viernes, 5 de octubre de 2018

El último deber (1974)


Ser asistente en las salas de montaje de 
Horizontes de grandeza (The Big Country; William Wyler, 1958), El diario de Ana Frank (The Diary of Anne Frank; George Stevens, 1959) o La calumnia (The Chrildren's Hour; William Wyler, 1961) supuso el primer paso profesional para Hal Ashby, pero sobre todo fue una magnífica oportunidad para iniciar su aprendizaje, el cual iría pasando por distintos niveles hasta asumir la edición de varias producciones de Norman Jewison, entre ellas En el calor de la noche (In the Heat of the Night; 1967) y El caso de Thomas Crown (The Thomas Crown Affair, 1968). Estas experiencias y su relación con Jewison sirvieron para que Ashby conociese los entresijos técnicos del medio cuando realizó El casero (The Landlord, 1970), su debut en la dirección. A partir de entonces, el cineasta desarrolló una carrera cinematográfica que despuntaba como la de uno de realizadores hollywoodienses de mayor proyección y talento, pero su estela empezó a apagarse a inicios de la década de los ochenta. Entremedias, realizó varios films que destacan por el protagonismo de personajes marginales y rebeldes, que de un modo u otro dan la espalda al orden establecido, algo que observamos en Harold y Maude (1971), El último deber (The Last Detail, 1974) o Bienvenido Mister Chance (Being There, 1979).


Aparte de la rebeldía inconsciente y consciente de los personajes, posiblemente heredada del propio realizador, estos destacan por su inocencia (no están contaminados por las costumbres y reglas de los entornos por donde se mueven), la cual se personifica en el cine de
Hal Ashby sobre todo en la figura de Chance, aunque ya brilla en el joven marinero de El último deber. Meadows (Randy Quaid) no tiene edad para que le sirvan cerveza, pero sí para formar parte de la Marina y para que lo envíen a la prisión naval de Portsmouth por intentar sustraer cuarenta dólares de la recolecta realizada por la mujer de un almirante. Aparte, el muchacho siente admiración y cariño por los dos escoltas que le conducen a presidio, y con quienes comparte los que quizá sean los mejores días de su vida hasta entonces. Para él, Budd (Jack Nicholson) y Mul (Ottis Young) son sus únicos amigos y, a pesar de tener madre, probablemente también los vea como su única familia. A lo largo del viaje de seis días, que inevitablemente llevará  al reo a su destino, sus escoltas, veteranos que están de vuelta y media de todo, comprenden la injusticia de la que ha sido víctima el prisionero, pero ¿qué pueden hacer, salvo cumplir las órdenes? Si a ellos les mandan ir, van (como fueron a Vietnam), aunque eso no les impide rebelarse a su manera y ofrecer al joven la oportunidad de disfrutar de un aprendizaje que incluye alcohol, peleas, protestas o sexo, en definitiva, le ofrecen la libertad que perderá durante ocho años de encierro. Su condena es desmedida, más si cabe, al no haber cometido delito alguno. Sin embargo, la asume sin plantearse la injusticia de la cual es víctima. Tampoco muestra rencor, ni piensa en la pérdida que supone su estancia en la prisión naval. Son Budd y Mull quienes con sus protestas y sus comportamientos acaban por abrirle los ojos y la mente, aunque no por ello vayan a cambiar el destino de quien en un último momento despierta a la realidad que se le avecina, a la comprensión de que la “justicia” militar va a robarle su juventud y la posibilidad de continuar aprendiendo y disfrutando a lado de sus dos inesperados amigos.

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