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Blancanieves y los siete enanitos (1937)



En una sala oscura, los gremlins se acomodan en sus butacas para disfrutar de la proyección de Blancanieves y los siete enanitos (Snow White and the Seven Dwarfs, 1937). La disfrutan tanto, que parecen inocentes e inofensivos, aunque traviesos, casi tiernos. Menos bulliciosa que la sala de Gremlins (Joe Dante, 1984) es la de 
1941 (Steven Spielberg, 1979) donde el general interpretado por Robert Stack contempla ensimismado las aventuras animadas de de otros personajes Disney: Dumbo y sus amigos. Se deja envolver por la fantasía animada, la vive ajeno al exterior y a la población civil que deja volar la imaginación, el pánico y su caótico patriotismo por la California de aquellos días parodiados por Spielberg a partir de una idea de John Milius. En definitiva, tanto las criaturas de Dante como el oficial gozan de lo lindo con largometrajes animados producidos por Walt Disney, cuya Blancanieves se convirtió desde su estreno en un icono del cine hollywoodiense, también en el punto de inflexión en la evolución de la productora del famoso dibujante, un estudio que no haría más que crecer y crecer hasta alcanzar el estatus actual de gigante industrial. Además de su novedosa animación, Blancanieves y los siete enanitos introdujo el drama entre la fantasía, las canciones, los animales y los enanos del bosque donde la primera princesa Disney es liberada por el cazador que, en el instante de asestarle el golpe mortal, incumple la orden de la madrastra y reina. ¿Quien es la más hermosa de todas? pregunta aquella a su espejo mágico. La joven de pelo azabache y de piel blanca que, tras salvar su vida, se adentra en el bosque, asustada, dejando que la imaginación cree en su mente un espacio siniestro que a la luz del nuevo día descubre hermoso, plagado de animales que, entre curiosos y amistosos, se acercan para insuflarle confianza. La importancia de los animales en las producciones Disney se encuentra presente desde los orígenes de la productora, en personajes como el conejo Oswald o el ratón Mickey, que cobran características humanas como también lo hacen los ciervos, los conejos, la tortuga y los pájaros de Blancanieves, aunque estos no empleen la palabra para comunicarse. Todos ellos muestran su amor por la joven, e igual harán los enanos que la descubren en su hogar.


La irrupción de la princesa en la vida de los siete marca un antes y un después en la cotidianidad de estos, cuando regresan de la mina entonando su famosa melodía y descubren que alguien ha limpiado y ordenado su casa. Tras un primer momento de temor y humor por parte de los siete mineros, experimentan un cambio que quizá mejore o quizá empeore sus existencias, pues, con su dulzura y su hermosura, Blancanieves domina a sus nuevos amigos y los amolda a su gusto. Esta circunstancia se descubre en varios momentos del film: los enanos reacios a lavarse, lo hacen por complacerla o le ceden su dormitorio y sus camas, que pasan a ser propiedad de la bella muchacha. Ya nada será igual para los siete; aunque, a cambio, la presencia de la princesa les regala alegría. Incluso Gruñón, inicialmente algo misógino, no puede evitar la atracción que le despierta. Blancanieves es su ideal de belleza, pero también es la tradición, la sensiblería, el fin del modo de vida de los enanitos y la aceptación de lo establecido, en el caso de la heroína, la espera de un príncipe azul que la haga feliz. De tal manera, la chica sueña con la llegada de ese hombre que la transporte a la jaula dorada donde serán felices para siempre. Ellos dos, solos, sin la compañía de los amigos a quienes la princesa abandona después del beso de amor que la despierta. La despedida no le supone trauma alguno. Montada sobre el caballo, casi indiferente al júbilo de sus protectores, digamos familia, se despide como quien lo hace de unos conocidos con quienes apenas ha mantenido trato, lo cual genera la sospecha de que Blancanieves ha utilizado a sus amigos del bosque para sus fines, sean estos mantener el hogar limpio y controlado o crear un entorno que no presente sobresaltos a la espera de que se produzca su triunfo. Desde su egoísmo pocas veces comentado, a la joven solo le importa su idea de felicidad, que interpreta posible y eterna, a pesar de la amenazadora presencia de su madrastra, transformada en la fea y repulsiva anciana que no cuadra con el pensamiento de una reina que valora la belleza más que la vida humana. Quizá por ello, resulta extraño que haya escogido una imagen de bruja, una imagen que provoca el rechazo de quien la observa. Pero así son los cuentos de hadas y así fueron las películas de Walt Disney, espectáculos animados (y más adelante de carne y hueso) que sorprendieron a propios y a extraños, éxitos como este largometraje que supuso cerca de tres años de trabajo invertido, cuatrocientos mil dibujos y un presupuesto de un millón setecientos mil dólares. El esfuerzo valió la pena, el film recaudó millones, ganó premios y abrió el camino para futuros proyectos de la factoría, los cuales también presentarían múltiples aciertos y alguna cuestión a mejorar, como la sensiblería, cierto grado de ñoñería, el triunfo “bienpensante” y el rechazo a las madrastras, que ya despuntaban en Blancanieves y los siete enanitos.

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