miércoles, 21 de octubre de 2020

Informe sobre Diez dedos sin uñas (precuela de cuando crezcan)


Ahora que, como ayer, la libertad de cualquier tamaño, tipo y expresión igual suena utópica que a chiste (borrar del informe oficial), me viene a mi memoria fotográfica el discurso que L promulgó ante tres personas. Era lo esperado, un vacío casi absoluto, pero a L la ausencia de audiencia no le desanimó, todo lo contrario. Tomó entre sus manos su trompeta y sopló hasta que el sonido del instrumento provocó que dos de los presentes tapasen sus oídos. Pero a él apenas le importó, llevaba puestos sus tapones de cera y había conseguido el efecto deseado, contundente y molesto.

—K tuvo un sueño, yo tengo una pesadilla en la que Z dice A, y X piensa B, propina una patada a D y C le salta encima a H, que es muda. Salvo esta que no puede, el resto se pronuncian en los tres o cuatro insultos que se dicen en hogares, casas, pisos franco, fiestas de pijamas, en un debate televisado o en las redes, según el día, la hora y la variación de la alucinación. —La voz de L era poderosa, su tono seductor y sonaba natural—. Siempre cruzo los dedos, para que no llegue la sangre al abecedario, y entonces despierto sobresaltado, empapado en sudor, y me digo que se nos ha ido de las manos; que en lugar de relajar el tono y entablar diálogo, algo que apenas se ha hecho hasta el momento, combinamos letras, presumimos de faltas ortográficas y gritamos al tiempo que pataleamos y asumimos que el criterio de muchos, si coincide con el nuestro, es la única verdad posible.

—¡Fueraaaa! —le invitó uno de los asistentes. 

—Vale, esto es humano —quitó hierro L.

—¡También el absolutismo! —exclamó quien se dejó las uñas largas para rebanar pescuezos. 

Pero aquel otro, el tercero, se comió las suyas al observar una involución vertiginosa que le llevó a comentar que <<tarde o temprano, tocará fondo>>.

—Que colisione catastrófico o suave y razonable aún depende de varios factores —dijo bien claro, pero lo siguiente lo susurró en arameo.

Soy consciente de correr el riesgo de perder parte de la información, menos me importa no encontrar el tono dramático y poético, de modo que disculpen sus señorías las posibles limitaciones de mi traducción o interpretación del original. Expresado esto, recuerdo que logré leer sus labios desde la distancia. Me encontraba encerrado en una cabina, de tamaño reducido y camuflada detrás de una barra de bar, donde no vestía traje, ni camiseta, ni pantalón... Lo cierto es que allí dentro hacía un calor infernal y no puedo asegurar que los movimientos labiales formasen estas frases que, por gracia o desgracia de la memoria fotográfica selectiva y de mi versatilidad lingüística, transcribo tal cual llegaron a mis ojos.

<<En nuestro día a día, en nuestros pequeños mundos y en la suma de uno más grande dudo de los absolutos ideológicos y categóricos; de las ideas perfectas y de quienes las proclaman únicas. Además, en nuestras relaciones cotidianas aún tenemos margen para no ser entes que asumen y presumen inteligencia cuando, las más de las veces, resultan violentos e irracionales en su presunción de racionalidad>>.

Tiempo después, cuando le vi consumirse en la hoguera, supe que no lo expresó a viva voz porque era consciente de que nada de lo que dijese sería escuchado o, de serlo, lo sería para buscar el error en sus palabras. Eran prejuicios, los suyos, cierto, ¿pero quién puede juzgarlo por ello? Lo suyo era permanecer en la sombra, escribiendo monólogos y discursos para otros, como era el caso. En realidad, callaba más de lo que decía L, pensador en sus ratos libres y orador el resto del tiempo. “Diez dedos sin uñas” sospechaba que la mayoría de los discursos, también los escritos por él, eran iguales, aunque quisieran pasar por distintos. A él todo le sonaba a clichés adquiridos a granel, posiblemente en un mercadillo o comedor universitario, quizá asumidos de los consejos maternos y paternos o en aquel cursillo intensivo que M había impartido a niños, niñas y adultos a quienes les salían sarpullidos de solo pensar en leer una oración compuesta.

