Ir al contenido principal

Ebro, de la cuna a la batalla (2016)


Alguien dijo que aburrir en cine es pecado, no sabría qué decir al respecto, salvo que dudo del pecado, y dudo que todos nos aburramos igual. Personalmente, me aburro a mi manera y nunca he masticado el aburrimiento de otro mortal. El efectismo, la repetición, el ruido, un acabado bonito, pero hueco o lleno de “buenas intenciones”, me dejan indiferente. Y esa indiferencia suele presentarse a los pocos minutos de metraje de una película que pretende, al menos en apariencia, acercar al público la vida (cinematográfica) en las trincheras. Las situaciones se repiten de un film a otro, pero en pocos casos se llega a captar el ambiente que condiciona los estados emocionales de quienes lo viven y lo desvelan en comportamientos y pensamientos —algo que sí creo lograron Pabst, Wellman, Ichikawa, Monicelli o Coppola—. Y ese todo envolvente, donde lo propio y lo ajeno se confunden igual que la razón y la sinrazón, que habita dentro y fuera de los soldados en el frente es determinante para la verosimilitud de lo expuesto en la pantalla. Eso no lo encuentro en films de pirotecnia de videojuego tal 1917 (Sam Mendes, 2019) o de los que buscan desesperadamente remarcar su postura y una grandeza emocional que resulta de menor tamaño, cual Sin novedad en el frente (Im Westen nichts Neues, Edward Berger, 2022); tampoco en la televisiva Ebro, de la cuna a la batalla (Román Parrado, 2016), que es un bélico de buen acabado, pero… La escena en la que las tropas del Ejército Popular cruzan el río Ebro en barcas bebe sin disimulo del desembarco filmado por Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan (Saving Prívate Ryan, 1998). A todas luces un momento de impacto y estruendo cinematográfico que llamó la atención tanto a cineastas, un veterano como Ridley Scott no lo disimula en su Robin Hood (2010), como al público, entre el que se encuentran los futuros cineastas, guionistas y demás profesionales del cine. De modo que no se trata de algo inusual descubrir influencias de aquel desembarco, como tampoco considero exagerado decir que el cine bélico posterior se ha visto condicionado por el film de Spielberg, pues, la mayoría de películas del género, busca y prima espectáculo, el efecto e impacto en los momentos de batalla —cierto que antes ya se buscaban, quizá a partir de El día más largo (The Longest Day, 1962)—, aunque los disfrace de intenciones transcendentes, a la reflexión y contemplación que, por ejemplo, Terrence Malick exhibe en todo momento de La delgada línea roja (The Red Thin Line, 1998).



Por otra parte, están los despachos donde los políticos mantienen su propia batalla, un ejemplo reciente e internacionalmente exitoso, y posterior a Ebro, de la cuna a la batalla, podría ser la “guerra” de Churchill en La hora más oscura (Darknest Hour, Joe Wright, 2017). Esa guerra lejos del frente también necesita las diferentes tonalidades, tanto exteriores como interiores, del personaje y de su entorno. En el caso del film de Román Parrado se trata de Manuel Azaña (Manuel Morón), el último presidente de la República, cuya figura cinematográfica había asomado con anterioridad en la pantalla, sin ir más lejos en el film de Santiago San Miguel Azaña, cuatro días de julio (2008). Parrado se limita a mostrar la imagen del conflicto humano que anida en Azaña, pero dudo que profundice en él, ni siquiera en su personalidad intelectual y política, siendo el autor de La velada en Benicarló más de lo primero que de lo segundo. En todo caso, es un hombre que sufre aislamiento y soledad, la del derrotado, que no del mando, pues apenas manda desde el día del alzamiento militar allá por el 16 de julio de 1936, cuando uno de los sublevados se adelantó en la ejecución del plan. Han pasado casi dos años desde entonces, y la herida de Azaña, el “último” republicano, el político burgués, el liberal que se ha visto entre dos fuegos, el rebelde y el revolucionario, se ha ensanchado. El presidente se desangra al comprender que todo está perdido, que España sufre, que el sueño de España muere, sea cual sea el resultado de la guerra.



Ambientada durante el segundo año del conflicto español, pero también internacional, en Ebro, de la cuna a la batalla el último presidente de la República es centro de atención de uno de los dos escenarios principales escogidos por Parrado y el guionista Eduard Sola para hablar de aquellos días del 38, cuando en los despachos y en el frente del Ebro los republicanos jugaban sus últimas bazas y se depositaban las esperanzas. A ese frente fluvial y montañoso llegan los otros protagonistas de la película: los jóvenes de 17 y 18 que han sido movilizados para formar parte de la ofensiva gubernamental. La película está cargada de buenas intenciones, que deparan una película de enfrentamientos: el fratricida, que se fuerza evidente en la trágica casualidad de los hermanos Quintana, el inocente Pere Puig contra Pere Puig (Oriol Pla) obligado a madurar y a cerrar su periplo bélico en una situación que pretende aprovechar el efecto de la primera imagen al lado de su abuelo, la república contra el fascismo, el político por la paz contra el político por la guerra, los intereses internos y los intereses internacionales, la espera y la desespera; pero, en ningún caso, se llega a desarrolla uno de ellos más allá de lo aparente, de lo mil veces visto, leído u oído. Parrado enfrenta a Manuel Azaña y Juan Negrín (Adolfo Fernández), dos hombres, dos ideas y un destino, enfrentamiento que intercala con el que se produce en el Ebro, donde el ejército popular quema sus últimas esperanzas frente a las tropas sublevadas que consiguen frenar la ofensiva ordenada por Negrín, el presidente del gobierno. <<Al final, ni su guerra ni mi paz. Solamente una batalla>>, le dirá Azaña al final de Ebro, de la cuna a la batalla.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...