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Estación Termini (1953)


El amor y el desamor grandilocuentes no son prioritarios en el cine de Vittorio De Sica, él estaba interesado en el amor, pero en el que nace de su compasión y su honestidad hacia sus personajes, hacia el género humano, hacia los individuos anónimos que pueblan lo mejor de su obra cinematográfica. Los más, vapuleados por la vida y aún así se niegan a perder la entereza con la que se levantan cuando caen, la misma que les empuja a continuar caminando con dignidad por los espacios donde experimentan sus condenas. Eso era lo que interesaba a De Sica y a Cesare Zavattini, el ser humano y creer en una realidad mejor, quizá no tan fantasiosa como la accesible a los marginados de Milagro en Milán (Miracolo a Milano, 1951), pero sí una en la que los anónimos golpeados por la vida encuentren la justicia social que se les niega en su día a día. Esto no lo comprendió David O. Selznick cuando decidió buscar en el cineasta italiano un aliado que le devolviese el esplendor pasado, un brillo que le acercase un paso más cerca al prestigio alcanzado por la exitosa Lo que el viento se llevó (Gone to the Wind; Victor Fleming, 1939). Pero este título, obra maestra del cine monumento y ornamento, vive de su exageración, de su gusto por la falsedad, el lujo y el adorno que no encuentran lugar en el cine de Zavattini y De Sica de la época, una época que señalaba el último suspiro del neorrealismo. Estación Termini (Stazione Termini, 1953) es muestra de este fin de la espontaneidad que había surgido en la inmediata posguerra, donde el mejor De Sica sentó cátedra sin ser consciente de hacerlo, y donde encontró grandeza en las pequeñas cosas, en los hombres y en las mujeres que viven en la marginalidad o en la soledad que los amenaza, incluso cuando se encuentra entremezclados en esta estación romana abarrotada de personas y, por tanto, de vida y vidas. Por su parte, Selznick, máximo exponente del productor-creador hollywoodiense, buscaba grandeza, aunque, más que buscarla, pretendía construirla, exuberante, excesiva, inalcanzable como las historias de amor más grandes que la vida que remiten al ideal romántico del Hollywood clásico. Juntar ambas perspectivas, lo pequeño, lo humano, lo compasivo, y lo enorme, el mito, el glamour, en Estación Termini pudo haber sido más que interesante, pero no cuando una quiso imponerse y generó el desequilibrio que provocó que una película fuese otra. Estación Termini sufrió numerosos cortes de tijera en la sala de montaje, tantos, que se perdieron unos treinta minutos en su exhibición en las salas comerciales estadounidenses, y en otras internacionales. Tras haber
 tentado a Roberto Rossellini, y recibir la negativa de este, Selznick encontró a De Sica, pero no supo reconocerlo o no quiso saber del hombre y del artista -aquel que filma tres rostros infantiles agradecidos por las chocolatinas que Mary (Jennifer Jones) les regala o el que se decanta por la sala de tercera clase y no por la de primera-, solo precisaba al director estrella del neorrealismo que había sorprendido al mundo con su honestidad, su humanidad y su modernidad, un creador que, necesitado de dinero, aceptó la propuesta del magnate de dirigir a Jennifer Jones y a Montgomery Clift en una película de prestigio, y uno de los últimos intentos del productor norteamericano por hacer algo grande. Sin embargo no resultó, y la película se quedó a medio camino de nada. Con las constantes intervenciones de Selznick, que si contratando a Oswald Morris para realizar primeros planos de sus estrellas o enviando a De Sica sus constantes y famosas anotaciones sobre qué hacer durante el rodaje, cuando el cineasta no sabía ni una palabra en inglés, la película acabó siendo un medio, más que un fin, para ambos. Por un lado, el productor obtenía lo que pretendía, y por otro, el cineasta italiano vio como se le abrían las puertas del cine internacional, apertura que aprovecharía en posteriores ocasiones, delante y detrás de las cámaras. No obstante, el montaje de noventa minutos nos muestra otra perspectiva del film, más próxima al dúo italiano que a la del magnate estadounidense, y del espacio donde Mary Forbes aguarda o camina acompañada de dudas y de su decisión de abandonar a su amante (Montgomery Clift), que acude a su encuentro en un último intento de retener el amor. Pero, más que la pareja, son los vendedores ambulantes, las familias, los religiosos, los escolares, los soldados, el comisario que comprende el sinsentido de una ley que debe ser cumplida, los recién casados o el minero, su esposa y los tres hijos que aguardan en la sala de tercera clase, quienes dan vida a una película que vista como Estación Termini, y no como Indiscretion of American Wife, gana enteros de calidad y de humanidad.

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