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La señora Miniver (1942)


El bombardeo japonés a Pearl Harbor la mañana del 7 de diciembre de 1941 conllevó la inmediata movilización de millones de jóvenes estadounidenses que no tardarían en ser enviados al Pacífico, a Europa y África para luchar en una guerra que hasta aquel fatídico amanecer dominical parecía ajena a una sociedad en la que hijos, padres, maridos, novios y hermanos abandonaron sus hogares y sus puestos de trabajo. Ante esta circunstancia, hijas, madres, esposas, novias y hermanas asumieron la responsabilidad de ocupar parte de las vacantes de quienes partían hacia el frente. De ese modo las mujeres estadounidenses se convirtieron en parte fundamental del esfuerzo bélico, aunque desde la seguridad de encontrarse en un país donde ni las bombas ni la amenaza de un invasión enemiga formaban parte de su día a día, como sí ocurría con la cotidianidad de las británicas. Aunque ficticia, una de aquellas heroínas inglesas fue la protagonista de la última película de William Wyler antes de abandonar la comodidad de Hollywood para alistarse en el ejército y embarcar rumbo a Europa, donde realizaría el documental The Memphis Belle: A Story of a Flying Fortress (1944). Lejos de los estudios cinematográficos el cineasta tuvo noticia de que La señora Miniver (Mrs. Miniver, 1942) le había proporcionado su primer Oscar al mejor director, pero me parece más interesante comentar que esta película abría el periplo bélico que Wyler cerraría con la magistral Los mejores años de nuestra vida (The Best Years of Our Lifes, 1946), su primer film tras el conflicto y su segunda estatuilla. De tal manera podría decir que La señora Miniver, sus documentales bélicos (Memphis Belle o Thunderbolt) y Los mejores años de nuestra vida retratan el sentir del cineasta hacia la guerra. En el primer caso el conflicto se expone desde quienes se quedan -él todavía estaba en Hollywood-, el segundo en primera persona -volaba con su cámara en el bombardero que dio pie a su documento bélico más famoso- y el tercero desde quienes, como el propio 
Wyler, regresan heridos (física y/o espiritualmente) a un hogar al que les cuesta adaptarse tras sus duras e intensas experiencias en el frente. Por lo tanto la evolución de las películas es acorde a su sentir y a sus vivencias personales y, como consecuencia, La señora Miniver denota una intención propagandística (la de concienciar al hombre y a la mujer libre de que se trata de una guerra que todos deben librar) que se diluye a medida que rueda sus posteriores filmes, en los cuales ya se habría producido su contacto con la guerra. Desde la distancia que implica su estancia en Hollywood, el realizador siente que debe contribuir de algún modo, por ello se decanta por realizar una película que le permita mostrar los peligros de los totalitarismos que se individualizan en la figura de un piloto alemán (Helmut Dantine) en suelo británico, dejando que sea la familia protagonista la que transmita al público el significado de ese tiempo de bombardeos, miedo, concienciación, dolor, destrucción e incertidumbre. La primera secuencia muestra a una mujer cuyo mayor problema es comprar o no un sombrero que escapa a su presupuesto. Lo mismo sucede con su marido, el señor Miniver (Walter Pidgeon), quien pretende ocultar el precio del coche que acaba de adquirir. Ambas circunstancias permiten el acceso a la cotidianidad de un matrimonio de clase media alta que no se plantea la amenaza que se cierne sobre ellos, sobre Inglaterra y sobre medio mundo. La imagen amable de la señora Miniver (Greer Garson) se reafirma cuando Ballard (Henry Travers) bautiza su rosa con el nombre de la mujer, lo cual no presagia la imagen de la sufrida luchadora que al estallar la guerra se resigna a ver partir a su primogénito (Richard Ney) o a esperar el regreso de su marido, que navega en su embarcación civil rumbo a Dunkerque, donde debe ayudar a evacuar a los miles de soldados británicos y franceses obligados por el enemigo a abandonar el continente. Pero Miniver sobrevive a cuanto le sucede -las ausencias de los seres queridos, su careo con el enemigo, los bombardeos nocturnos, el miedo a la muerte de su hijo o el ser testigo del fallecimiento de Carol (Teresa Wright)-, quizá porque ella es como la rosa de Inglaterra, de los países libres, una flor que no se marchita y prevalece por encima de la sinrazón del totalitarismo que continuaba dominando Europa cuando se estrenó La señora Miniver, un film cuyo mensaje -en voz de ese vicario (Henry Wilcoxon) que desde el púlpito anuncia el inicio de la guerra y, meses después, afirma que se trata de una guerra de todos- no deja lugar a dudas de por qué Wyler cambió la seguridad de su silla de director por la certeza de querer ser uno de aquellos hijos, padres, maridos... que partieron hacia el frente con la incertidumbre de saber si iban a regresar.

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