Ir al contenido principal

Charulata. La esposa solitaria (1964)


Cada semana, las plataformas estrenan cientos de películas que se igualan en el desinterés que generan en un público mínimamente exigente, aquel que busque algo más que imagen, ruido, repetición, estereotipo. Hoy vende un cine carente de humanismo y de emociones veraces. No se engañen, antes también. Esto no quiere decir que no exista o no existiera, ni que no se haga ni se hiciera, solo que ahora hay que buscarlo en los márgenes, o en sitios especializados, cuando antes, aunque a cuenta gotas, se colaban dentro del sistema industrial: Victor Sjöström, Charles Chaplin, Frank Borzage, King Vidor, John Ford, Jean Renoir, Akira Kurosawa y tantos otros exhibían sus películas y campaban a sus anchas en las mejores salas de cine. Tal vez siempre fuese así, aunque ahora a cualquier cosa comercial que parezca salirse de la norma se la considere una obra maestra, que son las menos y muchas de las consideradas como tal, lo son por su popularidad y no por su calidad. En todo caso, el tipo de cine, veraz, emocional y humano que me llama, sucede en la obra cinematográfica de realizadores como los arriba nombrados y otros como Max Ophüls, Yasujiro Ozu, Preston Sturges, Roberto Rossellini, Vittorio De Sica y Cesare Zavattini, Jacques Tati, Marco Ferreri, Berlanga o Satyajit Ray, en cuyas películas se equilibra cine, sentimiento, humanidad, sensibilidad, poesía, contemplación, musicalidad al tiempo que nos acerca a una cultura lejana para nosotros (para él, cercana), a menudo ignorada y desconocida fuera de la India. Puede sonar presuntuoso decir esto acerca de Ray, pero basta ver sus películas para encontrar en ellas algo más que cultura india o un estilo cinematográfico reconocible en el que la música juega un papel principal. Se encuentran en ella sus influencias, las autóctonas (Tagore) y las foráneas (Beethoven, Chejov, Renoir u Ozu), su talento y, sobre todo, su visión, interpretación y sentir su mundo, aquel que conoce y desvela en la pantalla en la que se proyecten, por ejemplo, La canción del camino (Pather Panchali, 1955), El salón de música (Jalsaghar, 1958), La diosa (Devi, 1960) o Charulata (1964). Basada en el relato Nastaneer de Rabindranath Tagore, una de las grandes influencias de Ray, Charulata apenas habla, contempla, aunque exprese magistralmente el sentir y el ambiente de su protagonista: la mujer invisible —esto queda claro al inicio, en su relación marital—, la heroína ninguneada por la sociedad india, la solo vista y atendida cuando son de otros las necesidades a atender o las ideas a desarrollar. ¿Qué vida es la suya, si es que le pertenece? ¿Qué significa ser mujer y esposa en un mundo todavía anclado en la tradición? ¿Y sus necesidades y sus deseos? Acaso ¿sus sueños y sus sentimientos no cuentan? Ray lo muestra en este exquisito y sensible drama en el que ella se encuentra atrapada entre su marido y Amal, a quien el primero encarga que la guíe hacia la literatura, porque cree ver en ella posibilidades, mas le dice que ella no se dé cuenta, lo que ya apunta la situación femenina dentro de la sociedad india, una sociedad basada ya no en la desigualdad de la mujer y el hombre, sino también en la de castas. Si no el primero, Ray fue de los primeros cineasta indios en expresar en la pantalla la situación de la mujer y de apostar por su emancipación. Ya lo había hecho en La gran ciudad (Mahanagar, 1963) y volvía a hacerlo en este drama en el que su protagonista se enamora del joven con quien comparte su arte y su tiempo…



Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...