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No habrá paz para los malvados (2012)



Debido a cuestiones ajenas al medio, el policíaco y el cine negro han sido géneros inusuales en la cinematografía española, más predispuesta a la comedia y al (melo)drama, aunque esto no quiere decir que no existan muestras de ambos ni un periodo de esplendor —pongamos que abarca desde 1950, años de producción de Apartado de correos 1001 (Julio Salvador) y Brigada criminal (Ignacio F. Iquino), a 1963, año en el que Francisco Pérez-Dolz filma A tiro limpio– 
como el que parece repetirse en la actualidad. Una de las razones de que en su momento fuesen géneros minoritarios residió en la imposibilidad de los cineastas a la hora de exponer sus historias desde una perspectiva crítica y pesimista, si no imposible, sí difícil de llevar a cabo sin las libertades necesarias para abordar aspectos sociales que afectaban el día a día de la época. Dichas libertades llegaron con la democracia, pero, ni durante la transición ni durante los años que la siguieron, podemos hablar de un asentamiento genérico, aunque sí existen títulos aislados que presentan ciertas pautas que los acerca a ambos géneros. Algunos fueron de carácter político-social como Operación Ogro (Gillo Pontecorvo, 1979) o Asesinato en el comité central (Vicente Aranda, 1981), otros nostálgicos (del detectivesco hollywoodiense) como El crack (José Luis Garcí, 1981) y su secuela o un subgénero de delincuencia juvenil que se dio a conocer con el nombre de cine quinqui. Más adelante, en la década de 1990, nos encontramos con Todo por la pasta (Enrique Urbizu, 1991) o con Días contados (Imanol Uribe, 1994) y a inicios del siglo XXI con La caja 507 (Enrique Urbizu, 2002), que ya anunciaba algunas de las características del thriller español que estaría por llegar a partir de la década de 2010, coincidiendo con la crisis económica, con la problemática integrista y con diversos aspectos sociales que sirven de punto de partida para algunas producciones. A estas alturas, se puede hablar de un florecimiento del género a raíz de Celda 211 (Daniel Monzón, 2009) y No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2012), pero, al contrario que en las producciones de las décadas de 1950 y 1960, en las que los policías protagonistas se definían por su integridad y su entrega al trabajo (y los criminales por estar condenados a pagar por sus fechorías), en el nuevo policíaco prevalece la ambigüedad moral de individuos desilusionados, solitarios e incluso violentos, tanto dentro como fuera de la ley, características que reflejan parte del panorama social que les rodea y del que nadie escapa.


La contundencia expositiva asumida por 
Urbizu (cineasta clave en el auge y asentamiento del thriller español moderno) en la espléndida y sombría No habrá paz para los malvados encuentra un aliado imprescindible en la destacada interpretación de José Coronado. Su Santos Trinidad deambula por los bares y por otros espacios donde luce su afición al ron con poca cola y su imagen desaliñada. Santos es un hombre consumido, sin esperanzas y expeditivo en grado sumo, aunque en apariencia su comportamiento violento no le causa conflicto alguno, como demuestra su actitud en el club donde dispara sobre tres de las cuatro personas que allí se encuentran. A partir de entonces, este policía crepuscular (que podría ser un personaje de western) de pasado ejemplar, aunque oscuro como incierto es su presente, sigue la pista del testigo que escapó con vida del local que servía de tapadera para el narcotráfico. Pero él no es el único que indaga, la jueza Chacón (Helena Miquel) y el inspector Leyva (Juanjo Artero) investigan el múltiple asesinato cometido por el agente, una matanza que en un primer momento apunta hacia un enfrentamiento entre bandas organizadas. A la presencia del tráfico de drogas se le une el terrorismo, pero, para beneficio de la película, la intriga expuesta por Urbizu se encuentra supeditada al comportamiento de Santos, centro del relato y vivo retrato de alguien que, sin nada que perder, se adentra en la espiral de autodestrucción y destrucción que, por circunstancias del destino, le acerca a su final y a una redención (casi) imposible.

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