Ir al contenido principal

Yo, Tonya (2017)


Personajes que no desentonarían en 
Fargo (Joel y Ethan Coen, 1996) o en otras películas pobladas de individuos tan patéticos que semejan caricaturas o tipos irreales, los que asoman en Yo, Tonya (I, Tonya, 2017) sí recrean a seres reales con nombres propios reconocibles. La introducción de las entrevistas que se intercalan con las imágenes del pasado ya muestran que son un tanto peculiares: víctimas de su condición social, de malos tratos y de falta de formación, verdugos de sí mismos y de su entorno humano, y tarugos inconscientes de serlo. Pero ¿quiénes son? Este interrogante se esclarece a lo largo de los minutos que nos muestran la vida y las relaciones de Tonya Harding (Margot Robbie), ex-patinadora olímpica estadounidense y víctima de su madre (Allison Janney), de su (ex)marido Jeff Gillooly (Sebastian Stan), de sus decisiones y del sensacionalismo que entierra a quienes odia y ama de manera efímera a quienes alcanzan el supuesto sueño americano. Tonya es una mujer cuya existencia gira en torno al patinaje artístico sobre hielo, al que se entrega y al cual entregan desde niña sin opción a escoger, y a los malos tratos que padece en su relación materno-filial y en su matrimonio, inicialmente la supuesta vía de escape al sometimiento materno. Pero lo expuesto por Craig Gillespie en tiempo pretérito pone en duda las palabras de los entrevistados, que realzan el esperpento crítico que nos confirma que no estamos ante una biopic habitual, aunque sí cercano a la narrativa de Uno de los nuestros (GodfellasMartin Scorsese, 1990) o, más reciente en el tiempo, a la de Barry Seal: el traficante (American MadeDoug Liman, 2017), ni contemplando una loa cinematográfica a la superación que conlleva el triunfo de la protagonista, tan del gusto del público, ni ante un cuento de hadas deportivo del estilo Rocky (John G. Avildsen, 1976).


Para desvelar en la pantalla la hipocresía y engaño que se esconde detrás del “sueño”, Yo,Tonya mezcla drama, sátira, falso documental y la biografía de una mujer que ha sufrido y que apenas ha tenido elección; y cuando ha podido escoger, sus decisiones resultaron tan erróneas como su matrimonio con Jeff, el hombre tranquilo que en el presente asegura no haberle pegado y el desquiciado que la atiza en tiempo pretérito. El film funciona como entretenimiento que señala a la sociedad y a los medios de comunicación como los responsables de los males de una patinadora, mediática en su momento, que cayó en el olvido y recuperó relevancia gracias a esta película. Tanto en la relación de la patinadora con su madre y su marido como en la carrera profesional se señala el desequilibrio (interno y externo) que padece una joven que busca la aceptación a través del triunfo. De modo que el cariño que se le ha negado, pasa por obtener el éxito, tan valorado en cualquier sociedad y época. No nos engañemos, siempre se ha exigido héroes, ídolos y villanos, en este caso concreto una villana a quien primero se juzga por su imagen desaliñada (no tiene dinero para comprar los trajes de patinadora) y pendenciera (siempre pelándose con los jueces y disconforme con los valores establecidos por aquellos) y posteriormente por la agresión sufrida por su rival y compañera de selección Nancy Kerrigan (Caitlin Carver). Pero Tonya no es una villana, es una niña maltratada que sufre desde los cuatro años, una joven sin más oportunidad que patinar (lo único que sabe hacer y lo único que tiene hasta que la sentencia judicial se lo quita) que se convierte en una mujer que no esconde su decepción a la cámara que la graba en el presente, y ante la cual no duda en exponer sus miserias, su nunca pronunciado anhelo de recuperar la fama y su crítica al sistema y a la sociedad a la que acusa de generar y desear esperpentos y dramas como el suyo.

Comentarios


  1. The best way to know storys and watch great actors working is beign able to go and see
    Peliculas.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...