lunes, 20 de junio de 2011

Con la muerte en los talones (1959)

Un falso culpable, con el rostro de Cary Grant, acepta su desventura desde una espera en movimiento. Este personaje, Roger Thornhill, se ve inmerso en una trama que no comprende y que pone su vida en peligro. Es una persona normal, un publicista, que se encuentra, sin quererlo, inmerso en una situación anormal que se inicia cuando es confundido con un tal Kaplan, ¿quien es este hombre? Esa pregunta es la que lleva a este espécimen en peligro de extinción a una búsqueda desesperada que le traslada desde Nueva York al monte Rushmore, en el estado de Dakota del Sur, pero no sin antes pasar por una serie de situaciones que parecen confirmar la no existencia de ese misterioso individuo. Thornhill espera encontrar al hombre desconocido para que le explique y le libre de un crimen que no ha cometido en la sede de las Naciones Unidas, por el cual es perseguido por la policía, pero éste es su menor problema, ya que Vandamm (James Mason) y sus secuaces le pisan los talones. Su espera se presenta en varias escenas memorables, que han pasado a la mitología del cine, de entre las que destaca una larga estancia en el arcén de una carretera, que transcurre por tierra de nadie, donde se encuentra con un hombre que podría ser aquel con quien se ha citado, el escurridizo Kaplan. Sin embargo, no lo es, se trata de un personaje anónimo que aguarda el autobús, mientras observa como una avioneta fumiga allí donde no hay cosechas, sospechoso, ¿no?. Thornhill se vuelve, mira hacia donde ha señalado el desconocido y descubre un objeto lejano que poco a poco se acerca. Está sólo, el autobús se ha ido, la avioneta se acerca más y más, duda, teme y finalmente comprende. Echa a correr, temeroso por una vida que poco vale, y mucho menos si su perseguidor aéreo le alcanza. Esta genial escena resulta una de las grandes cimas del cine de suspense, no obstante, Con la muerte en los talones (North by Northwest) está plagada de ellas. La espera de Thornhill en la subasta de cuadros, es otra buena muestra. No encuentra salida, su única oportunidad se basa en una serie de intervenciones impertinentes, con las que pretende enviar una señal de auxilio a esa policía de la que huye, y que podría salvarlo de una muerte segura a manos de los hombres que le acechan. Esta genial escena se desarrolla con un humor pocas veces experimentado en el cine de suspense de Alfred Hitchcock, pero no es la única muestra de desenfado de este personaje, cuya actitud convierte el film en el menos asfixiante de su etapa americana. Con la muerte en los talones recoge todas las características del cine de su autor (que guarda ciertos parecidos con su mejor producción británica, Los 39 escalones) y que muestra como este falso culpable acepta, con una perspectiva menos angustiosa, su fatalidad. Thornhill pretende descubrir su situación y para ello se basa en su irónica postura ante el desastre que se cierne sobre él. Un hombre que continúa esperando conocer la identidad de alguien que supuestamente es más bajo que él, tiene caspa y que ha hecho enfadar a un grupo de espías que no parará hasta cazarle. Su espera también se desarrolla en un tren donde conoce a una joven, Eva Kendall (Eva Marie Saint), rubia, ¿de qué color iba a ser si no su cabello?, quien semeja querer ayudarle y de quien Thornhill se prenda, de nuevo un amor imposibilitado por un Hitchcock que gustaba de poner trabas a sus parejas de amantes. La mujer, no es lo que parece ser, casi nadie lo es y quienes si lo son, desconocen que son engañados. Con la muerte en los talones es una lección magistral del suspense, de rapidez narrativa, del buen uso de la acción en favor del relato y una verdadera obra maestra. La genialidad de su director le permitió manejar con pulso firme los hechos que desarrolla un guión sin desperdicio, escrito por Ernest Lehman, que ya desde su inicio no permite ni un minuto de respiro, ni al héroe, que sólo espera librarse de una situación atípica, peligrosa e indeseable, ni al espectador que acompaña a Thornhill  en su viaje de Norte a Noroeste. Una madre que duda de las aptitudes de su hijo, una rubia que capta su atención, un falso culpable, la policía que se convierte en una amenaza, el suspense, un tren, … y muchas otras de las características del cine de Alfred Hitchcok se juntan en esta película visualmente perfecta, ágil, siempre moderna y magistral, que invita al espectador acompañar a Thornhill durante su trepidante espera en movimiento.

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