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Nobi (Fuego en la llanura) (1959)



Resulta tan lógico como tajante asegurar que ninguna película bélica (sea o no antibelicista) transmite en su magnitud qué es la guerra, cuáles son sus horrores y qué sentimientos, emociones o sufrimientos generan en quienes las padecen. Pero algunas, como Fuego en la llanura (Nobi, 1959), aproximan, a quienes contemplan sus imágenes y sus historias, la crudeza y la desesperación de una realidad que se trasforma en el infierno donde soldados (y también civiles) como Tamura (Eiji Funakoshi) sufren la condena de verse atrapados entre el hambre y la muerte. Ambas son sus compañeras de viaje. Y allí donde va y allí donde mira, se encuentran presentes. Ya desde las primeras imágenes, los hombres que transitan por los espacios desolados descritos por Kon Ichikawa están condenados a padecer hambre y morir de inanición. En ese instante inicial, el jefe del pelotón abofetea y grita a Tamura. Sus palabras explican la situación por la que atraviesan los japoneses que, sin apenas fuerzas ni esperanzas, todavía luchan en Filipinas en 1945. Faltos de alimentos, de medicinas o de cualquier otro tipo de recurso material y humano, los enfermos se multiplican hasta convertirse en una carga física y moral para las tropas que, aunque sanas, a duras penas pueden continuar batallando.


Nadie desea la presencia de los heridos, ni de sus debilidades, por ello su superior le recrimina que haya vuelto del hospital y le ordena que regrese, y, en el caso de que no lo acepten, se quite la vida con su granada de mano. Sumiso y debilitado, el protagonista de esta cruda historia se encamina hacia el improvisado centro sanitario donde los cuerpos se amontonan sin apenas energía ni vida, con mínimas esperanzas de recuperar ambas. Los encargados del hospital de campaña le recriminan que, pudiendo andar, se haya presentado en el, más que sanatorio, mortuorio. En ese instante, el espectral soldado ni pertenece al mundo de los vivos ni al de los muertos, pero si al de los moribundos que, como él, caminan kilómetros y más kilómetros mientras las últimas fuerzas los abandonan en barrizales donde a cada paso algún cuerpo se desploma para yacer y no volver a levantarse. 
Los hombres han dejado de serlo, en ese entorno desolado se han transformado en seres capaces de cualquier acto con tal de continuar vivos. Nadie siente compasión de los muertos, no pueden sentirla, solo sienten la necesidad de continuar respirando mientras caminan, bajo la lluvia, por lodazales donde las botas agujereadas son sustituidas por el ajado calzado de los cadáveres que han alcanzado el descanso que Tamura se niega a aceptar para sí, porque su instinto de prevalecer cobra fuerza extrema a lo largo de los bosques y de esa llanura en cuyo horizonte observa el humo de las piras prendidas por los campesinos. Vaya a donde vaya, el soldado continúa su deambular acompañado por la amenazante muerte que domina en el exterior y en su interior y por la hambruna que merma su fuerza hasta convertirlo en un cadáver andante.


La cruda exposición de
Ichikawa resulta demoledora durante todo el metraje de este cruel y magistral alegato antibelicista en el que no tiene cabida la poética ni la esperanza de reconstrucción expuestas por el cineasta en la también excepcional El arpa birmana (Biruma no tategoto, 1956), cuyo protagonista deambula solitario por la devastación que pretende enmendar con su sacrificio. Pero Nobi no concede un segundo de paz ni de piedad a su protagonista, pues allí por donde transita la cámara solo se observa la destrucción de los cuerpos y de las almas, algo que Tamura padece en su carne cuando asesina a una mujer porque no puede atenuar sus gritos, alcanzando mayor grado de horror en la parte final de la película, cuando se produce su reencuentro con Yasuda (Osamu Takizawa) y Nagamatsu (Mickey Curtis). En ese instante, el protagonista ha perdido su poca lucidez inicial, aún así comprende que la carne de mono que Nagamatsu caza es de otro tipo de animal, uno semejante a él mismo, puesto que, en el infierno del que no pueden escapar, todo y nada vale para poder sobrevivir.

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