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El arca de Noé (1928)


Poco se sabe de la primera película de Mihály Kertész más allá de su titulo, Hoy y mañana (Ma és holnap, 1912), y de que fue el primer largometraje de ficción del cine húngaro. Menos desconocimiento existe sobre el prestigio cinematográfico que alcanzó antes de abandonar su Hungría natal en 1919 para asentarse en Austria, donde trabajó hasta 1926. Allí se convirtió en el director estrella de la compañía Sascha Kolowrat, en ella filmó diecinueve títulos con el nombre de Michael Kertész, aunque fue el éxito de La luna de Israel (Die Sklavenkönigin; 1924) el que atrajo la atención de los grandes estudios hollywoodienses y el que convenció a los hermanos Warner para ofrecerle un contrato. La sustancial mejora económica y la posibilidad de rodar con los mejores medios técnicos, que la industria cinematográfica más potente del planeta ponía a disposición de los cineastas, resultaron dos atractivos que pocos de los grandes directores europeos de la época rechazaron. Ernst Lubitsch, Friedrich W.Murnau, Victor Sjöström, Maurice Stiller, Paul Leni y tantos otros cruzaron el charco durante la década de 1920, como también lo hizo 
el futuro director de Casablanca (1942), que emprendió su aventura americana en 1926 con la idea de rodar epopeyas "históricas" como su Sodoma y Gomorra (Sodom um Gomorrah, 1922) o La luna de Israel. Sin embargo, antes de ver cumplido el deseo, filmó varios melodramas escritos y producidos por Darryl F.Zanuck, por aquel entonces jefe de guionistas del estudio. Zanuck también sería el responsable del argumento de El arca de Noé (Noah Ark), la primera gran producción californiana del rebautizado Michael Curtiz, aunque el resultado no fue el éxito esperado por la productora, que había desembolsado más de un millón de dólares para hacer posible el que pretendía ser el estreno más espectacular del año, pero que acabó siendo uno de los más polémicos debido a la accidentada filmación de la secuencia del diluvio. Como venía sucediendo en la Warner del periodo de transición del cine mudo al sonoro, la superproducción asumió características de ambos y las escenas silentes se combinaron con las dialogadas para desarrollar dos historias paralelas que guardan similitudes con las mostradas por Cecil B.DeMille en Los diez mandamientos (The Ten Commandments; 1923), e incluso con las expuestas por el propio Curtiz en Sodoma y Gomorra.


Estas historias ofrecían evidentes paralelismos entre los distintos periodos expuestos a lo largo de su metraje, en el que se combinan historias bíblicas con el presente para ofrecer una lección moralizante, espectáculo épico y romance. Para ello, el director y el guionista adaptaron a sus intereses la historia de Noé, la cual compararon con la contemporánea que encuentra su escenario en la Gran Guerra (1914-1918). A pesar de la distancia temporal y de la mitología que los separa, los dos tiempos se muestran similares desde las primeras imágenes del film: el arca, la torre de babel y el becerro de oro del pasado son sustituidas en el presente por rascacielos y teletipos que informan de la caída de los valores bursátiles. Estos símiles establecen el nexo entre el ayer y el hoy, así pues, la torre se iguala a los edificios y el culto al ídolo dorado al del dinero, lo que vendría a corroborar que, durante el transcurso de los siglos, los "dioses" materiales continúan siendo el motor de la humanidad. Tras la comparación entre las dos épocas, El arca de Noé muestra un tren que recorre Europa en 1914. En su interior viajan los cinco personajes principales, que también lo serán del drama bíblico al que alude el título. En esos primeros instantes se muestra a una sociedad descreída, que emula a la del diluvio. Esta coincidencia no es arbitraria, como tampoco lo es que se ubique la trama durante la Primera Guerra Mundial, que vendría a simbolizar un castigo similar a la inundación bíblica. En uno de los compartimentos del transporte se descubre la amistad entre Travis (George O'Brien) y Al (Guinn "Big Boy" Williams), dos jóvenes norteamericanos que sobreviven al accidente ferroviario del que rescatan a Mary (Dolores Costello), tanto del siniestro como de las garras de quien posteriormente la acusará de espionaje. La historia contemporánea muestra a los dos amigos y a esta joven durante la guerra que no tarda en cobrar protagonismo. Al se alista en el ejército, no así su compañero, cuyo deseo es permanecer al lado de esa mujer con quien se casa, pero a quien acaba abandonando a su suerte cuando el desfile militar lo seduce y se une a la lucha. Sin palabras, sin promesas y sin una mirada atrás, el personaje principal deja a Mary entre la multitud y a merced del destino mientras él se traslada al frente, donde ignora el drama que vive su amada, acosada y acusada de espionaje porque ha rechazado los atenciones de Nickoloff (Noah Beery). Pero las vidas de los protagonistas vuelve a cruzarse en un momento de gran carga dramática, antes de que se produzca el derrumbe donde quedan atrapados en compañía de un predicador (Paul McAllister) que no duda en recitar el Génesis para hacer la comparación entre los dos castigos. A partir de ese instante, la película cambia de periodo y se centra en los avatares de Noé e hijos, aunque dando protagonismo a Jafet con el fin de aumentar la sensación de cercanía entre los dos romances que se desarrollan antes y durante los castigos divinos a los que alude el religioso.

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