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Las manos de Orlac (1924)



A pesar de que el cine de Robert Wiene no alcanzó el nivel de otros cineastas centroeuropeos de su época, Lang
Leni, LubitschMurnau o Pabst, en su filmografía se descubren películas que por uno u otro motivo se han convertido en clásicos de la cinematografía alemana. Entre esas producciones se encuentra El gabinete del doctor Caligari (Das Kabinett des Doktor Caligari, 1920), obra referente del movimiento más representativo del cine alemán de principios de la década de 1920, dentro del cual también se podría encuadrar esta primera adaptación de Las manos de Orlac (Orlac's Hánde), realizada en un momento en el que el expresionismo empezaba a declinar. Por ello, en Las manos de Orlac la estética deformadora que dominaba en El gabinete del doctor Caligari se suaviza en extremo, tanto en su forma como en su contendido, aunque también se observa una distorsión de la realidad provocada, en este caso, por un individuo (Fritz Kostner) que sugestiona al prestigioso pianista Paul Orlac (Conrad Veidt) después de que este sea rescatado de un accidente ferroviario y se le practique el trasplante de manos que genera su posterior comportamiento. La intervención fantasmagórica del desconocido sirve como detonante para que se inicie la lucha interna que se desata en un músico angustiado por la sospecha de que sus manos no lo son, cuestión que se confirma cuando recibe una carta en la que lee que sus extremidades superiores pertenecían a un asesino llamado Vasseaur. Desde ese instante, la mente del pianista sufre el deterioro provocado por la obsesiva idea de que las manos del criminal poseen parte de su alma, lo que provoca el enfrentamiento entre las dos personalidades que asume poseer. El descenso a los infiernos de Orlac continúa imparable sin escuchar las palabras del doctor Serral (Hans Homma), que le asegura que el cerebro y el corazón son los órganos que rigen los actos humanos, o negándose a tocar a su mujer (Alexandra Sorina) porque se ha convencido del peligro que esta podría correr al contacto de sus dedos. De tal manera, condicionado por su pensamiento y por las sugestiones externas, se hunde en las tinieblas y en el terror que le provoca la creencia de que puede matar, sospecha que se transforma en su realidad después de que Yvonne Orlac se presente en casa de su suegro (Fritz Strassny) implorando ayuda y este se la niegue de manera despectiva, exigiendo que sea su hijo quien la pida. A partir de ese instante, la atmósfera terrorífica que domina en Las manos de Orlac alcanza su punto álgido al observa al músico en el hogar paterno, donde descubre el cuchillo de Vasseaur clavado en el cuerpo sin vida de su padre y, ante esa espantosa visión que implica la posibilidad de que haya cometido parricidio, se agudiza la desgarradora desesperación que nace del supuesto desdoblamiento de su personalidad, condicionada por una idea que se convierte en su obsesión y en su guía hacia la locura.

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