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El puente (1976)



Después de más de tres décadas de dictadura militar, la muerte de Franco abría un nuevo horizonte que muchos aguardaban, aunque pocos sabían qué iba a deparar. Lo que sí parecía claro era que el fallecimiento del dictador implicaba un cambio en la política y en la sociedad española, y con él, el nacimiento de la libertad de expresión que posibilitó que un cineasta comprometido con sus ideas como Juan Antonio Bardem retomase su discurso tras varios años realizando películas alimenticias, que ni colmaban sus intereses ni sus expectativas, pero que se vio obligado a asumir para continuar ejerciendo su oficio. Con El puente (1976), Bardem regresaba al cine social, aunque no lo hizo desde el drama metafórico de Muerte de un ciclista (1955), Calle Mayor (1956) o Nunca pasa nada (1963), ya que no necesitaba ocultar su ideología, ni disfrazar su intención de mostrar parte del panorama español del momento: lucha sindical, emigración e inmigración, situación de presos políticos, caciquismo rural o alienación social, van asomando a lo largo del metraje de esta comedia dramática que cobra aspecto de película de carretera. El film se abre ante las puertas del taller mecánico donde varios trabajadores piropean a la chica que a diario pasa por delante. Entre ellos, Juan (Alfredo Landa), el hombre de mediana edad que se convertirá en el protagonista absoluto del viaje hacia la comprensión e implicación social que borrará su caricatura de macho ibérico, conquistador de boquilla y mujeriego sin éxito.


En un primer momento, el personaje interpretado por Alfredo Landa hereda características de las comedias que venía protagonizando y, como en aquellas, resulta cómico y patético en su intención, además de quedar definido como alguien que rehuye cualquier tipo de compromiso que no sea consigo mismo. Durante los primeros minutos se niega a reparar el coche de una familia, porque su turno laboral está a punto de concluir, solo se preocupa de su imagen y de su satisfacción personal, tampoco duda a la hora de mandar a paseo a sus compañeros sindicalistas, cuando estos le informan que al día siguiente se reunirán para hablar de mejoras laborales que también le conciernen, pues prefiere seguir exagerando sus dotes de conquistador o hablar de la diversión que le espera durante el puente. En su presentación, Juan queda definido como alguien que rehuye la realidad que le rodea, pero también se deja entrever que escapa de la propia, cuestión que se remarca durante el trayecto de Madrid a Torremolinos, cuando se miente a sí mismo y a los demás, como sucede durante la escena de su reencuentro con unos amigos de infancia que emigraron a Alemania, en ese momento aparenta tener el estómago lleno cual hidalgo del Lazarillo de Tormes y presume del éxito de su inexistente negocio de motocicletas. La exageración y presunción forman parte de su día a día, como desvela que al inicio del film alardee de que pasará un fin de semana a lo grande en compañía de Pepi (Mabel Escaño), aunque esta acaba por dejarle tirado, igual hace su amigo Venancio (Francisco Algora) y su novia (Josele Román); desplantes que confirman que el egoísmo no es una característica exclusiva del mecánico, sino de la sociedad a la que pertenece. La ausencia de compañía le depara el no saber qué hacer con tantas horas por delante, y reconociendo parte de la soledad que caracteriza su vida lejos del taller, decide poner rumbo a Torremolinos en su inseparable "Poderosa", su motocicleta, su "Rocinante" y su fiel compañera de andanzas a la que dirige palabras de ánimo y otras para convencerse a sí mismo de por qué realiza su escapada playera.


El rostro y las expresiones bravuconas asumidas al inicio del viaje van dejando paso a la inseguridad y a la comprensión que continúa negándose, quizá por su miedo a involucrarse, un temor heredado de la época anterior que aún perdura en su presente. Durante su recorrido, varios son los personajes con quienes apenas llega a intercambiar más que unas pocas frases, como si con ello rehuyese de los problemas y de las ideas ajenas. Solo en su primer encuentro, aquel que se produce con dos turistas a quienes intenta ligar, se siente cómodo, porque en ese instante, aunque sea efímero, la idea de la fiesta prometida regresa a su mente. Su deseo de diversión le decide a trasladarse a la costa malagueña, iniciando su trayectoria por la Nacional IV, que recorre sin incidentes hasta llegar a la altura de Ocaña. Allí se produce su contacto con dos mujeres que han viajado desde el País Vasco para visitar a un preso político, detenido por participar en una huelga en 1971, pero a él, ni las quejas ni los pesares de las visitantes le atañen, aunque permanecen latentes en su mente.


Su recorrido sobre el asfalto continúa, los encuentros se suceden y se reafirma en su idea de mantener los ojos cerrados ante cualquier circunstancia que lo comprometa, como sucede cuando reniega, ante las fuerzas vivas de un pueblo (todavía ancladas en una tradición que coarta la libertad de expresión), de la troupe teatral a la que había acompañado durante varias horas. Este momento define por completo al personaje, ya que uno de los artistas confirma que Juan solo es un espectador, pero remarca que ese es su problema, que siempre ha sido y será un espectador. Sin embargo, en momentos puntuales, el protagonista deja de ser un sujeto pasivo y se convierte en elemento activo, cual sucede durante su breve encuentro con el torero que no quiere torear, quien le pide que le salve la vida de los caciques que lo persiguen por negarse a saltar al ruedo. Ante la injusticia que observa, el rostro de Juan delata que se ha producido un cambio, ya que está a punto de concretarse la idea que se hace definitiva cuando un mecánico de pueblo le repara el neumático pinchado de "Poderosa", a pesar de que no es su horario laboral, actitud opuesta a la asumida por Juan cuando negó su ayuda a la familia en el taller. Su silencio y su mirada denotan la vergüenza por su comportamiento pasado, pero también la tristeza que siente al descubrir en la plaza del pueblo la amargura de hombres cabizbajos que aguardan por un trabajo que no llega. Con su exposición directa, 
El puente devolvía al Bardem más complejo, ideológico y combativo, porque su mensaje y las ideas contenidas se desarrollan sin necesidad de disfrazarlas, ya que fluyen conforme Juan realiza su viaje hacia su interioridad y hacia la realidad que se ha negado a asumir hasta ese instante en el que contempla el mar y acepta su compromiso en el desarrollo del país que ha conocido durante su viaje.

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