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Disparando a perros (2005)


Ya nadie recuerda ni la primera guerra, ni la primera invasión, ni colonización, ni el primer genocidio prehistórico ni tampoco los que abren el periodo histórico. Incluso se han olvidado los que siguieron al de los campos de exterminio nazis, donde, sobre todo, se asesinaron a judíos y gitanos. Pero la muerte de pueblos ha continuado a lo largo del siglo XX hasta la actualidad. Nada hemos aprendido, el miedo de unos, el odio de otros, la presbicia general y los intereses económicos siguen gobernando. Las víctimas se han convertido en verdugos, aunque, tal como enseña la historia, no puede descartarse que lo que hoy es de un modo mañana sea de otro. Las causas se gestan mucho antes del crimen, pues este, salvo en caliente, se programa y se aguarda el momento para su ejecución, tal como sucedió en la masacre del pueblo armenio llevada a cabo por los otomanos, en las purgas estalinistas, en la Solución Final nazi, en la revolución cultural de Mao, en la sanguinaria política de los jémeres rojos de Pol Pot en Camboya, la del dictador indonesio Suharto en Timor Oriental o la de la mayoría hutu (casta de agricultores) sobre la minoría tutsi (casta aristocrática) en Ruanda. Cuando llega ese momento se genera tal desinformación que apenas se comprende más allá de las noticias que, verdades a medias, alteradas por unos y otros, llegan adonde nadie corre el menor riesgo ni ve peligrar su comodidad…

No es una cuestión de lados, ni de buenos ni malos, aunque haya criminales en ambos extremos. Es una cuestión de vidas; y si no pienso a corto plazo, diría que tanto amigos como enemigos, también quienes sienten que no les afecta, son intercambiables según la perspectiva individual (la mayoría de las veces condicionada por la ignorancia, el miedo y el fanatismo), del momento y de la mirada histórica (hoy toca ser bueno, mañana malo), del poder establecido (el que crea las leyes y genera la imagen aceptada) y de la postura asumida por quienes juzgan y por las minorías que mandan. Salvo las víctimas, cuyo destino lo marcan otros, el resto lo hacen partiendo de sus intereses, sean los contendientes, los propagandistas o quienes se encuentran lejos del lugar donde estalla un conflicto y sentencian esto o aquello, como si su palabra abarcase la verdad absoluta. Parecen olvidar que los conflictos se encuentran latentes, a la espera que salte la chispa que los haga estallar. Derivan de otros anteriores, de cuestiones sin resolver o de nuevas que añadir a las previas. Del mismo enfrentamiento que se prolonga sin aparente resolución. Por ejemplo, en la actualidad, la devastadora invasión israelí de Gaza deviene de un conflicto que, ya anterior, se recrudece tras la partición británica de 1948 —los británicos controlaban la zona desde la Gran Guerra, con anterioridad en poder del Imperio Otomano— y que se prolonga sangriento y sin aparente solución hasta nuestros días. La guerra entre Rusia y Ucrania viene de la del Dombás que se inicia en 2014, incluso de antes, y se reactiva en 2022 por la invasión rusa de la Ucrania oriental. La guerra civil en Siria, cuya duración supera la década, solo es otro ejemplo que añadir; igual que lo son los diferentes conflictos en Sudán, Etiopía, el Sáhara Occidental, el África Subsahariana, Yemen, Papúa, Filipinas… o la guerra fría entre la India y Pakistán, las dos Coreas o China y Taiwán.

Las víctimas se multiplican, los cadáveres se acumulan y los miles de desplazados aumentan en el mundo sin que nada presagie que llegará un día en el que los humanos no sean ni víctimas ni verdugos de otros humanos. Los llamados conflictos regionales no suelen ser conocidos porque no son mediáticos; es decir, no afectan a nivel mundial porque no afectan al “primer mundo” y sin embargo están ahí. Se cobran miles de vidas. A la opinión del primer mundo le interesa los que de algún modo le afectan. Los otros le resultan indiferentes, como si no existiesen, tal como sucedió en Ruanda en 1994, cuando la minoría tutsi, tras el abandono del país por parte de las fuerzas de la ONU, se vio masacrada por la mayoría hutu. No era la primera matanza en suelo ruandés, pero sí la más sangrienta. ¿Era parte de una venganza, por ser secularmente siervos en un país de castas? ¿O todo se torció con la llegada del colonialismo europeo y con el carné étnico impuesto por los belgas, un carné que transformaba la cuestión de castas en una racial? La partida de los cascos azules dio vía libre a esa masacre que Michael Caton Jones expone hacia el final de Disparando a perros (Shooting Dogs, 2005), una película cuya práctica totalidad se desarrolla en el instante previo a la matanza, cuando Joe Connor (Hugh Dancy) llega al lugar y descubre una realidad que no se corresponde con los titulares, ni con las imágenes de los televisores del primer mundo, ni con la idea de ayuda humanitaria que se habría hecho en la distancia, donde lo ideal se impone. Sin embargo, sobre el terreno, la realidad manda y esta resulta hiriente, incluso criminal… Por desgracia y para nuestro sonrojo, existen muchos conflictos históricos, pasados y actuales, entre los que elegir para mostrarlos en la pantalla y señalar crímenes y abusos, pero Caton-Jones escoge el sucedido en este país africano en 1994, el mismo que eligió Terry George para su Hotel Rwanda (2004), en la que también habla de este conflicto sangriento, uno de los más sangrientos de la segunda mitad del siglo XX; prácticamente medio siglo de conflicto, desde 1959 hasta la década de 1990.

A lo largo de la película, Caton Jones expone el tramo final de la gestación de un genocidio —se calcula que entre abril y julio de 1994 fueron asesinados entre medio millón y un millón de tutsi— y de como la comunidad internacional decide salir del país, aun consciente de lo que esto implica: dar vía libre a la mayoría hutu. Con el abandono de las fuerzas de la ONU es cuestión de tiempo que se produzcan los ataques que el padre Christopher (John Hurt) y Joe Connor saben qué sucederán en cuanto los soldados belgas abandonen el país. Pero, aunque son conscientes del peligro de quedarse, ambos permanecen allí, tal vez porque sepan que parte lo que va a suceder tiene su origen mucho tiempo atrás, cuando las grandes potencias europeas decidieron repartirse el continente africano y hacer y deshacer según les conviniese, sobre todo Francia y Reino Unido, sin olvidar Bélgica y su política en sus colonias. Pero en Ruanda, que se independizó en 1962, los belgas, para retardar precisamente esa independencia, empezó a apoyar a los hutus y lanzarlos contra los tutsi, que eran quienes abogaban por liberarse del colonialismo. Así se invirtió el orden de castas de aquel pequeño país montañoso sin materias primas que los europeos codiciasen. Así que el orden de la minoría tutsi, cambió por el de la mayoría hutu que en 1959, décadas antes del presente que se expone en Disparando a perros, da rienda suelta a su revolución y, con ella, a una venganza sangrienta a tantos siglos de explotación, dando inicio a una serie de masacres entre tutsis y hutus (en Ruanda y Burundi) que se extendieron durante las décadas siguientes hasta que, intervención francesa de por medio (1990), en 1994 se abrieron las puertas del infierno...

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