—A continuación os diré algo que pensé anoche —informó L, más adelante supe que otro lo había pensado antes que él—. <<Las personas reflexivas percibieron que, cuando la sociedad es el tirano (la sociedad colectivamente, más allá de los individuos aislados que la componen) sus medios de tiranizar no se limitan a los actos que pueden llevar a cabo mediante sus funcionarios políticos. La sociedad puede ejecutar, y lo hace, sus propios mandatos; y si dicta mandatos errados en lugar de razonables, o mandatos que se entrometen en cosas en las que no debería mezclarse, lleva a la práctica una tiranía social más formidable que muchas clases de opresión política, porque, si bien no se apoya en sanciones tan excesivas, deja mucha menos vías de escape, penetra mucho más en los pormenores de la vida y llega a esclavizar incluso el alma>>1

Aunque me gustaría, no pienso rascarme la pierna, lo que deseo es aclarar que aquel extraño de dedos sin uñas escribió en la arena que los concurrentes y el público desde sus casas no eran inocentes; aunque fueran víctimas, en ocasiones también eran victimarios. En ese instante, pensé que se trataba de un subversivo y que algunos, más de los que imaginaba, asumían ser la espada del pensamiento, de la cultura, de la libertad, ¿pero en qué se diferencian de los más justos e intolerantes?

Quienes no dudan suelen serlo, me digo al recordar la imagen y la voz de L (omitir en el informe final). Lo veo haciendo aspavientos, típicos en las reuniones y masificaciones, y exclamando a los cuatro vientos que el ser humano rechaza la injusticia. Observé que su oyente sin uñas reía, aunque solo yo percibí su risa. Supuse que temía ser linchado en la plaza del pueblo, o allí mismo, en el interior de la carpa que los operarios del ayuntamiento habían levantado por orden de la antigua comisión de fiestas, en aquel momento renombrada “de guardar para más adelante“.

“Diez dedos sin uñas” comentó a su igual/desigual más cercano que sospechaba de la propia humanidad, de nuestra supuesta capacidad racional. Escuché visualmente como le decía que la racionalidad puede ser irracional, y lo irracional puede pasar por racional. De hecho, añadió que eso conllevaba la posibilidad de ser injusto y justo al mismo tiempo y en una acción determinada, que plantearía la duda de si se es o no consciente de cuál de las dos opciones se asume, con quién y a quién afecta de un modo u otro...

—Lo humano —retomó su pensamiento, ignoro si donde lo había dejado— transita por el mundo sometiendo y dejándose someter. Existe en grupo y en sus pocos ermitaños, en Quijotes, ilusos y locos, pero nadie escapa a las garras de nuestras limitaciones como individuos y conjunto, que corre el peligro de acabar en masa.

—¡Estoy aquí para hablaros de vuestra miseria! —exclamó L, cuando acabo de leer los apuntes que ocultaba entre sus fotos promocionales— ¡He venido a guiaros! ¡He llegado hasta aquí para recordaros vuestro malestar! ¡Y que desaparezca o no desaparezca, está en vuestras manos y en las mías, si me dejáis señalaros el camino! ¡Vengo a vosotros con los brazos abiertos! ¡Para plantearos vuestra libertad e invitaros a bailar conmigo!

Cuando tuve ocasión de echar un vistazo a su diario, supe que “Diez dedos sin uñas” no se fiaba de curanderos ni de guías, ni de bailones ni de héroes unidimensionales y luminosos. Los más le disgustaban <<porque no dudan y si no dudan no se plantean alternativas ni ideas que difieran de las que les mueve, que suelen coincidir con las establecidas, con las suyas, con su moral y su “políticamente correcto“, al que se suman gustosos porque encaja dentro de su gusto>>. <<Si lo hacen inconscientes o de manera deliberada, lo ignoro>>, así lo dejó escrito en la décima página de su libreta. En la quinta, aparece lo siguiente: <<pienso que todo salvador y salvadora cree estar en posesión de verdades absolutas, lo cual los vuelve intransigentes, e incapaces de sentir más alla de su limitada capacidad emocional, puesto que sin (re)plantearse a sí mismo, y el por qué de imponer su intención redentora, cae en el sinsentido, pierde la contradicción que lo humaniza y elimina aquella parte de sí que podría ayudarle a conocerse y a conocer parte de lo mucho que ignora>>.

Finalmente, después de intentar descifrar las palabras que había bajo varios tachones y manchas de sangre, desistí, no sin antes grabar en mi memoria que <<negarse a oír una opinión porque se está seguro de que es falsa es presuponer que la propia certeza es absoluta>>2 y <<esto imposibilita el desarrollo de un abecedario plural que combine y evolucione, que no se deje arrastrar por estereotipos, dictadores o personajes que se convierten en abanderados de un impuesto perfecto del que conviene recelar y huir...>>


Informe del Inspector ~. Extracto del borrador de la entrada 3.71, de la jornada octava del mes vigésimo del año después del anterior.


P.D: Los de Archivo no encuentran el dossier sobre el juicio de “Diez dedos sin uñas”. Nadie sabe o quiere responder por qué “Diez dedos...” aceptó trabajar para el actual “gran bailón” (suprimir en el informe oficial). Revisar las opiniones personales y omitir alusiones directas que puedan ser malinterpretadas. Y, para que conste en acta, los entrecomillados señalados con subíndices 1 y 2 pertenecen a la obra De la libertad, de John Stuart Mill.


Continúa en Cuando crezcan

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