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Un profesor singular (1979)



Resistente en su disconformidad, el cine de Marco Ferreri centró su discurso en individuo/sociedad, en la alienación y la imposibilidad, en la ruptura no consumada del uno con el medio donde el orden establecido atenta contra la libre elección. En sus películas, no existe libertad para sus protagonistas, se descubren atrapados y, en vida, no hay posibilidad de escape. Sus films son ante todo humanos, en su deformación, de ahí que haya comedia, drama, vida y muerte. Un profesor singular (Chiedo asilo, 1979) no deja de ser tan humano como su responsable o como su protagonista: Roberto (Roberto Benigni), un maestro de parvulario, aunque no uno cualquiera, sino uno que pide asilo, clama amparo y protección, sueña humanidad y libertad. Roberto es subversivo, transgresor, diferente. Quiso cambiar el mundo, pero no lo ha logrado. Como la mayoría de las derrotas, la suya conlleva desilusión y, en su particular, cierto aire taciturno, melancólico, romántico. No cabe duda de que fue y es un soñador que, como tal, ve el mundo a su manera. Pero en el presente, en el que se desarrolla su ausencia de la historia, empieza una nueva etapa y pretende adaptar el colegio infantil a su revolución: la de ofrecer a las niñas y niños del jardín de infancia libertad y diversión. Les contagia su máxima <<ahora y siempre, resistencia>>. En el aula, Roberto tiene acceso a los únicos individuos que todavía no han sido corrompidos ni manipulados por el orden del que prescinde para que los pequeños sean felices en su libre albedrío. Los anima con sus excentricidades, con su alejamiento de lo establecido, aunque le resulta triste comprender que nada cambiará y que los niños prefieren ver la televisión que jugar con el burro que lleva al centro.


Con Roberto, los personajes de Ferreri adquieren otro tono, puede que debido a la ausencia de Rafael Azcona en el guion o, sencillamente, porque Ferreri lleve hasta el límite el subjetivo del individuo atrapado que protagoniza su obra. Sin embargo, en su visión, el personaje interpretado por Benigni resulta liberador para los niños y niñas, a pesar de ser un hombre triste que no puede aspirar a un lugar dentro de un entorno que se lo impide. Lo sabe, incluso en la relación, supuestamente liberadora, con Isabella (Dominique Laffin); lo sabe en todo momento, pero lo silencia y la sensación de derrota aumenta, sobre todo en su relación con Gianluigi, el niño ingresado en el hospital, el niño que ni come ni habla, el niño en quien se ve reflejado y a quien intenta ayudar. Ambos presentan aspectos comunes: no saben nadar, tienen pijamas idénticos y viven el mismo instante en la playa, tierno y simbólico, un momento final que devuelve a Roberto y al solitario Gianluigi al vientre materno mientras el lloro de un recién nacido anuncia que el orden, aquel dentro del cual el profesor no encuentra cabida, ha sido restablecido.

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