Ir al contenido principal

La fiebre del ajedrez (1925)



Dudo que exista un libro sobre la historia del cine que no recuerda el nombre de Vsevolod Podovkin. De existir un estudio así, estaría cometiendo el desliz o el error de relegar al olvido a uno de los grandes cineastas del periodo silente. Del apartado dedicado al cine soviético desaparecerían sus grandes películas silentes —La madre (Matb, 1926), El fin de San Petersburgo (Koniets Santk-Petersburga, 1927) o Tempestad sobre Asia (Potomok Chingis-Khana, 1928)— y su importancia en el uso del montaje, a partir del cual creaba acciones paralelas o fragmentaba los acontecimientos expuestos desde diversos ángulos y planos. Pero, gracias a la conservación de sus películas, esto no sucede y la historia le reconoce sus méritos cinematográficos; por otra parte, incuestionables. Aunque se nombre en los libros, más desconocido es su contacto con la comedia en un cortometraje tan divertido e ingenioso como La fiebre del ajedrez (Shakhmatnaya goryachka, 1925). Pudovkin realizó esta burla a las modas tras haber trabajado de actor, decorador, asistente y guionista de Lev Kuleshov en Las extraordinarias aventuras de Mr. West en el país de los bolcheviques (Neobychainye priklyucheniya mistera Vesta v strane bolshevikov, 1924). Hasta entonces, su único contacto con la dirección se reducía a colaborar con Vladimir Gardin en el corto documental Golod... Golod... Golod (1921); de modo que podría decirse que su debut en la dirección cinematográfica se produjo en La fiebre del ajedrez, ficción burlesca en la que demostraba un excelente dominio de la edición y, desde esta, del ritmo de la acción.


La sátira, cuyos gags se suceden vertiginosos desde su primer minuto, se inicia con la sucesión de planos en un torneo de ajedrez. Son imágenes de jugadores y público, de hombres, mujeres y la niña que, ansiosos y febriles, presencian el campeonato en directo. Estas imágenes introducen la epidemia ajedrecista o, si se quiere, el sinsentido que cobra sentido en la realidad, cuando la "locura" se propagó entre la población moscovita durante la celebración del Torteo Internacional de Ajedrez en el que participaba el campeón mundial, el cubano José Raúl Capablanca, a quien se observa en la primera imagen del film. Este es el punto de partida aprovechado por Pudovkin y Nikolai Shpikovsky, suyo fue el guion, para exponer el <<juego de los sabios>> desde una perspectiva cómica e irónica que convierte al ajedrez en la contagiosa obsesión que se apodera de las masas. La moda arrasa en el recinto y en las calles, por donde se propaga cual fiebre que impide pensar y actuar fuera de la propia moda. Esta iguala al policía con el delincuente, al bebé con el abuelo; en definitiva, homologa y se apodera de cualquier transeúnte. Todos sucumben, salvo Vera (Anna Zemtsova), la joven que desespera mientras aguarda a que su prometido (Vladimir Fugel) haga acto de presencia. En una escena anterior, lo descubrimos en su cuarto, despeinado, desencajado en su impaciente ir y venir de un extremo a otro de la mesa donde juega contra sí mismo -lo hará a lo largo del metraje, pues existe una rivalidad interna entre el jugador y el amante-. Mueve las figuras sobre el tablero que acapara su total atención y pasión. No recuerda su cita con Vera, ni que es el día de su boda, tampoco que su habitación y su ropa rebosan gatos. Uno de los felinos provoca que descubra la nota donde lee la fecha del enlace. Su estado empeora, además, ante él, se abre la disyuntiva entre dos amores. Finalmente, se decide y abre la puerta de su armario. ¡Sorpresa! Solo contiene libros sobre el juego y el zapato que se calza antes de salir hacia su destino.


El montaje ha generado la sensación febril que anuncia La fiebre del ajedrez, pero son las situaciones las que desatan la comicidad e hilaridad que acompañan el tránsito a la casa de la novia. Durante este intervalo de magníficos gags que retrasan la llegada de muchacho, los responsables del film juegan con las imágenes, con los encuentros y con el espacio nevado. Emplean la burla y el humor y exponen a una población, incluido el bebé del carrito, entregada al ajedrez. Todo resulta caricaturesco, satírico, cómico, desde la secuencia de los carteles que publicitan el campeonato, y que alguien pega en una farola mientras el protagonista ve como a él se los quitan de las manos, hasta que se presenta ante su novia, pasando por la atracción magnética ejercida por el letrero de un escaparate. Este anuncio, que apela a una partida, ejerce sobre el protagonista una atracción que escapa a su control, como muestra el retroceso de las imágenes. El héroe había pasado de largo, sin embargo su pasión ajedrecística lo reclama y lo atrae hacia el local. Más espera y mayor desesperación en la heroína que, poco después, cuando por fin llega el novio, le muestra su malestar. El momento posee una comicidad innegable. Ella lo rechaza, él pide perdón. Él se arrodilla e implora, ella niega. Él saca un pañuelo de su bolsillo, ella ya parece dispuesta a perdonarle, pero él, en su mente descontrolada, ve las cuadrículas del estampado y no puede evitar echar una partida consigo mismo. Es la gota que colma la paciencia de Vera, quien, en su frustración justificada y monumental, arroja por la ventana todo lo relacionado con el ajedrez: libros, piezas, tableros de todos los tamaños, que caen en manos de nuevos obsesos que lo dejan todo para dedicarse a mover las piezas; incluso el invidente puede ver que en sus manos ha caído un manual que no pretende desaprovechar. La diversión y el ingenio dominan cada plano de La fiebre del ajedrez, cuya escasa media hora de metraje no tiene desperdicio, que avanza sobre el tablero de la risa, poniendo trabas en el amor de la pareja que decide separarse y, cada uno por su lado, poner fin a sus vidas. En su determinación, la heroína acude a la farmacia donde el empleado —atrapado en una partida— le entrega una pieza del juego en lugar de veneno, y el héroe se sienta sobre el puente desde donde piensa arrojarse a las frías aguas, pero ¿y si el amor es más fuerte que el ajedrez? Esa es su última esperanza.

Comentarios

  1. Genial. Me descubres películas recónditas y las diseccionas con una precisión puntillosa

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...