domingo, 29 de mayo de 2011

Por un puñado de dólares (1964)


Su padre, Vincenzo Leone, prestigioso realizador italiano de la época muda, fue el responsable del primer western rodado en Italia. La vampira indiana (1913) también contó con el protagonismo de su madre, la actriz Bice Valerian. Pero, más que viendo los films de sus progenitores, la infancia y la adolescencia de Sergio Leone estuvo influenciada por las películas hollywoodienses que se convirtieron en su pasión infantil. Aquellas producciones le permitían la ensoñación de vivir aventuras o de trasladarse al oeste evocado por John Ford en La diligencia (The Stagecoach; 1939) o Howard Hawks en Río Rojo (Red River, 1948). Su admiración por el cine estadounidense, sobre todo hacia aquel género genuino de Hollywood, fue confirmada en múltiples declaraciones y a lo largo de su breve filmografía. Cinco de sus siete títulos acreditados como director son westerns, aunque estos poco o nada tienen que ver con los rodados en Estados Unidos antes de su irrupción en el género con Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari). Pero, más allá de su inesperado éxito comercial (del que su responsable no obtuvo beneficios), la importancia de este título reside en su ruptura con los cánones del género al que se adscribe, ya que el cineasta italiano rehuyó del clasicismo para ofrecer un nuevo enfoque, sucio, mestizo y violento, que sentaba las bases del spaguetti western, e influiría en posteriores producciones filmadas en la meca del cine. Encuadres que muestran en un mismo plano el arma que se dispara y el hombre que cae abatido, primerísimos primeros planos de los rostros y de los ojos de personajes sudorosos antes de los duelos, el paisaje almeriense haciendo las veces de los escenarios americanos (en su mayoría mexicanos), la música que suena hasta que se produce el silencio que da paso a los enfrentamientos de los que siempre sale airoso ese hombre sin nombre que luce barba de varios días y viste poncho, chaleco de ante, vaquero ajustado y botas marrones. Estas y otras características que se dejan ver a lo largo del metraje son definitorias de un estilo que Leone iría perfeccionando con cada entrega de su famosa trilogía del dolar. Su (anti)héroe silencioso y letal, que tiene como motor existencial el dinero, había sido pensado para que fuera interpretado por Henry Fonda, pero el agente del actor no consideró necesario molestar a su cliente con un guión que desechó, un desliz que Fonda enmendaría cuatro años después al asumir el protagonismo de Hasta que llegó su hora (C'era una volta il west, 1968). Ante esta negativa, Leone barajó los nombres de James Coburn y Charles Bronson, aunque tampoco pudo contar con ellos (lo haría más adelante). Así pues, con el escaso presupuesto que había reunido y con el tiempo apremiando, aceptó contratar a un joven de quien no había oído hablar, y cuyo currículum se reducía a roles secundarios y a su participación en la serie televisiva Rawhide. La presentación en la pantalla de Clint Eastwood sobre un penco llegando al pueblo, donde su primera reacción es desentenderse de los disparos con los que Chico amenaza a un niño, marca el inicio de un mito del western, distante de aquellos interpretados por John Wayne, James Stewart o Randolph Scott a las órdenes de los legendarios John Ford, Anthony Mann y Budd Boetticher y cercano en intenciones a los mercenarios de Veracruz (Robert Aldrich, 1954). Otro encuentro afortunado e inesperado para el realizador se produjo cuando fue a visitar al compositor que los productores habían elegido para que se encargara de la partitura. Al igual que Eastwood, tampoco el músico entraba en los planes del realizador, pero aquel encuentro le deparó la reunión con un antiguo compañero de colegio, aunque en un primer momento el realizador no reconoció a Ennio Morricone, que desde aquel momento se convirtió en el artífice de todas las partituras que personalizaban y engrandecían las imágenes de los films de Sergio Leone. Después de su rodaje, complicado debido a las estrecheces del presupuesto, el film se estrenó sin que nadie hubiera caído en la cuenta de que había que pagar por los derechos de autor, ya que su originalidad quedaba en entredicho al tratarse de una traslación al oeste de la historia con la que Akira Kurosawa había dado forma a su magistral Yojimbo. Este hecho acarreó problemas legales a Leone, aún así, a pesar de las evidentes similitudes, su película ofrecía una visión que se alejaba de la ideada por Kurosawa. Y, tras la intervención de los abogados, ambas partes llegaron a un acuerdo que cedía al cineasta japonés los derechos de distribución del film en Japón, Corea del Sur y Taiwan más un porcentaje de la recaudación final. Todas estas circunstancias forman parte de la historia del primer film de la famosa trilogía protagonizada por ese pistolero sin nombre, pero con el rostro de Clint Eastwood, que llega a un pueblo dividido entre los Baxter, traficantes de armas, y los Rojo, de alcohol. Allí ve su oportunidad de enriquecerse a costa de la ambición de los clanes, de modo que no duda en mostrar su destreza con las armas y ofrecer sus servicios al mejor postor. No obstante el extraño tiene una intención distinta y más peligrosa, que puede reportarle un sustancioso beneficio si logra llevarla a cabo. Para el forastero, el pueblo representa un oeste salvaje donde la única ley es la del más fuerte, no hay sitio para quienes no sepan manejar el revólver, solo los hombres como él pueden sobrevivir, porque ellos prescinden de emociones, solo en un momento puntual se puede ver más allá de la impasibilidad de su mirada y de su comportamiento. Esto no quiere decir que el personaje de Eastwood no posea características positivas, sino que estas no son las de un héroe típico, porque se trata de otro tipo de héroe, uno que se mueve por los intereses económicos y lo asume sin el menor reparo, como también asume que tendrá que enfrentarse con su antagonista (Gian Maria Volonté), a quien se presenta en la orilla de río Grande o río Bravo (según el lado desde donde se mire) mientras el pistolero lo observa presentando sus credenciales de villano y la ambición por el dinero común a los personajes de la trilogía de Leone.

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