cuadro Lamentación sobre Cristo muerto, del pintor Andrea Mategna, se igualan para concluir una película que se desarrolla entre el deseo de una madre marginal, que sufre las consecuencias de su pasado en su presente de anhelo pequeño burgués, y la deriva de ese hijo de la calle a quien pretende guiar hasta la decencia que ella ha idealizado, pero que resulta imposible de alcanzar en la sociedad que les ha tocado vivir.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...