miércoles, 17 de mayo de 2023

La tormenta perfecta (2000)

El cine de Hollywood fabrica héroes en cualquier situación, incluso puede crear una atmósfera de épica alrededor de un trabajo cotidiano, labor no exenta de riesgos y desarrollada lejos de casa, como sería la pesca de altura (y también la de bajura) que magistralmente detalla Ignacio Aldecoa en su novela Gran Sol. Pero La tormenta perfecta (The Perfect Storm, 2000) no pretende explicar la vida a bordo de un barco de pesca, aunque apunte mínimamente la rutina laboral, lo suyo va de otra cosa: mostrar la lucha por la vida frente a la naturaleza desatada. Partiendo de lo escrito por Sebastian Junger en el libro homónimo, La tormenta perfecta se sitúa en 1991, en Gloucester, Massachussets, a la llegada del barco capitaneado por Billy Thyne (George Clooney), cuyas últimas salidas a los grandes bancos no han sido lo productivas que se esperaba. Por eso, y porque solo en el mar parece sentirse en su medio, decide regresar a la faena apenas puestos los pies en tierra. Lo justo para que Wolfgang Petersen humanice a los tripulantes y establezca sus relaciones personales o la ausencia de las mismas en Bugsy (John Hawkes), quien se queja de su suerte con las mujeres. Establecido el tono emocional, sobre todo en la relación matrimonial entre Bobby (Mark Walhberg) y Chris (Diane Lane) y la paterno-filial de Murph (John C. Reilly) y su hijo, Petersen intenta generar una sensación de épica emotiva aprovechando la banda sonora que acompaña a los marineros en su regreso al mar, dos días después de arribar a ese puerto donde había establecido, aparte de los vínculos familiares, la sensación de que cada salida es un posible viaje sin retorno. Tal es como quiere exponerlo el film porque esa es la historia a contar, y una de las realidades extremas del oficio. Al igual que el libro de Junger, que encontró sus fuentes en las comunicaciones radiofónicas, en testimonios y en documentos, La tormenta perfecta divide su interés en varios frentes: la tormenta, los tripulantes del Andrea Gail, desaparecidos a unos ochocientos kilómetros de Gloucester, los miembros de un barco de recreo y los tripulantes del helicóptero de rescate.


La mar se ha cobrado numerosas víctimas, incontables, pero ese pueblo pesquero recuerda a sus náufragos en los nombres y años que asoman en los primeros instantes de la película , cuya épica no reside en una batalla ni en una proeza que cambie en curso de la Historia o haga Historia. Esa no es su épica, la de La tormenta perfecta es la del individuo contra los elementos, su lucha por la supervivencia en una naturaleza desatada en ferocidad. El enfrentamiento a la tempestad introduce momentos en los que prima lo espectacular sobre lo humano, quiero decir que prima la tecnología, la cual, obviamente, es parte del cine. Son las secuencias contra la inclemencia marina que se desata cuando tres frentes coinciden sobre el barco capitaneado por Bill, cuyos discursos, tipo <<ha llegado el momento de la verdad>>, antes de iniciar la pesca, apuntan más hacia un Braveheart que hacia un veterano pescador profesional que ha vivido incontables horas como esas. Pero Petersen no olvida a sus marineros, si bien el trabajo ocupa un lugar secundario en sus prioridades narrativas, prima la profesionalidad hawksiana de sus protagonistas: un grupo de hombres entregados a un trabajo que les aísla y les exige, pero también que crea lazos y les une en la dificultad, y a la esperanza a la que se aferran cuando ya apenas queda. Es ahí, en su lucha y en su colaboración donde el cineasta alemán insiste para crear a sus héroes, a quienes al inicio, durante la estancia en puerto, humaniza para que su desesperada lucha final sea más emotiva y tal vez gloriosa…



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