Ir al contenido principal

La llave (1959)

Hasta la fecha, la novela Kagi, de Jun’ichirô Tanazaki, ha sido llevada a la pantalla en siete ocasiones, siendo la primera la realizada por Kon Ichikawa en 1959, el mismo año que estrenó el magistral bélico Fuego en la llanura (Nobi, 1959). Bélico por decirlo de algún modo, o por encajarlo en algún género cinematográfico, pero que escapa al encasillamiento genérico, ya que igual funciona como tragedia, terror, denuncia o drama. Como la de tantos grandes, la obra fílmica de Ichikawa escapa a las delimitaciones y ubicaciones simples, no se adapta a zonas comunes, pues la suya es la obra de un cineasta ecléctico que no se limita. Recorre diferentes márgenes sin marcarse más límites que sus personajes, sus personalidades, sus situaciones, sus condicionantes psicológicos, sus actos, sus deseos y sus obsesiones. Finalmente, lo que determina el conjunto es la mirada del cineasta, humanista, valiente, también irónica. Así, muchas de sus películas podrían considerarse un estudio o un acercamiento, más bien, al comportamiento humano.

Por ejemplo, en La llave (Kagi, 1959), Ichikawa lograba una película enfermiza, obsesiva, a imagen de sus protagonistas, pero más que trágica resulta negra, más que dramática, irónica y no exenta de crítica (compañera natural de la ironía); de un humor negro que resalta al final del film. Mientras tanto, Ichikawa aborda la impotencia sexual de Kenji (Ganjirô Nakamura), el envejecimiento, la imposibilidad de detener su avance, la obsesión/deseo de revertir sus desgastes, y el deseo sexual de Ikuko (Machiko Kyô), su mujer, que también anhela, en su caso en silencio. Ella desea liberarse del hombre al que se somete, condicionada por la tradición que se descubre en su imagen (ropa, peinado, maquillaje) y en su postura sumisa respecto a ese marido que quiere de ella que la sirva, sobre todo sexualmente, aunque él ya no siente el ardor vital y pasional que pretende recuperar primero a base de inyecciones de vitaminas y después sintiendo celos; por eso actúa, para convertir a su mujer en el objeto de deseo de Kimura (Tatsuya Nakadai), su futuro yerno.

Ichikawa muestra el rol sumiso de la mujer, Ikuka, en un matrimonio con un hombre mayor que ella, un hombre a quien, en silencio, no soporta pero aguanta. Para Kenji ella es un objeto que puede frenar el tiempo, despertar sensaciones que agonizan, piensa que los celos puede rejuvenecerle. Por ese motivo idea los momentos en los que pone a Kimura en situaciones de compromiso y de elevada carga sexual: cuando le pide que le ayude a llevar a su cuarto a su mujer desnuda o cuando le entrega los negativos y le pide que los revele, consciente de que el joven descubrirá en ellos a Ikuko en posturas que posiblemente le resulten excitantes y/o perturbadoras. Así, el marido pervierte su entorno para intentar aferrarse a sus últimas fuerzas sexuales, mientras su mujer disfruta en silencio el ser objeto de deseo de quien va a ser su yerno. Y este sucumbe ante la pasión que ella le despierta; pasión que no siente por Toshiko (Junko Kanô), la hija del matrimonio y novia de Kimura. Aunque La llave es la historia de cuatro personajes, el de Ikuko resulta ser el centro de atención; ella es quien va ganado importancia, a medida que la historia se adentra en la claustrofóbica morada del matrimonio, y de Toshiko, donde les visita el joven doctor que al inicio del film se dirige al público, rompiendo de ese modo el espacio que separa cine y realidad. Lo hace para señalar que también quien mira está envejeciendo en ese instante. Es un instante de humor negro, uno que apunta lo que a veces intentamos olvidar o evitar, como hace Kenji. Nadie se libra; no hay medio de detener los desgastes temporales ni de revertir sus efectos, que son numerados por ese mismo personaje instantes antes de introducir la historia que se verá durante el resto del film, una historia de la que también él es protagonista y víctima…



Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...