Ir al contenido principal

Pocilga (1969)


No conectaba con ella, pero no pude dejar de verla, tampoco puede olvidarla. ¿Entonces? Volví a verla tiempo después —no mucho después— y, aunque continúa sin llenarme, ahora pienso en Pocilga (Porcile, 1969) de otro modo y, en mi incomprensión, comprendo que su efecto no es inmediato, aunque pueda serlo. Esta última contradicción remite al propio Pier Paolo Pasolini y, aunque caiga en el error, me confirma la sospecha de que sus ideas e intenciones iban más allá del momento de la proyección de la película, iban desde el antes hasta un tiempo inconcreto en el que la mente vuelve sobre lo visto e intenta recapacitar y, quizá, ver más allá de lo exhibido en la pantalla. ¿Entonces? Sé que corro el riesgo de perderme en divagaciones sobre los dos tiempos y espacios expuestos en las imágenes de Pocilga, pero si los contemplo como parte de la evolución fílmica y humana de Pasolini, el hombre, el intelectual y el poeta que, hacia finales de la década de 1960, sufre al observar su "derrota" y su presente, comprendo que la esperanza se ha transformado en decepción y desesperación frente al consumismo imparable y al adormecimiento-sumisión de la sociedad a la que pertenece y que, al tiempo, rechaza y le rechaza. ¿Entonces? Comprendo que provocado por su dolor, Pasolini “llora” desesperación ante la tragedia histórica que intuye y expone. Aunque más que rechazar, lo golpea y le hace sentir la incomodidad que, como ser humano sensible e intelectual, le exige una reacción que le impida anclarse en una postura acomodada e impasible. El cineasta quiere expresar su visión del hoy (el de su época) y su intuición de un mañana (¿nuestro hoy?) que le disgusta. Quizá por ello, Pasolini se obliga y, de paso, obliga al espectador a enfrentarse a las imágenes y al simbolismo que en Pocilga se oscurece respecto a su obra cinematográfica previa, la cual cobra sentido pleno en la intención de actuar y de no rendirse, aunque fuera consciente de estar solo en su lucha, que intuía o sabía perdida hacia finales de los sesenta.


Así, el autor de Mamma Roma (1962) señala el peligro que corría la sociedad, el de convertirse en una pieza homogénea del engranaje del mundo-empresa que se estaba imponiendo. ¿Entonces? Intuyo su pesimismo, ya no siente la esperanza que había depositado en las relaciones humanas y en los marginados, campesinos y obreros que tanto había amado, y que forman parte indiscutible de su obra escrita y cinematográfica. En su ahora, finales de la década de 1960, también a estos los encuentra atrapados en el imparable consumismo que devora e impone un nuevo tipo de individuo, que, perdiendo su identidad individual, cultural, histórica y social, abraza el placer y el bienestar inmediatos que le ofrecen. Él interpretaba este nuevo orden, aunque no tan nuevo, como una especie de sociedad fascista —que controla a la población de igual modo, aunque difiere en su forma de dominio— que denuncia y contra la cual arremete sin disimulo en Pocilga. Pasolini asume dos niveles de expresión: la realidad captada por la cámara y la reflexión de dicha realidad, o, expresado de otra manera, emplea prosa y poesía como unidad expresiva, lo que me lleva a pensar que los dos espacios y los dos tiempos que se intercalan a lo largo de la película son un mismo espacio temporal; con el que el intelectual italiano mantiene su pugna. Ubica parte de la acción en la Alemania contemporánea y, sin rubor ni medias tintas, apunta que el nacionalsocialismo no ha desaparecido, sino que ha cambiado su rostro; como lo ha hecho Herdhitze (Ugo Tognazzi), el industrial con un pasado que esconde bajo la máscara —es un criminal de guerra. Con este personaje y con los interpretados por Alberto Lionelle y Margarita Lozano —el señor y la señora Klotz—, el "subversivo" Pasolini establece la conexión entre el fascismo pretérito y el que intuye en la sociedad burguesa del presente, en la que se descubre a Julien Klotz (Jean-Pierre Leaud), cuya ambigüedad (ni obedece ni desobedece) le impide encajar en el orden creado y protegido por sus padres, y a Ida (Anne Wiazemsky), la joven burguesa que representa a la izquierda progresista, en la que el autor de Ragazzi di vita ya no cree, pues la ve como una parte más del engranaje. En ese momento ya no hay cabida para cualquier otro orden, la historia ha dejado de ser para ser otra, en la que ya no existe espacio para la tradición, para lo sacro (que no religioso), para rebelarse, como hace el personaje de Pierre Clementi en la parte que se desarrolla en un tiempo indefinido y en un entorno desolado donde asume el canibalismo como forma de ruptura con el orden paternal establecido. Ambas partes se intercalan a lo largo del film, y ambas apuntan hacia la extinción de cualquier forma primitiva, entendiendo "forma primitiva" por cualquier sociedad que pueda devolver al ser humano su identidad, sus relaciones, sus contradicciones, sus diferencias...


El canibalismo con el que el humano devora a su semejante da paso a otro tipo de canibalismo, el simbólico donde todos se dejan devorar por su gustosa aceptación de la alienación, del placer sensorial y de los bienes materiales. En la parte que se desarrolla por el espacio desolado, las voces brillan por su ausencia, incluso cuando se lee la sentencia, no podemos escucharla debido al repique de las campanas. En ese instante, Pasolini solo nos permite comprender la frase que, antes de ser ajusticiado y devorado por los lobos, el joven interpretado por Clementi, que ha transitado la desolación en rebelión y anarquía, repite en cuatro ocasiones consecutivas: <<he matado a mi padre, he comido carne humana y tiemblo de alegría>>. ¿Entonces? ¿Qué significa cuanto he visto en la pantalla? ¿Qué todo ha concluido para Pasolini tras su intento? ¿Es el final de su utopía? ¿Acepta que ha luchado y que ha sido derrotado por la homogenización de una sociedad que ha dejado de serlo, para convertirse en una gran empresa? ¿O es consciente de que la riqueza-diversidad cultural se ha perdido y con ella parte de su esperanza de una sociedad plural y humanamente rica?

Comentarios

  1. Otra gran alegoría del director. La antesala de Saló. Dura, pero necesaria, y hoy tal vez más que nunca. Gracias por recordarla y por tu acertada entrada al blog.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...