viernes, 17 de mayo de 2019

Años difíciles (1948)


Las comedias italianas realizadas en la inmediata posguerra optaron por los escenarios reales, por personajes de carne y hueso y por las historias en apariencia sencillas que desvelan complejidades del presente o del pasado cercano. Esta elección las contrapone con las comedias de "teléfono blanco", aquellas realizadas durante el fascismo, y las ubica dentro del neorrealismo cinematográfico que eclosionó en Italia en la segunda mitad de la década de 1940. Son historias que asumen el humor pero no escapan del drama ni de la tragedia, son historias que realizadores como Luigi Zampa manejaron a la perfección para mostrar realidades como las expuestas en Vivir en paz (Vivere in pace, 1947) o en la más ambiciosa Años difíciles (Anni difficili, 1948). Ambas nos confirman la intención del cineasta y su idea de que <<reírse de los propios defectos es la mayor virtud de los pueblos civilizados>> y, añado, también de las personas que los componen. Porque ¿qué es un pueblo sin los hombres y sin las mujeres que le dan sentido y forma? El pueblo escogido por Zampa para desarrollar la tragicómica y espléndida crónica de Años difíciles nos traslada a Sicilia y se centra en la persona de Aldo Piscitella (Umberto Spadaro), funcionario del ayuntamiento, casado, padre de familia y amenazado con el despido laboral por no ser miembro del partido fascista. Pero ¿cómo iba a serlo, si nunca le ha interesado la política?


La realidad que ahoga al país lo golpea, lo humilla y lo somete, y no será la última vez que experimente estas sensaciones, pero en ese instante, cabizbajo, lo ignora, como también ignora qué hacer al respecto: si unirse al partido, y no perder el empleo, o perder el empleo, y pasar hambre. La angustia de no saber cuál es la opción adecuada lo lleva a buscar consejo en el farmacéutico (Aldo Silvani) y demás contertulios que se reúnen en la farmacia donde recuerdan tiempos mejores y censuran el presente, que no osan criticar fuera del recinto cerrado donde no pueden disimular su temor a ser escuchados por oídos indiscretos que lleven sus palabras al "federale" (Miro Zonda), un líder fascista convencido, o al "podestà" (Enzo Bilioti), un oportunista que se sube al carro de quien ostenta el poder. Son incapaces de dar el paso que los libere, así que poco pueden hacer respecto al problema de su amigo, salvo decirle que debe ser él quien decida. Son tiempos extraños, difíciles, donde dejarse llevar por la "providencia" a la que lo empuja su mujer (Ave Ninchi), que ambiciona la mejora socio-económica de la familia, elige el sometimiento e inscribirse en el partido. ¿Qué sabe él de política, si nunca ha pensado en ella? ¿Qué le importa, si solo quiere vivir y trabajar para poder vivir?


La historia de Piscitella nos habla de cómo el régimen fascista afecta a un individuo anónimo y apolítico que no sabe de dietas políticas, ni le interesan las ideologías. Lo suyo son la familia y el trabajo que le permite mantenerla. Sus deseos son corrientes, son los de cualquier persona corriente que desea una vida corriente, pero esta es imposible en el periodo histórico que le ha tocado vivir. Piscitella baja la cabeza, porque el miedo le obliga, aunque su docilidad no le impide tomar conciencia de cuanto le rodea, más aún cuando los hechos que se suceden lo empujan a ello. Aunque inicialmente no lo reconoce o quizá lo ignora, rechaza cuanto representa el uniforme negro del "fascio" que viste, lo rechaza porque significa guerra, intolerancia, ruptura familiar o el tener que expresarse en las sombras, siempre temeroso de ser escuchado por oídos fascistas al acecho. Más que por él mismo, Piscitella teme por los suyos, por su hijo Giovanni (Massimo Girotti), en quien se individualiza la juventud perdida que durante años lucha contra voluntad en Etiopía, España, Albania, norte de África o Rusia. Cuanto sucede y vive a lo largo de los años que se suceden en el film, le lleva a preguntarse y preguntar si no será mejor que, en lugar de hablar en la farmacia, salgan a la calle y levanten la voz, pero más allá de ese instante, y de su creciente desilusión, se limita a sufrir en silencio y a vivir en esclavitud. Seguramente muchos italianos e italianas se preguntaron lo mismo y experimentaron el estado de sometimiento de Piscitella, pero este buen hombre no lo justifica. Su experiencia vital le hace comprender que su silencio, fomentado por el miedo, ha sido responsable de los momentos que Años difíciles va mostrando en la pantalla desde el humor y el drama, que cobra mayor protagonismo en su segunda mitad, como también creó ver un acercamiento a los intereses del guionista Sergio Amidei: en su excelente capacidad de síntesis, en su intención de señalar y denunciar, en el aumento del realismo -en imágenes de archivo, mediante las emisiones de radio o los titulares de prensa- y en la conexión histórica que el film de Zampa establece en sus últimos minutos con el inicio de Paisà (Roberto Rossellini, 1946), obra cumbre del neorrealismo que también contó con la participación de Amidei.

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